No encaja demasiado bien en la trayectoria artística de Haynes un filme social, una suerte de thriller político sobre la lucha de un abogado contra una gran empresa química que causa estragos en sus alrededores debido a los vertidos y también lejos de sus instalaciones, debido a sus productos.
Eduardo Nabal @eduardonabal
Martes 4 de febrero de 2020
Con todo, estamos ante un trabajo más que interesante y aplicado en el que el director de “Carol” aplica una frialdad y un saber hacer que convierten a “Dark Waters” en un filme a ratos apasionante por lo que cuenta, a ratos aburrido por la forma simplemente correcta y ajustada con la que expone los hechos basados en sucesos verídicos. Hasta la fotografía de su inseparable Edward Chapman parece aquí controlada para dar una versión fiel a los hechos, un retrato del poder de las grandes empresas del capitalismo global y sus malas prácticas, realizadas a sabiendas del dolor humano y el deterioro social que pueden provocar.
El caso real en que se inspira es el de las prácticas, cuando menos, imprudentes de la empresa Dupont en su fabricación de las famosas sartenes de Teflón y en un largo etcétera de pequeños y no tan pequeños desastres medioambientales que intentan tapar con todos sus medios. A ellos se enfrenta Bob (Mark Ruffalo, tan creíble como siempre) que emplea sus conocimientos como abogado en este tipo de corporaciones para destapar las miserias de la empresa y los estragos humanos y naturales que provocó en el pueblo donde él nació y creció y al que vuelve en busca de respuestas. Las vacas muertas, los vecinos enfermos, el silencio y el oportunismo son algunos de los motivos visuales y temáticos que utiliza Haynes para presentarnos su batalla ética de las víctimas, con o sin nombre, de las pesquisas de la Dupont, bien blindada en sus intereses.
El problema de un filme bien realizado y dotado de elementos suficientes para captar al público es que no hay un conflicto sentimental de suficiente entidad dramática para arropar esta historia de lucha de David contra Goliat, quedando los secundarios (Anne Hathaway, Tim Robbins) algo desdibujados y el mismo protagonista parece dar la espalda a las emociones en favor de una gran causa.
No estamos pues ante nada nuevo desde un punto de vista fílmico, superado por trabajos de mayor ritmo y entidad como la fantástica “Spotlight”, por lo que solo se nos ofrece una esmerada denuncia que causa la esperable indignación en el espectador/a.
Eduardo Nabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.