La empresa Tönnies fue obligada a cerrar su planta en la localidad de Gütersloh. Los mataderos, con mano de obra precaria y migrante, se han transformado en nuevos focos de contagio.

Josefina L. Martínez @josefinamar14
Viernes 19 de junio de 2020 08:50
El matadero de cerdos, ubicado en el centro de Alemania, en Renania del Norte-Westfalia, ha sido cerrado después de que al menos el 73% de los trabajadores dieran positivo en Covid-19. Además, las autoridades han cerrado las escuelas y guarderías de la región y han puesto en confinamiento a 7.000 personas de la localidad.
Las condiciones laborales en el centro industrial son deplorables y los trabajadores migrantes (búlgaros, rumanos y polacos) se ven obligados a vivir en condiciones de hacinamiento, sin las más elementales medidas de protección ante la enfermedad. El régimen de subcontratas vigente en la industria cárnica permite a las empresas utilizar mano de obra migrante muy barata sin garantizar condiciones de seguridad e higiene en medio de la pandemia.
Johanna Descy, enfermera y autora del blog Tamponkollektiv, explicaba la situación laboral en los mataderos alemanes, en un artículo publicado en Klasse Gegen Klasse:
“En la propia fábrica, sólo una pequeña proporción de los trabajadores están empleados de forma regular. Alrededor del 70% al 80%de la fuerza de trabajo está empleada mediante subcontratistas. Estos contratos de trabajo son todo un reto. No hay protección contra el despido. Los salarios son bajos y generalmente inferiores al salario mínimo legal. Los trabajadores son en su mayoría de Europa del Este y viven en alojamientos colectivos proporcionados por el empleador. El alquiler se deduce del salario. El que se enferma ya no recibe su paga. Hay mataderos, donde los trabajadores tienen que pagar ellos mismos los utensilios y ropa de protección (cuchillo, delantal, guantes). En los alojamientos, varias personas viven en una habitación. Hay baños y cocinas compartidas. No es posible observar las reglas de distancia y las medidas de higiene. Los trabajadores están en una relación de dependencia masiva con sus empleadores. Estas son relaciones absolutamente inaceptables, que los políticos han estado avalando durante años.”
Con 190.000 casos de contagio confirmados y 8946 fallecidos oficialmente, Alemania había alcanzado hace una semana los números más bajos de contagios desde el comienzo de la pandemia (247 el 14 de junio). Sin embargo, la tendencia ha comenzado a cambiar, con el aumento de los contagios en los últimos días (770 el 19 de junio) lo que lleva a algunos analistas a afirmar que se podría estar viviendo el comienzo de un rebrote. El gobierno está respondiendo a contramarcha a la aparición de varios brotes locales. Por ejemplo, en el barrio de Neukölln en Berlín pusieron en cuarentena a todo un bloque de edificios. Una situación similar ocurrió en un bloque de viviendas en Gotinga (centro de Alemania) donde los 700 habitantes de los pisos quedaron este jueves en cuarentena, tras confirmarse 100 contagios en ese edificio.
Los mataderos alemanes han estado en el centro de los debates políticos en los últimos días. Los centros industriales con personal subcontratado y migrante, sin protección, pésimas condiciones de vivienda y expuestos a muy bajas temperaturas durante la jornada laboral son lugares de contagio ideales para el virus, porque los empresarios priorizan sus ganancias por sobre las vidas de los trabajadores y sus familiares. En mayo, las autoridades se vieron obligadas a cerrar otro gran matadero, el Westfleisch en Coesfeld, por la aparición 151 contagios entre la plantilla.
Alemania es el segundo exportador mundial de carne de cerdo y la facturación anual del grupo Tönnies supera los 5 mil millones de euros. La crisis del Covid ha sacado a la luz el régimen de super explotación, racismo y precariedad que se encuentra detrás de este “milagro alemán”.
Clemens Tönnies, dueño de la empresa cárnica y Directivo del club de futbol Schalke, ha estado también en el foco de la polémica por sus declaraciones racistas. El año pasado dijo que “en lugar subir impuestos para destinarlos a la lucha contra la crisis climática” deberían construirse en África centrales energéticas; "así los africanos dejarían de talar árboles y de producir niños cuando oscurece".
Ahora, desde el Gobierno de Merkel y desde el SPD aseguran que tomarán medidas para controlar las condiciones laborales. Puro cinismo. La realidad es que durante años han avalado, promovido y legitimado un régimen de subcontratación y “esclavitud moderna” para los trabajadores migrantes en Alemania. Esto ha contado con la complicidad de las burocracias sindicales, permitiendo esa división profunda entre "trabajadores de primera" y "trabajadores de segunda".
Ya es hora de que los sindicatos tomen en sus manos la lucha contra esta precariedad y racismo patronal, para unir a la clase trabajadora de Alemania, nativa y extranjera, en una lucha común contra los capitalistas. Se trata de sus ganancias o nuestras vidas.

Josefina L. Martínez
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.