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Red Internacional
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MUJER. Algunos mitos que moldean la subjetividad de las mujeres

Para las mujeres nacidas en los 80’s, 90’s y 2000 nos es fácil recordar las películas de princesas que, de niñas, nos hacían soñar con “un príncipe que nos rescatara y viviéramos felices”; o los juegos de la casita; o los nenucos, pero ¿qué discursos están detrás de todo eso?

Laura Aparicio

Laura Aparicio Pan y Rosas México

Viernes 19 de agosto de 2016

La subjetividad es una creación colectiva, un entramado de relaciones sociales que está siempre en constante cambio, que es heredada culturalmente por los padres y el entorno social, y que configura a los sujetos, pero también es modificada según la resistencia de los propios sujetos; es una creación humana representada en el psiquismo y que está dentro del marco de lo simbólico.

Así como la subjetividad es producida por todos los sujetos también los sujetos son producidos por la subjetividad, es una construcción externa que interiorizamos individualmente –y lo interpretamos y actuamos de maneras distintas-, por lo tanto, también es interna.

Algunos rasgos al interior de la subjetividad están casi fijos, cristalizados, de modo que es difícil modificarlos; mismos que son fortalecidos por el poder instituido que se beneficia de esas cristalizaciones, porque para que ese poder se reproduzca necesita de sistemas de legitimación como discursos, normas, sanciones, y necesita de soportes mitológicos que disciplinen los cuerpos y lleven a los sujetos de una sociedad a enlazar sus deseos al poder, en este caso: las mujeres.

Para la modernidad y el capitalismo, nosotras no somos sujetos sin un hombre o sin un hijo.

Algunos de los mitos que Ana María Fernández [1] plantea como constructores de la subjetividad de las mujeres son: el mito de la mujer=madre, el mito de la pasividad erótica femenina y el del amor romántico; los tres están profundamente ligados, sin embargo sus discursos tienen algunas diferencias.

En el mito de la mujer=madre opera el deslizamiento de sentido, ya que, vuelve equivalentes cuestiones muy distintas. No es lo mismo decir “para ser madre hay que ser mujer” que “para ser mujer hay que ser madre”, naturaliza la maternidad con los discursos biológicos y convierte a las mujeres en objetos de reproducción.
La realización de las mujeres se vuelve alcanzable sólo a través de la maternidad, es decir, que sólo pueden ser sujetos siendo madres ya que es en el ámbito privado “sentimentalizado” que tiene sentido la “feminidad”. El único lugar en donde se le otorgó una forma de poder, no sobre los bienes (a veces ni siquiera sobre la gestión económica) pero sí sobre los “bienes simbólicos” de los hijos.

Gracias a la maternidad obligada, las mujeres que no pudieron tener hijos o que no los tenemos por decisión propia, vivimos una especie de persecución social por no cumplir con los roles que “naturalmente” se le han asignado a nuestro género; y por lo tanto también somos hostigadas y criminalizadas si decidimos vivir nuestra sexualidad libre, una sexualidad que no esté al servicio de la reproducción ni del placer masculino.

El erotismo de mujeres y hombres se posiciona a partir del universo de significaciones imaginarias sociales; y según los mitos que rodean al género femenino, en la sociedad está jerarquizado el rol materno de las mujeres, por lo tanto la sexualidad se convierte únicamente en la vía para llegar a la reproducción y se deja de lado el erotismo. Se considera entonces, que las mujeres son más bien “acompañantes” que protagonistas; es decir, que son pasivas al momento de las relaciones sexuales.

Pero la relación activo/ pasivo – mujer/ hombre no es casual sino que está directamente relacionada con las significaciones dominado/ dominador; estas relaciones se consolidan con el establecimiento de la familia o conyugalidad y la heterosexualidad como norma. Al momento de que la sexualidad de las mujeres pasa a estar al servicio únicamente de la reproducción, toda su fuente de placer se desplaza del clítoris a la vagina, “condenando” a las mujeres a concebir la heteronomía como la única sexualidad posible.

Este mito opera como sostén de la familia monogámica, y esa conyugalidad se originó como decía Engels para controlar la descendencia legítima y opera para que las mujeres construyan su propio ser de inferioridad, pasivizando su erotismo; el matrimonio es el derecho exclusivo del marido sobre la esposa: el “ser de otro”, es ahí donde opera el mito del amor romántico; para este mito es necesaria la fragilización de la subjetividad de las mujeres.

El amor suele suceder con una importante carga de enajenación y dependencia, que termina violentando a las mujeres de formas tan sutiles que son casi imperceptibles. Esta subjetividad en clave sentimental termina llevando a las mujeres a depender excesivamente y a esperar demasiadas cosas del amor de un hombre; se convierte en un deseo de reconocimiento desesperado, que nos lleva a vivir angustiadas, deprimidas, incluso a somatizar en el cuerpo. Pero ¿por qué tanta necesidad de reconocimiento?, es probablemente la búsqueda de esa confirmación que la propia cultura no le otorga a las mujeres, siempre reduciéndonos a objetos de placer o de reproducción, jamás permitiéndonos ser sujetos de nuestra vida.

Estos mitos son sostenidos y se vuelven eficaces simbólicamente, gracias a la repetición insistente de sus narrativas a través de discursos políticos, religiosos, científicos, etc.; exaltan e invisibilizan algunas cuestiones según sea necesario e invisibilizan los procesos socio-históricos de su construcción y aparecen como realidades naturales y ahistóricas. Es importante tomar en cuenta que el mandato cultural que pesa sobre las mujeres, es el mismo para todas, sin embargo no cae con el mismo peso porque no todas las mujeres tienen las mismas posibilidades económicas, sociales y psíquicas para sobreponerse o adscribirse a ciertos grados de opresión, incluso hay mujeres que oprimen a otras mujeres.

Pero ¿cuál es la razón de que la sociedad nos mantenga sumisas, enajenadas, acalladas y esclavizadas al ámbito privado sentimentalizado? ¿Qué es tan preocupante para el sistema patriarcal y capitalista, que necesita mantenernos doblegadas? Decía Louise Michel -comunera de París- “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

Para una sociedad que sacraliza la maternidad por encima de cualquier cosa, para reproducir su mano de obra barata, no le conviene permitirles a las mujeres ser sujetos de su propia sexualidad porque comenzarían a cuestionarse todo lo que la rodea y comenzarían a volverse más sujetos de su propia vida, y después se convertirían en sujetos políticos; y comenzaría a peligrar en verdad todo un sistema de dominación como el capitalismo que requiere del mantenimiento de estos mitos para pasivizar a las mujeres de la clase trabajadora –doble o triplemente esclavizadas-, mismo que se vale de estos y otros métodos para dividir a hombres y mujeres de una misma clase que son explotados crudamente y oprimidos a diferentes niveles.

1. Docente e investigadora en la Facultad de psicología de la Universidad de Buenos Aires.


Laura Aparicio

Agrupación de Mujeres Pan y Rosas México

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