Por estos días, la lucha docente en la provincia se desarrolla en buena medida gracias al ímpetu de los trabajadores de la educación que empujan a la conducción sindical del Frente Gremial Docente.
Edgardo De Bernardi Docente en San Fernando
Martes 28 de marzo de 2017 11:57
Por estos días, la lucha docente en la provincia de Buenos Aires se desarrolla en buena medida gracias al ímpetu de los trabajadores de la educación que empujan a la conducción sindical del Frente Gremial Docente a un paro por tiempo indeterminado, hasta tanto no se resuelvan las problemáticas básicas que afectan el normal desenvolvimiento de la vida misma: reducción drástica del poder adquisitivo y condiciones de trabajo que, en muchos aspectos, ponen en evidencia el alto nivel de deterioro de las instituciones educativas del ámbito estatal.
Frente a los continuos embates del gobierno, las figuras engordadas de líderes sindicales desgastados no alcanzan a moverse con soltura y presentar batalla, dando a conocer un plan concreto y delineado por el conjunto de la docencia. Nos encontramos con personajes que se mueven con una vacilación vergonzante, negando la continuidad de medidas de fuerza previamente anunciadas y luego confirmándolas de manera extraoficial a través de medios con mails o mensajes de Whatsapp. Medidas, demás está decirlo, sacadas de la galera, como lo son los paros anunciados con doce horas de antelación y sin haber convocado a asambleas para consensuar y disponer de las medidas a seguir. Esto devela la lógica, si es que puede hablarse de ella, antidemocrática y verticalista de las estructuras sindicales burocráticas cuyo funcionamiento obedece a las directivas de una minoría que encontró en la vida parasitaria su razón de ser.
No obstante ello, personajes como Roberto Baradel hacen suya actualmente una virtud de la que carecían, al menos de manera aparente. Me refiero al nivel de combatividad que está demostrando en medio de la disputa salarial con el gobierno nacional y provincial.
Ahora bien, cabe interrogarse si a esta cualidad puede hallársele algún fundamento o es simplemente una de las tantas vacuidades (u obscenidades) a las que los argentinos nos hallamos tan habituados, como ex presidentes que asumieron un discurso en defensa de los pobres cuando ellos mismos se enriquecieron a expensas de los bienes del Estado. O para ser aún más actual, tomemos a alguien tan rapaz como nuestro presidente, quien además de suscribir lo expuesto más arriba, se arroga el derecho de criticar la educación pública cuando a duras penas sabe leer, y tiene asimismo escasos o nulos conocimientos acerca de la historia de su propio país. Y cuando los tiene, los utiliza para sus propios designios políticos. Baste recordar la relativización ante el mismo rey de España de la decisión decimonónica que determinó la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dando muestras de una posición rastrera y servil ante un representante del capitalismo internacional, más allá de que éste sea de segundo orden: “Deberían tener angustia de tomar la decisión, mi querido rey, de separarse de España". Es la típica postura sumisa y parasitaria del empresariado nacional: sumisa, en relación a los capitales extranjeros, y parasitaria del pueblo argentino. Más allá de la anterior cita honoraria de la que nadie podría hacer alarde, sabemos también que Macri jamás pisó una institución educativa de carácter público. Ello es un argumento perentorio a favor de poner un término a la financiación pública de las instituciones educativas privadas, en la medida en que son capaces de formar egresados con un nivel de inepcia desbordante.
Retornemos a la cuestión planteada, esto es, si la combatividad reciente mostrada por Roberto Baradel obedece a rasgos inherentes del sujeto, o es simplemente una impostura de ocasión. Para pinchar el globo basta, hasta cierto punto, con echar una ojeada a un aspecto del contexto en que se desenvuelve el reclamo salarial docente. Este personaje épico (y la épica baradeliana es nefasta para quienes tenemos que padecerla año tras año) se halla en vísperas de un proceso eleccionario en el sindicato SUTEBA, que amenaza con quebrar la hegemonía de la lista que encabeza. Semejante hecho explica en parte el inesperado rasgo de la conducta de este Cid moderno que abre sus gestas cada año, no con la estafa a los usureros Rachel y Vidas (símbolos de la acumulación primigenia del capital), sino con estafas masivas a miles de trabajadores de la educación que pusieron en sus manos la renegociación de sus salarios y condiciones de trabajo. Si la educación pública argentina se ha ido deteriorando en las últimas décadas he aquí, junto con la desidia de los gobiernos, a uno de los responsables.
La supuesta combatividad se sigue desinflando si tomamos en consideración que la vacilación, la dilación, y últimamente la descentralización municipal en la toma de decisiones acerca de las medidas de lucha, el andar mismo de una conducción sindical sin orden ni concierto son actos deliberados para debilitar la lucha docente, y constituyen asimismo un guiño y un signo de sumisión al gobierno provincial que, como favor, intenta amedrentar con la policía y la persecución ideológica a la oposición interna a Baradel dentro del sindicato, el frente de agrupaciones de izquierda, La Multicolor, que es quien verdaderamente asume como propia la bandera de la lucha sindical que en aquel aflora como mera pose de circunstancia.
Este gusto y respeto por cultivar el vínculo de vasallaje frente al gobierno de turno no es, por supuesto, algo privativo del mentado sujeto. Es una tradición de largo alcance dentro la historia política argentina y es, de igual manera, algo a lo que urge poner coto. No debe sorprendernos, pues, que en las meritorias luchas obreras de estos últimos años en la Argentina nos encontremos con líderes sindicales absolutamente faltos de mérito para reconducir la lucha por una mejora sustancial de las condiciones de vida.