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LIDTERATURA // TERROR. Cuentos para no dormir, de Stephen King

El autor de El resplandor cumple años y vuelve a estar en boca de todos por el estreno de la segunda parte de IT. Acá te recomendamos El umbral en la noche, un libro de cuentos para pasar muchas noches sin dormir.

Lautaro Pastorini @lautarillodetormes

Viernes 20 de septiembre de 2019 21:30

El umbral de la noche (Night shift, 1978) es el cuarto libro de Stephen King, que para ese tiempo ya contaba con Carrie (1974), La hora del vampiro (Salem´s Lot,1975) y El resplandor (The shining, 1977). Es una antología de cuentos cortos, algunos publicados en revistas, sobre el miedo, sobre sus miedos. Comienza con un prólogo que le habla al lector y confiesa que aún “por las noches, cuando me acuesto, todavía tengo cuidado de asegurarme de que mis piernas están debajo de las sábanas después de que se apagan las luces. Ya no soy un niño pero…, no me gusta dormir con una pierna fuera. Porque si alguna vez saliera de debajo de la cama una mano helada y me cogiera del tobillo, podría lanzar un alarido. Si, un alarido que despertaría a los muertos”.

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Luego nos encontramos con una serie de historias terroríficas como la del coco que sale del armario para asesinar niños; la de un trabajador de mantenimiento que para hacer horas extras tiene que limpiar un sótano repleto de ratas del tamaño de perros y que a medida que se adentra por una galería ve que éstas mutan en un criatura híbrida con los murciélagos; o la de una comunidad de chicos que integran una secta que prepara sacrificios para alimentar al dios del maíz. Incluye también un relato que es una especie de secuela de La hora del vampiro porque se sitúa en un pueblo cercano a Salem´s Lot, donde se tejen una serie de especulaciones alrededor de qué paso con el pueblo vecino.

Como nos tiene acostumbrado (al menos en sus primeras novelas, esas que sabemos que sí escribía él), en El umbral de la noche también nos presenta un compendio de personajes profundos en cada uno de sus cuentos. En su mundo, los que deben afrontar una serie de eventos desafortunados, sobrenaturales, excepcionales, nunca van a ser adolescentes promiscuos que carecen de contenido como las víctimas del cine Slasher. Son alcohólicos, hill billies, adultos que padecen ataques de pánicos porque no superan sus traumas cuando fueron víctimas del maltrato juvenil, jubilados del partido republicano que sólo les preocupa que su jardín este bien podado. Todos hijos de la mágica Maine. Son personajes terrenales, contradictorios, alienantes.

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En Marejada nocturna y Camiones, por ejemplo, el autor plantea dos escenarios de apocalipsis distintos, y por lo tanto dos grupos de humanos distintos y en circunstancias diferentes. En Marejada, un grupo de jóvenes ha sobrevivido a una peste llamada A6 de la se creen inmunes y se la pasan vagando por la playa. La expectativa de una posible vuelta a la civilización parece tan lejana que han perdido hasta los condicionamientos morales. Por lo tanto es tan poco importante encontrar a otro hombre con vida, que cuando lo encuentran lo prenden fuego vivo como forma de sacrificio a algo o a alguien, eso no importa.

En Camiones, el escenario se sitúa en un pre apocalipsis y un grupo de humanos se queda encerrado en una gasolinera a merced de los camiones que han cobrado vida. Son rehenes de las maquinas que les exigen que le llenen los tanques de naftas, mientras el grupo se dirime si debe cumplir con las exigencias o intentar huir. “¿Quereis ser sus esclavos? Al final eso es lo que seremos. ¿Quereis pasar el resto de vuestras vidas cambiando filtros de aceite cada vez que uno de esos…monstruos haga sonar el claxon?” les reclama en un momento el cocinero de la gasolinera. Sin embargo, lo desolador es que las posibilidades de la huida son inciertas. La civilización y la tecnología han generado las condiciones de su propio desarrollo. “Ahora gran parte del mundo esta pavimentado” reflexiona el protagonista.

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En un plano más terrenal, individual y psicológico, el autor nos presenta a Lester Billing, el protagonista de El Coco. Lester acude a un psicólogo para contarle su historia. “No puedo recurrir a un cura porque no soy católico” dice. Le explica que está desesperado porque es el responsable de la muerte de sus tres hijos a manos del Coco.

El testimonio es el hilo conductor de la historia, y el autor al mismo tiempo, se preocupa para desnudar la psiquis del personaje: “Verá, ese fue un mal verano para mí. Solo conseguí que me emplearan para cargar camiones de Pepsi Cola en un almacén, y estaba siempre cansado. Shirl se despertaba y lloraba todas las noches y Rita la tomaba en brazos y gimoteaba. Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarlas a las dos por la ventana. Jesús, a veces los mocosos te hacen perder la chaveta. Podría matarlos”. Lo que, por otro lado, también deja una posibilidad abierta sobre una lectura alternativa del relato sobre quién asesino a esos niños.

De la manera que sea, los bichos de Stephen King en El Umbral de la noche pueden variar entre vampiros, extraterrestres, psicópatas, etc. Lo central del autor es mostrar cómo juegan esos bichos con los personajes que son tan similares a sus lectores comunes, cotidianos, con sus problemas, sus contradicciones y conflictos. “Cuando usted lee una obra de horror, no cree realmente lo que lee. No cree en vampiros, hombres lobos, camiones que arrancan repentinamente y que se conducen solos. Los horrores en los que todos creemos son aquéllos sobre los que escribe Dostoievsky y Albee y MacDonald: el odio, la alienación, el envejecimiento a espaldas del amor, el ingreso tambaleante en un mundo hostil sobre las piernas inseguras de la adolescencia. En nuestro autentico mundo cotidiano somos a menudo como las máscaras de la Comedia y la tragedia, sonriendo por fuera, y haciendo muecas por dentro. En algún recoveco interior hay un interruptor central, tal vez un transformador, donde se conectan los cables que conducen a esas dos mascaras. Y es en ese lugar donde el relato de horror da tan a menudo en el blanco”.