Los movimientos feministas en Occidente surgieron en los años 70 principalmente en EE. UU, en los cuales se luchó por los derechos y la visibilización de las “mujeres” dentro de una sociedad “machista”...
Martes 8 de agosto de 2017
Los movimientos feministas en Occidente surgieron en los años 70 principalmente en EE. UU, en los cuales se luchó por los derechos y la visibilización de las “mujeres” dentro de una sociedad “machista”, donde los hombres predominan y obtienen mayores beneficios y privilegios que las mujeres. Esta sublevación fue realizada fundamentalmente por grupos de mujeres con características e interés particulares, véase, mujeres blancas, clase media, ama de casas, etc. quienes se manifestaron públicamente puesto que, consideraban que se encontraban en una posición de inferioridad frente a los varones porque sus vidas transcurrían alrededor del quehacer doméstico y muchas no podían acceder a otros espacios públicos (bell hooks, 2004). Por lo tanto, empezaron a revelarse ante las normas represivas y excluyentes para ellas, logrando insertarse en múltiples espacios de orden público, donde pudiesen hablar y, sobre todo, ser escuchadas.
Sin embargo, el feminismo constituido por estas mujeres no ha pretendido una igualdad para todas las demás, es decir -consciente o inconscientemente- han ido excluyendo a una cantidad de mujeres que no encajan dentro de sus referencias y agendas de lucha, véase, las lesbianas, indígenas, negras, entre otras. Puesto que han concebido a la “mujer” (en singular) como una categoría universal, en la cual, todas compartimos las mismas problemáticas, luchas y consecuentemente, soluciones (bell hooks, 2004). No obstante, esto no es así de simple, puesto, como se hizo mención, existen una gran diversidad de mujeres y lógicamente, no priorizamos las mismas reivindicaciones. Esto dependerá no sólo de nuestro género, sino también de nuestra posición económica, ascendencia étnica y/o racial.
De igual forma, sucede con las mujeres indígenas, quienes provienen de culturas distintas a la Occidental, por lo que tienen una visión de mundo y de género particulares de sus cosmovisiones, pero al estar los pueblos indígenas dentro de Estados-Naciones, han tenido que integrarse paulatinamente a estas sociedades para sobrevivir, aunque constantemente luchando por mantener sus identidades y culturas.
En este sentido, éstas no están exentas de discriminaciones sexista tanto dentro como fuera de su cultura de origen, pero, evidentemente, no en las mismas condiciones que las mujeres criollas, pueden llegar a sufrir una doble (triple, cuádruple…) discriminación, véase, étnica, de género, clase, etc. Por este motivo, han encontrado discrepancias con las agendas del feminismo criollo –quienes comúnmente consideran que deben “salvarlas”- viéndose en la necesidad de organizarse entre ellas para poder luchar por sus propios derechos, en ocasiones chocando con la agenda de las primeras.
Con la introducción de la cultura Occidental en América, primero con los procesos colonizadores desde la conquista, y segundo, con la globalización, los grupos étnicos se han visto afectados severamente, alterando también las condiciones de las mujeres indígenas. Por un lado, han obligado a los pueblos indígenas a cambiar sus organizaciones sociales para poder articularse con la sociedad dominante y sobrevivir a las condiciones precarias en las que se encuentran. En este sentido, la antropóloga mexicana Hernández Castillo (2000), expone que con la introducción del capitalismo como modo económico predominante, ha provocado que los varones de los pueblos indígenas migren a zonas urbanas para poder conseguir trabajo y sustento, dejando a las mujeres en el mantenimiento de la comunidad, sin contar con las suficientes herramientas necesarias para ello, por lo que recurren al comercio informal y artesanal, o a trabajar como señora doméstica en las urbes, lo que implica cambios en las relaciones domésticas y económicas tradicionales de sus culturas. Así, muchos cambios más.
En Venezuela, la historia no es muy distinta. El Estado venezolano, a partir de la constituyente de 1999, ha abierto los espacios para la participación política de los pueblos indígenas dentro de sus aparatos más importante. Asimismo, las mujeres indígenas no se quedan por fuera, y han logrado conquistar paulatinamente sitios donde pueden proyectar su voz y ser escuchadas, y han podido ocupar cargos estratégicos para la lucha por sus derechos y los de sus comunidades.
No obstante, sin desvalorizar los logros conquistados, el Estado venezolano y las feministas no ha prestado especial atención a las condiciones particulares de la diversidad de culturas de las mujeres indígenas. Por ejemplo, en la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia promulgada en el 2007, no existe ninguna disposición que haga referencia a estas singularidades, sino que son esbozadas muy genéricamente, puesto que esta transversalizada por el ordenamiento jurídico interno de interculturalidad, sin mucho efecto, cabe destacar.
Por eso, se observa la equiparación de las necesidades de las mujeres (o “la Mujer”) occidentales, como un universal, aplicable a todas las culturas. Un ejemplo de esto: cuando en las leyes o en las políticas públicas dirigidas a las mujeres están centradas en la maternidad, aplicándose indiscriminadamente a los pueblos indígenas, sin contextualizar las representaciones culturales que pueden tener cada pueblo –y las mismas mujeres– con respecto al rol femenino dentro de su sociedad; o sin tomar en consideración sus opiniones de cuáles son sus problemáticas propias con respecto a su género. En pocas palabras, se supone que al ser mujeres sus problemas son los mismos, y no se dan cuenta de las repercusiones negativas que pueden ocasionar.
Asimismo, las políticas públicas empleadas en el Ministerio de la Mujer e Igualdad de Género, no tienen dedicado ningún espacio que incluya la diversidad cultural, las mujeres indígenas o afrodescendientes, dentro de sus agendas. Existe un “desencuentro entre la cultura indígena y el género, dándose una resistencia a las ideologías feministas que pretenden imponer ante todos los ámbitos una igualdad ante la ley a ‘ciegas”. (Colmenares Olivar, s.f, p.165.)
Y por el otro lado, puede suceder lo que Alicia Moncada, mestiza indígena y feminista decolonial, define como “wayuunización de las políticas públicas en Venezuela” (comunicación personal). El pueblo Wayuu al tener mayor contacto con las urbes -en Maracaibo- son los que mayor intervención política y académica han tenido entre las poblaciones indígenas en el país, ha provocado la homogeneización de las culturas indígenas, así como de sus integrantes femeninas, lo que se va a traducir en la implementación de medidas públicas dirigidas a esa cultura en específico, ignorando la gran amalgama de sociedades indígenas involucradas.
Con todo y eso, las mujeres indígenas, son sujetos activos, que se han dado cuenta de esta invisibilización a sus necesidades, y han comenzado a organizarse para defender sus propios derechos incluso antes de que el Estado se autodeclarara multicultural. Como, por ejemplo, la Red de mujeres Wayuu fundada en 1996, la cual se ha reunido para debatir y delegar responsabilidades dentro de sus propias agendas, en la cual predomina la perpetuación de la cultura a través de la educación en los infantes, que debe ser realizada por el pueblo y no únicamente, por el Estado.
Por otro lado, más recientemente, en octubre del 2014 se realizó La segunda asamblea de mujeres Autana (OMIDA), en busca del reconocimiento y participación en la toma de decisiones tanto dentro de su cultura como en las correspondientes del Estado, bajo sus propias necesidades específicas.
En conclusión, las activistas feministas –socialistas– criollas, han elaborado su propia agenda en defensa de los derechos de las mujeres, pero no han considerado las necesidades particulares de las mujeres indígenas, ni de las diversidades de mujeres que habitan en este país. Y el Estado, no ha dado especial interés en este asunto, puesto que siguen la agenda de aquellas.
No obstante, es necesaria la participación activa de las mujeres indígenas –junto a académicos(as) sensibilizados– para llegar a un mutuo acuerdo, que beneficie a todos y a todas por igual. Asimismo, es necesario no sólo emplear un enfoque de género en las discusiones y políticas públicas, sino implementar una postura intercultural, debido a la diversidad de comunidades que integran esta nación.
Las estructuras no se transforman sólo con un cambio legislativo, implica el trabajo constante y arduo con la sociedad tanto criolla como indígena, afrodescendiente y de todos los estratos sociales.
Referencias
hooks, b. (2004). Mujeres negras. Dar forma a la teoría feminista. En: bell hooks, Avtar Brah Chela Sandoval y Gloria Anzaldúa (Ed.). Las otras inapropiadas. (pp.33-50). Madrid, España: Traficante de sueños.
Colmenares Olivar, R. (s.f). Concepción de Género en la cultura indígena. Perspectiva desde la mujer wayuu del estado Zulia. Colección Memorias. II jornada nacional de defensa de la mujer. Caracas
Hernández Castillo, A. (2000). Entre el etnocentrismo feminista y el esencialismo étnico. Las mujeres indígenas y sus demandas de género. Memorias. (132), 206-229.