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HISTORIA Y REVOLUCIÓN. El alzamiento que preparó la caída de Salvador Allende y la vía pacífica al socialismo

Su palacio presidencial fue atacado por seis tanques y ochenta soldados. Obreros y marinos se disponían a enfrentar el ensayo general de la contrarrevolución. Era la prueba de fuego de la revolución.

Roberto Andrés

Roberto Andrés Periodista @RoberAndres1982

Viernes 29 de junio de 2018

El 29 de junio de 1973, casi dos meses antes del golpe militar de Augusto Pinochet, el imperialismo norteamericano y la burguesía local ponían en marcha la fase final de su plan para aplastar el proceso revolucionario de los obreros chilenos.

Esa mañana, el palacio presidencial de Salvador Allende, líder de la Unidad Popular y reconocido mundialmente por su “vía pacífica al socialismo”, fue atacado por el Regimiento de Blindados N° 2 de Santiago con seis tanques, ochenta soldados y diez vehículos de tropa, mientras la dirección del grupo fascista Patria y Libertad se asilaba en la Embajada del Ecuador, asumiéndose así como los autores políticos del alzamiento.

La contrarrevolución asomaba cabeza en lo que parecía ser un golpe de Estado y que pasaría a ser conocido a partir de entonces como el Tanquetazo o Tancazo.

Pero la clase obrera y el pueblo pobre despliegan una movilización popular sin precedentes a través de la ocupación masiva de fábricas y la formación y extensión de comités y brigadas de defensa. La lucha de clases penetra en las Fuerzas Armadas en donde se enfrenta la oficialidad golpista con la tropa antigolpista. Esta última planificará en la Armada la toma de la Escuadra Naval para derrotar el golpe comandado por el imperialismo.

Sin embargo, dado el fácil y rápido sometimiento de los alzados, se abrió la interrogante de si habría sido en realidad el inmediato objetivo del alzamiento un golpe de Estado, instalándose la idea del “ensayo”. El desarrollo de los acontecimientos demostrará no solo esta posibilidad sino también que las tendencias a la guerra civil en curso ponían a la orden del día la necesidad de tener una política para dividir a las Fuerzas Armadas con el objetivo de aplastar el golpe imperialista.

Del fin de la vía pacífica a la contrarrevolución

Una semana antes del Tanquetazo, el 21 de junio, la clase obrera chilena se movilizaba en lo que hasta ese momento había sido una de las mayores demostraciones de fuerza en las calles: el paro nacional antigolpista convocado por la Central Única de Trabajadores. Salvador Allende, orador principal del acto con el que finaliza la movilización, señala cómo el país estaba “potencialmente en insurrección y al borde de la guerra civil”.

Múltiples habían sido los intentos de golpe de Estado o atentados políticos que buscaban el derrocamiento del gobierno de Allende, pero hasta ese momento la estrategia que había primado en la derecha chilena había sido la del desgaste, también conocida como la de los “mariscales rusos”. Esta consistía en golpear al Gobierno sistemáticamente en el marco de la democracia burguesa, buscando crear condiciones favorables para la destitución constitucional a través del Parlamento y la Justicia.

Pero la resistencia obrera y popular llevó a la oposición a agotar cada uno de esos cartuchos. Luego del fracaso de la derecha en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973 y la derrota de la huelga minera liderada por sindicatos opositores demócratacristianos, la estrategia de la oposición pasa a ser la del golpe militar.

El paro nacional antigolpista convocado por la CUT había sido validado por los Cordones Industriales, los organismos embrionarios de doble poder que surgieron para enfrentar el lock out patronal que en octubre de 1972 impulsaron los gremios patronales con el fin de desestabilizar al gobierno.

Ahora los Cordones venían fortalecidos, ya que el 15 de junio habían ocupado día y noche el centro de la capital, enfrentándose en las calles a los grupos fascistas que acompañaban a los acomodados mineros de El Teniente y buscaban el desorden y el caos.

El paro con movilización del 21 de junio se imponía con el despliegue de un gran frente único obrero antifascista y con amplio respaldo popular. Sin embargo ese mismo día el Gobierno de la Unidad Popular descubría un plan conspirador para derrocar a Allende. Por ello era detenido el capitán de Ejército Sergio Ramón Rocha.

La sublevación del Regimiento de Blindados

La mañana del 29 de junio se presenta al regimiento el teniente coronel Roberto Souper, hermano de un alto dirigente de Patria y Libertad. Tenía orden de arresto por estar implicado en la conspiración descubierta. Los oficiales subalternos lo reciben con la unidad militar preparada y dándole a elegir entre ser arrestado o liderar la acción planificada.

La columna de 16 vehículos armados, entre ellos tanques M41 Walker Bulldog, y ochenta soldados avanzó rápidamente por la avenida Santa Rosa desde el sur de la ciudad hasta el centro. Cercando el palacio presidencial de La Moneda y el Ministerio de Defensa los sublevados abrieron fuego. La Guardia de Carabineros del palacio resiste y responde.

En el ataque al ministerio un tanque irrumpe ametrallando su frontis para rescatar al capitán Rocha, hecho que contó con colaboración desde el interior. Esta acción estuvo dirigida por Edwin Dimter, posteriormente conocido por ser uno de los asesinos del cantautor y director de teatro Víctor Jara.

Destruyeron las oficinas del ministro de Defensa y la de varios generales. El tanque que derrumbó la puerta, una vez adentro disparó su cañón. La Moneda por su parte recibió más de quinientos impactos, siendo prácticamente destruidas dieciséis oficinas de la cancillería.

La clase obrera responde

La noticia de la sublevación militar recorre todos los medios. El pánico se extiende por Santiago y nadie tiene certeza de cuál es el verdadero alcance de este movimiento. Los medios opositores celebran el alzamiento y se niegan a transmitir la cadena nacional del Gobierno.

Desde temprano Allende envía señales por radio llamando a la contención y reforzando la confianza en las tropas leales al régimen. En efecto, el general Carlos Prats (asesinado en Buenos Aires en 1974 por un comando de la policía secreta de Pinochet y agentes de la CIA) liderará las tropas leales a Allende.

La clase obrera, que supo inmediatamente el significado del alzamiento, desencadena una gran ofensiva popular. El llamado a ocupar los lugares de trabajo es ampliamente seguido con una combatividad sin precedentes. De la noche a la mañana surgen centenares de nuevas organizaciones obreras y populares para coordinar las tareas de defensa del Gobierno que identifican como propio.

Se extienden tomas de fábricas, y los obreros levantan barricadas cercando Santiago y avanzando en brigadas desde la periferia hacia el centro. Junto a ellos los campesinos comandados por sus consejos comunales toman las tierras, requisan vehículos y cortan los accesos a la ciudad.

Las directivas de los Cordones Industriales envían órdenes para requisar transporte, nafta y armamento popular en espera del llamado de Allende, quien ya había dado una señal en transmisión por Radio Corporación: “Llamo al Pueblo para que tome las industrias, pero no para ser victimizado. Que el Pueblo salga a la calle pero no para ser ametrallado. Que lo haga con prudencia con cuanto elemento tenga en sus manos. Si llega la hora, armas tendrá el Pueblo”.

Por su parte, el general Prats, en un acto desesperado, le pide ayuda a la dirección del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) para aplastar la sublevación.

Los Cordones Industriales se refuerzan y extienden. Las fábricas más conservadoras se radicalizan a la luz de los hechos y surgen nuevos cordones. Comienza la efervescencia de las masas en la carrera de velocidades entre revolución y contrarrevolución.

Los marinos antigolpistas se preparan para entrar en acción

Las Fuerzas Armadas permanecen acuarteladas en grado uno (es decir, todos). La oficialidad manifiesta su simpatía con los golpistas mientras que algunos suboficiales se niegan a salir de los cuarteles en apoyo a los amotinados.

En el crucero Latorre la efervescencia entre los oficiales es visible, mientras que en el crucero Prat, ubicado en Talcahuano, gracias al televisor a bordo los marinos ven los tanques en las calles notando un gran nerviosismo entre los oficiales. En el crucero O’Higgins algunos oficiales llaman abiertamente a apoyar el golpe comandado por Souper. Por su parte, en la Escuela de Oficiales del Ejército algunos estudiantes emplazan a las autoridades a respaldar el levantamiento.

En Quillota, oficiales de la Escuela de Caballería incitaban a la tropa a salir en apoyo al golpe, propuesta rechazada por el comandante bajo argumentos constitucionalistas. Esto envalentona a los suboficiales, clases y soldados a pronunciar discursos antigolpistas frente a la tropa, lo que llevará a su posterior identificación por parte de los contrarrevolucionarios.

En la base aeronaval El Belloto de Quilpué la oficialidad se encuentra acuartelada y discute acaloradamente su apoyo al golpe, pero la suboficialidad designa delegados para transmitir al comandante su voluntad de defensa del Gobierno de la Unidad Popular, por lo que son inmediatamente detenidos acusados de insubordinación.

Mientras, en el cuartel-prisión Silva Palma de Valparaíso algunos marinos se predisponen, de desarrollarse el conato golpista, a ocupar el lugar y extraer el armamento para facilitarlo a dirigentes de los barrios obreros de Puertas Negras.

Muchos marinos identificados con la izquierda o las medidas progresistas de la Unidad Popular creen que ha llegado el momento de responder con la ocupación de la Escuadra Naval seguida de una declaración de apoyo al Gobierno.

Desde mayo los diferentes círculos de marinos antigolpistas que surgen en la tropa de la Armada comienzan a planificar la oposición efectiva a lo que ellos detectan como un golpe inminente. Observaron cómo el 24 de mayo, el Almirante Merino, posterior miembro de la Junta Militar liderada por Pinochet, abordó el crucero Latorre desde un helicóptero para reunirse con oficiales de la Armada de Estados Unidos con el objetivo de afinar los últimos detalles de un “golpe naval”.

Los círculos antigolpistas envían delegaciones a una asamblea secreta en Valparaíso. Resuelven convertirse en movimiento y planifican la ocupación de la Escuadra, en donde arrestarían a los oficiales golpistas en sus camarotes, para luego zarpar mar adentro apuntando sus cañones hacia los regimientos golpistas y declarando su lealtad al gobierno de Salvador Allende. Pero no tienen claridad de si esta acción debe llevarse a cabo durante el golpe mismo o de manera anticipada.

Ahora, con la irrupción del Tanquetazo muchos se aprestan para lanzarse a la toma de la Escuadra, sin embargo son convencidos por otro sector que opta por esperar la evolución de los acontecimientos en Santiago.

La sublevación del Regimiento de Blindados aparentemente fracasa

El general Prats se propone derrotar el intento golpista antes del mediodía buscando evitar su contagio en otras unidades. De hecho, no le fue fácil encontrar respaldo en la Escuela de Suboficiales, quienes no querían enfrentarse a otras unidades militares. Finalmente consigue movilizar a cuatro regimientos leales que cercan a los sublevados. Mientras, grupos terroristas dinamitan la planta transmisora de Radio Portales.

El rescatado capitán Rocha asume la conducción de los alzados y se enfrenta con efectivos del Regimiento Tacna siendo herido. El general Prats va personalmente tanque por tanque exigiendo su rendición con éxito. Souper se mantiene al sur del palacio presidencial con un grupo de tanques y soldados.

Sin embargo, tras la llegada del Regimiento de Infantería N° 1 bajo la conducción del “leal” general Pinochet, Souper se repliega al sur de Santiago seguido por sus hombres. Se refugiará en un batallón en donde se entregará luego de ser rodeado por fuerzas del Regimiento Tacna. Luego del golpe de Pinochet, Souper integrará su policía secreta.

Jefes del Ejército supervisan la supresión del Tanquetazo.
Jefes del Ejército supervisan la supresión del Tanquetazo. De izquierda a derecha: comandante de Institutos Militares Guillermo Pickering, comandante en jefe del Ejército Carlos Prats, ministro de Defensa José Tohá (PS) y general de Ejército Augusto Pinochet.

Prats atraviesa a pie el palacio de La Moneda para encontrarse con Pinochet al otro lado del recinto con un abrazo. Guillermo Pickering, comandante de institutos militares, despeja de rebeldes el lado occidental y Salvador Allende, quién se había mantenido en la Dirección General de Carabineros dando órdenes, llega al palacio al mediodía siendo recibido por el comandante en jefe del Ejército Carlos Prats. El Tanquetazo había terminado.

En la sublevación del Regimiento de Blindados N° 2 de Santiago murieron 22 personas (civiles y militares), entre ellos el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, tristemente célebre por filmar su propio asesinato y por el cual posteriormente se conmemoraría en Argentina el Día Nacional del Camarógrafo.

El Tanquetazo marca el fin de una época, pues desde hacía dos generaciones que los chilenos no veían un movimiento militar de tal magnitud, y hasta ese momento se desconocían situaciones en las cuales militares disparasen contra el Palacio presidencial. El golpe de Estado deja de ser una eventualidad evocada abstractamente en los análisis políticos. Ahora quien circule por el centro de Santiago puede observar las marcas de cientos de impactos de balas y obuses en las cuatro fachadas de La Moneda.

La política del Gobierno marca su destino fatal

Esa noche una multitud furiosa concentrada frente al palacio de La Moneda reclama el cierre del Congreso Nacional, tribuna destituyente de la contrarrevolución, por su silencio cómplice con el alzamiento.

Desde el balcón y acompañado por los jefes de las Fuerzas Armadas, Allende responde con su negativa a transgredir las instituciones constitucionales del régimen democrático burgués reafirmando su convicción por la vía pacífica al socialismo. La multitud repudia la negativa respondiendo con silbidos. Por el contrario, Allende propone convocar a un referéndum para consultar si su Gobierno ha de seguir o no.

Los autores del conato y responsables de la muerte de 22 personas son formalmente detenidos en cuarteles, pero el Gobierno se niega a llamar a retiro a unos 20 oficiales reconocidos como golpistas, pese a que la situación lo permite, ya que Prats aún mantiene el control del Ejército.

La permanencia de los golpistas en puestos de mando será fatal, ya que pocas semanas más tarde serán los constitucionalistas los desplazados. El movimiento de marinos de tropa antigolpistas será descubierto por la Inteligencia Naval, apresados y torturados inaugurando así la dictadura pinochetista en los cuarteles antes del mismo golpe. La posibilidad efectiva de dividir a las Fuerzas Armadas se desvanecía en los calabozos.

Miembros del movimiento de marinos antigolpistas prisioneros en la cárcel de Valparaíso en enero de 1975.
Miembros del movimiento de marinos antigolpistas prisioneros en la cárcel de Valparaíso en enero de 1975.

Durante las cinco semanas que transcurren entre el Tanquetazo del 29 de junio y las primeras detenciones de marinos antigolpistas ocurridas el 5 de agosto, la relación de fuerzas entre los dos bloques conoce un vuelco decisivo.

La izquierda que había mantenido la iniciativa a través de la impresionante movilización obrera y popular, con el correr de los días protagoniza una parálisis letal. En cambio la oposición inicia el 25 de julio un nuevo lock out patronal, más virulento y abiertamente insurreccional, con atentados terroristas.

Los medios opositores difunden información falsa para manipular la opinión pública y los militares utilizan una Ley de Control de Armas, que facilita el allanamiento de empresas, fábricas y barrios obreros en busca de armamento sin orden judicial. Mientras, los jóvenes de derecha lanzan maíz y trigo a los cuarteles incitándolos a la acción. Por su parte, la Corte Suprema declara la inminente quiebra jurídica del país.

Las organizaciones obreras y populares intentan resistir pero ven a su propia dirección política ordenar el desalojo de fábricas ocupadas para llegar a un acuerdo con sectores de la oposición, como la Democracia Cristiana, y evitar un inminente golpe. La efervescencia popular inicial se convierte en confusión, luego en desmoralización y posteriormente en apatía.

Los allanamientos fueron una pieza clave en la preparación del golpe, debido a que permitieron poner a prueba a los soldados frente a la población civil y facilitar a sus especialistas el reconocimiento del terreno. Para finales de agosto los allanamiento serán diarios y la dirección del golpe propone intensificarlos para “alentar el odio”.

El 11 de septiembre las Fuerzas Armadas protagonizarán el golpe definitivo, convirtiéndose en un ejército de ocupación extranjero al servicio del imperialismo norteamericano.

El tiro de reglaje

El tiro de reglaje es una técnica en la estrategia militar que se basa en la búsqueda de golpear un objetivo a través de aproximaciones. Es lo que utiliza un tanque antes de hacer uso de su cañón. Éste cuenta a su costado con un rifle que precede al cañonazo. Una vez que el tiro de reglaje ha sido disparado se corrige el margen de error entre el tiro y el objetivo, para luego dar lugar al golpe definitivo. La sublevación del Regimiento de Blindados del 29 de junio de 1973 fue el tiro de reglaje del golpe de Estado de Pinochet del 11 de septiembre.

En los dos meses que se contemplan entre ambos acontecimientos la contrarrevolución se encargó de corregir el margen de error, con el fin de asestar el golpe definitivo, el cual sería liderado nada más ni nada menos que por uno de los propios generales leales que abatieron el Tanquetazo, el general Augusto Pinochet.

En 1990 en su Camino recorrido: Memorias de un soldado, Pinochet además de reconocerse como el principal autor del Tanquetazo, aclara que la acción había servido para que los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas pudieran medir la capacidad de respuesta de las fuerzas pro Unidad Popular, registrar el tipo de armas que éstas usaban y comprobar el nivel de respuesta de la población a los llamados de Salvador Allende.