Al poco tiempo de empezada la Segunda Guerra Mundial, un mitin del dictador estuvo a punto de costarle la vida cuando la cervecería en la que se celebraba estalló por los aires tras la explosión de una bomba.
Jaime Castán @JaimeCastanCRT
Martes 17 de abril de 2018
El día 8 de noviembre de 1939 sobre las ocho de la tarde, Adolf Hitler se dirigió hacia la misma cervecería de Múnich en la que años atrás había lanzado su fallido putsch, en principio para dar el discurso anual ante los líderes regionales y “antiguos combatientes” del movimiento nazi. Pero inesperadamente, el mitin duro menos de una hora ya que Hitler tuvo que salir apresuradamente hacia Berlín para hacer preparativos militares. Media hora después, mientras la gente se estaba marchando, una fuerte explosión echo abajo el local. De inmediato murieron tres personas, otras cinco fallecieron más tarde y sesenta y dos quedaron heridas. Al principio se pensó que había sido un bombardeo, pero más tarde se vio que fue una bomba escondida en el salón.
Aunque Goebbels y su propaganda culparon rápidamente a los servicios secretos británicos, en realidad los nazis tardaron en saber lo que había pasado. Hasta que, de repente, la policía de fronteras detuvo a un carpintero del sur de Alemania que intentaba pasar a Suiza sin la documentación en regla y que, curiosamente, llevaba una postal de la cervecería, una mecha para explosivos y bosquejos de una bomba. Esta persona que fue entregada a la Gestapo local, era Johann Georg Elser, un hombre de 36 años y origen humilde, miembro en aquella época de la Roter Frontkämpferbund (Liga de Combatientes del Frente Rojo) del Partido Comunista Alemán (KPD).
Fotografía de Georg Elser
La Gestapo se interesó por la preparación del atentado, ya que al principio nadie pensó que un carpintero hubiera actuado por su cuenta, aunque en los duros interrogatorios Elser sostuvo que actúo en solitario. Lo que ocurrió fue que meses antes Elser ya sabía que se iba a celebrar el mitin, como de hecho se llevaba haciendo varios años el 8 de noviembre. Así, en Múnich, reconoció la cervecería y se dispuso a preparar el atentado, robando explosivos, un detonador y otros materiales a sus patrones de una cantera. Discretamente, tomó las medidas de la cervecería.
Su primera idea era conseguir un empleo en la cervecería, aunque no consiguió que le dejaran trabajar allí, lo cual dificultó la preparación. Como alternativa lo que hizo fue que, tras cenar todas las noches en el local, se escondía en un almacén hasta que cerraban por la noche, momento en el que se ponía a trabajar preparando el sitio para colocar los explosivos. Durante dos meses de preparativos, el 2 de noviembre, introdujo la bomba y programó el temporizador para las 21:20 del día 8, pensando que Hitler estaría en pleno mitin, ya que lo habitual es que se alargaran varias horas. Sin embargo el acto se abrevió y es lo que salvó al dirigente nazi.
Tras ser capturado al intentar cruzar la frontera, Elser fue internado en un campo de concentración en Sachsenhausen, como prisionero especial, esperando que confesara el complot urdido por los británicos, pero se negó a decir otra cosa que no fuera la verdad. El 9 de abril de 1945 fue trasladado a Dachau, donde volvió a ser interrogado y asesinado de un disparo en la nuca.
La historia de Georg Elser es un ejemplo más de la oposición que la clase obrera sostuvo contra el nazismo y la brutal represión que ejerció el Estado nazi, a pesar de que el Tercer Reich también consiguiera ciertos consensos sociales (tal y como planteó Robert Gellately en "No sólo Hitler: La Alemania nazi entre la coacción y el consenso"), bajo un marco de terror represivo.
Recordemos que Alemania desde 1918 vivió diversos procesos revolucionarios con una clase obrera que, organizada en consejos obreros y de soldados, paró la Primera Guerra Mundial y echó abajo al Kaiser, que derrotó el golpe de Estado de Kapp en 1920 y que se enfrentó durante décadas a los grupos paramilitares de extrema derecha y nazis. Ahora bien, cuando en noviembre de 1918 el movimiento consejista en armas, una experiencia que guarda similitudes con los soviets rusos, estaba asumiendo las tareas democráticas, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el gran partido de la clase obrera, no sólo no apoyó el proceso, sino que lo reprimió brutalmente.
Fueron Ebert y Scheidemann, líderes de la socialdemocracia alemana los que en lugar de desarrollar la experiencia consejista, profundizar las tareas democrático-radicales y empezar a asumir las tareas socialistas, se aliaron con la burguesía recomponiendo su poder y mandando al ejército y a los Freikorps (caldo de cultivo de lo que serán después las SA y las SS) para desmantelar a sangre y fuego la revolución y los consejos. El doble juego del SPD, apoyando en el discurso a los consejos, y reprimiéndolos en la práctica, abrió situaciones de auténtica guerra civil donde el gobierno del propio SPD masacró a miles de obreros y a dirigentes revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, asesinados el 15 de enero de 1919.
El SPD ahogó a la revolución alemana permitiendo la reorganización de las fuerzas reaccionarias de la sociedad, totalmente desarticuladas tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, y el establecimiento de la República de Weimar. Además, la nefasta política de los gobiernos de esta República de Weimar durante la década de 1920 generó el descontentó de amplios sectores sociales, que fueron poco a poco capitalizados por el Partido Nazi. Cuando la amenaza nazi empezaba a ser una realidad, con la llegada de los años treinta, el KPD siguiendo las instrucciones de la III Internacional burocratizada, lejos de hacer frente único con la clase obrera socialdemócrata para frenar a los nazis, consideró que la socialdemocracia estaba al mismo nivel que el nazismo, catalogándola de “socialfascista”.
Así, la llegada al poder de los nazis 1933 se produjo con una clase obrera dividida entre el SPD y el KPD, agotada tras años de nefastas estrategias políticas de ambas organizaciones. Por eso mismo, no hay que hacerse una idea distorsionada, la clase obrera alemana mostró gran audacia y compromiso en la lucha. Sin embargo quedó ahogada en las políticas oportunistas y nefastas de la socialdemocracia y el estalinismo. El caso de Georg Elser es un caso individual de esa audacia, pero la historia alemana de aquellos años revela una experiencia colectiva enorme de una clase obrera combativa.
Fuente: Richard J. Evans. "El Tercer Reich en guerra (1939-1945)". Península, Barcelona, 2011.