El viejo continente atravesado por múltiples fantasmas. Crisis capitalista, nacionalismo y xenofobia. Auge de la extrema derecha, alternativas reformistas y lucha de clases.

Josefina L. Martínez @josefinamar14
Lunes 9 de mayo de 2016
"El sueño de la razón produce monstruos", Francisco Goya (1799)
En las primeras horas del lunes 9 de mayo la policía eslovaca disparaba a un grupo de refugiados que intentaba cruzar la frontera en auto desde Hungría, hiriendo de gravedad a una mujer de 26 años. Unas semanas atrás, refugiados afganos fueron detenidos, esposados y golpeados por una banda de milicianos “caza- inmigrantes” a pocos kilómetros de la frontera búlgara. El 19 de marzo pasado, los líderes de la UE firmaron un acuerdo con Turquía para la expulsión masiva de refugiados hacia ese país, donde malviven 2.7 millones de refugiados sirios, en condiciones de extrema precariedad y explotación laboral.
Así llegamos a este 9 de mayo, fecha en que se conmemora el “día de Europa”, aniversario del discurso que hizo un ministro francés en 1950 y que después se construyó como fecha “fundacional” del relato europeísta.
Nada que celebrar
El sueño de la razón produce monstruos. La frase ilustra uno de los famosos grabados de Goya. En este caso, el fracaso del sueño europeísta está generando el renacimiento de los monstruos del nacionalismo y la xenofobia, que vuelven a mostrar sus garras en el viejo continente.
Un grupo de intelectuales y políticos europeos publicó este lunes una tribuna en El País, “Para una nueva Europa”. Desde Michel Barnier, exministro del gobierno de Sarkozy y exvicepresidente de la Comisión Europea, al expresidente socialista español Felipe González, y Daniel Cohn-Bendit, renegado del 68 y expresidente del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo. Demasiado vacío y cínico resulta este llamado hacia una “nueva Europa” por parte de los que han construido el rumbo de esta Europa del capital en las últimas décadas.
Xavier Vial-Folch, adjunto del mismo periódico español, dice que “tras una de las mayores crisis económicas en el continente europeo, la peor oleada de refugiados en la historia de la UE y el ascenso de los populismos”, aún hay mucho que celebrar, porque “Europa sigue viva”. Sin dudas es cierto, aunque es un modo de ver las cosas al que podría adherir también un enfermo terminal.
La Unión Europea, ese proyecto neoliberal transnacional de las burguesías europeas, está atravesada por múltiples tensiones y fracturas. Desde el año 2008 la crisis capitalista funcionó como un revelador de esos abismos. La decadencia de los regímenes políticos capitalistas, la pérdida de legitimidad del “extremo centro” (formado por la dupla de conservadores y socialdemócratas) y la emergencia de fenómenos políticos por derecha y por izquierda, no han cesado desde entonces.
Movimientos racistas y nacionalistas han llegado al gobierno en países del este como Hungría y Polonia, y obtienen resultados electorales inéditos en el centro y el norte (el Frente Nacional en Francia, UKIP en Reino Unido, Alternativa por Alemania, el Partido Popular Danés, entre otros). Los gobiernos europeos del “centro” toman el programa de la derecha para contener su avance, como hemos visto en Francia con el gobierno del socialista Hollande imponiendo el Estado de emergencia y una brutal represión hacia la juventud.
Los reformismos europeos se han transformado en un actor político también persistente, pero han demostrado una velocidad en su asimilación al régimen y en la aceptación del statu quo, impensable hace un año atrás. Basta mirar el ejemplo de Syriza en Grecia, que ha batido el record, pasando de ser la esperanza de un “gobierno de izquierda” a reprimir la movilización social para aplicar los ajustes de la Troika.
Varias figuras del nuevo reformismo europeo todavía intentan retomar el sueño de un europeísmo “democrático”, proponiendo como hace Varoufakis un “Plan B para Europa”, una “revolución democrática” para revitalizar las instituciones de la Unión Europea. Sin embargo, más allá de una retórica seductora, sus propuestas no superan un tibio reformismo dentro de los marcos de las rancias estructuras de la Unión Europea, aceptando los márgenes “de lo posible” impuestos por los capitalistas.
En el Estado español, la estrategia de Podemos-Izquierda Unida de formar un “gobierno del cambio” con el PSOE ha canalizado toda la indignación social que se expresó en las calles desde el 15M en adelante, hacia las arcas del partido que estaba en el poder cuando el movimiento de las plazas cantaba “PSOE y PP, la misma mierda es”.
Aun así, a pesar de los importantes desvíos hacia las ilusiones parlamentarias en Grecia y el Estado español, la lucha de clases sigue siendo un fantasma que se materializa. Lo hemos visto en la cuarta jornada de huelga general en Grecia contra los recortes de Syriza y en la primavera francesa, donde la juventud y los trabajadores más combativos enfrentan la represión y exigen una verdadera huelga general para derrotar las leyes neoliberales del gobierno de Hollande.
Ante el fracaso del sueño europeísta de los capitalistas y los nuevos monstruos del nacionalismo y el racismo, la única salida progresiva para las trabajadoras y trabajadores, las mujeres, los inmigrantes y la juventud, es la lucha por un internacionalismo anticapitalista y de clase. Y entonces sí, celebraremos el día de la unión de los trabajadores y trabajadoras de todo el continente en una Europa obrera y socialista.

Josefina L. Martínez
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.