La temperatura sube pero se enfría más la economía. Trump acecha mientras Brasil vive una nueva crisis política. Las intrigas de palacio ante el desgaste político. El control de la calle, una bendición.

Fernando Rosso @RossoFer
Viernes 25 de noviembre de 2016
Los datos macroeconómicos de septiembre fueron gélidos y arruinaron cualquier esperanza de recuperación en el tercer trimestre del año. La actividad cayó 3,7 % y todo el mundo está revisando a la baja sus pronósticos para cerrar el 2016.
Pero además, se conocieron otros indicadores: la confianza de los consumidores en la economía bajó 4,6 % en noviembre respecto a la registrada en octubre, según el Índice de Confianza del Consumidor que publica mensualmente la Universidad Torcuato Di Tella. El dato destacable y preocupante para el oficialismo es que -pese a que el indicador mejora en un 8,3 % en la Ciudad de Buenos Aires-, la confianza cae 8,4 % en el interior del país y 6 % en el Gran Buenos Aires, centro de gravedad del territorio que será escenario de la madre de todas las batallas el año que viene. El “sciolismo” macrista que pregonaba que con fe, con optimismo y con esperanza, se debía pasar el crudo invierno de la economía, empieza a caer en la percepción popular, por lo menos en lo referente a sus posibilidades de satisfacción inmediatas.
Fracasaron todas las proyecciones del Gobierno sobre la eventual reactivación y continúa firme la recesión. Donald Trump todavía no asumió y por lo tanto no comenzó a mover sus fichas que afectarán no sólo a su país, sino al tablero global. Tiene la capacidad de arruinar más la situación –por ejemplo, mediante la suba de las tasas de interés de la Reserva Federal- y lograr que el planchazo económico se prolongue y hasta se profundice. El inestable Brasil hace su aporte a las malas nuevas: luego de que la flamante administración golpista quede en el centro en un nuevo escándalo de corrupción que se llevó puesto al Secretario de Gobierno e involucra al propio Michel Temer, la semana terminó con una devaluación de 10 % del Real en el país continente.
En ese contexto, comenzaron los sordos ruidos entre los principales referentes de la coalición Cambiemos. Se rumorea que varios de ellos le pidieron encarecidamente a Mauricio Macri que “oxigene” el gabinete. Las malas lenguas llegaron a asegurar que Elisa Carrió y Ernesto Sanz apuntaron alto y dispararon un misil norcoreano: pidieron la cabeza de la Jefatura de Gabinete.
Ante el pálido panorama, el “equipo” de Cambiemos busca darle impulso al gasto en obra pública, con fondos millonarios para la provincia de Buenos Aires, como último recurso para revertir los números rojos.
La receta vieja y conocida desata la crítica de los empresarios porque intenta combatir “el populismo heredado, con más populismo fiscal” (Clarín, 25/11). El año 2016 cerraría con un déficit mayor que el producido en 2015. Los patrones siempre austeros con los recursos ajenos (los de los trabajadores o los del Estado) se quejan porque en este despilfarro “no cambiamos”.
Los exitistas editorialistas de la maquinaria mediática oficial dejan entrever cierta decepción: marcan la contradicción entre la suma cero de una política monetaria contractiva y una política fiscal expansiva. La relación de fuerzas se manifiesta deformadamente como esquizofrenia en la orientación económica.
El conjunto del establishment comienza a levantar la voz en torno a un clásico en tiempos de complicaciones: exigen un mando económico único, un Bonaparte de los números.
El acuerdo que debió alcanzar con los mal llamados “movimientos sociales”, con Carolina Stanley, la hija “sensible” del banquero que oficia como ministra de Desarrollo Social a la cabeza, implica nuevas erogaciones. Más allá de que las concesiones son absolutamente insuficientes para la vida precaria en la que se encuentra una fracción considerable de los trabajadores del país.
La agenda del Impuesto a las Ganancias aplicada sobre el salario, volvió a imponerse de la mano de la demagogia de Sergio Massa, que piensa mucho más en las elecciones, antes que en el bolsillo de los obreros, pero que puede implicar menos recaudación.
El conjunto del establishment comienza a levantar la voz en torno a un clásico en tiempos de complicaciones: exigen un mando económico único, un Bonaparte de los números.
El oficialismo y sus voceros venían intentando instalar el balance de este primer año de gestión sintetizado en “fue malo económicamente pero bueno en el terreno político”. El naufragio de la reforma política y de la boleta electrónica, ese “Metrobus” político que el macrismo pensaba mostrar como avanzada de la modernización del Estado en la arquitectura electoral, empañó la segunda parte de la renga definición. El peronismo se abroqueló para defender el sistema arcaico que habilita sus actuales maniobras antediluvianas. Al vulnerable método electrónico que apuntaba a la manipulación de Cambiemos, el peronismo le opone el manipulable sistema actual. En algo coinciden: ambos argumentan sus posiciones en nombre de la “democracia”, uno de los significantes vacíos más elásticos que ha dado el lenguaje político universal.
Se presentan problemas de clara naturaleza política que no se solucionan con los millones de pesos que el Gobierno gasta en Facebook o Google, bajo la batuta de Marcos Peña y el inorpotuno stalker Julian Gallo.
El peronismo se unificó y peleó con uñas y dientes para defender la conquista que salvaguarda sus aparatos, pero acompaña la tregua que los principales sindicatos y ahora la burocracia de los “movimientos sociales” conceden al Gobierno. Los dirigentes gremiales volvieron a firmar otro papel mojado sobre los despidos, justo luego de una nueva transferencia de fondos para las obras sociales.
Paradójicamente (o no tanto), la trinchera más potente de defensa de Cambiemos para que la bronca no se exprese en las calles son estas organizaciones sindicales y “sociales”. Una verdadera guardia de hierro del experimento macrista.
Juan Grabois, líder de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), graficó su ubicación de una manera muy elocuente. Ante la consulta de si consiguieron todo lo que esperaban del acuerdo con el Gobierno, respondió: “No, es bastante menos de lo que reclamábamos. La peleamos, dimos todo y es lo que pudimos conseguir.” (Big Bang News, 25/11).
Una particular interpretación de lo que significa pelear y más específicamente dar todo. Por ahora, es todo lo que el Gobierno necesita, ante una economía que no se activa y las graves consecuencias sociales que los números muestran diariamente. Tener domada y controlada la calle gracias a los favores de los dóciles dirigentes que además están bendecidos por otro celoso guardián de la contención social que reside en el Vaticano y que el 23 de noviembre pasado afirmó en Twitter: "Que el Espíritu Santo nos ayude a ser pacientes para soportar , humildes y simples para aconsejar ". El destacado es nuestro.

Fernando Rosso
Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.