Es el atardecer del martes 24 de marzo y no dejo de mirar por la ventana de mi casa por si alguna gota de lluvia cae sobre la ciudad de Temuco después de 3 meses de sequía. Un calor agobiante, 31 grados sofocantes son el tema de conversación en la calle, en el trabajo, en la micro. Un colega me dice que este calor lo angustia, porque es grave que ni una gota de lluvia caída por esta lluviosa zona a esta altura del año se parece demasiado a un apocalipsis local. Mientras un diluvio cae sobre el norte y centro del país, el sol quema aún a fines de marzo sobre la seca y rojiza tierra de La Araucanía.

Sandra López Periodista y Docente
Miércoles 25 de marzo de 2015
Pero lo de la ciudad no es nada comparado con el desastre ecológico que ocurre a 148 kilómetros al este de Temuco, en China Muerta y el Parque Conguillío, una maravilla de la naturaleza donde araucarias o pehuenes milenarios pueblan esos espacios “reservados”, cada vez más rodeados de plantaciones forestales, proyectos hidroeléctricos y cabañas para turismo extranjero. Verdaderos oasis entre la cada vez mayor avaricia empresarial que está llenando de proyectos de explotación lo poco de bosque nativo que va quedando.
No puedo evitar recodar a representantes de comunidades mapuche aledañas al Parque Conguillío que denunciaron en un foro a fines de diciembre cómo tuvieron que cortar los caminos y enfrentarse a carabineros y empresas que estaban instalando maquinaria para proyectos hidroeléctricos en la zona. No olvido las palabras del lonko que decía que si defender su territorio y el bosque nativo era ser “terrorista”, él y sus hijos e hijas y sus nietos y nietas serían “terroristas” “y a mucho orgullo”, por no aceptar la explotación de privados sobre su territorio, con la anuencia del Gobierno de la Bachelet y la defensa armada de carabineros, como siempre defendiendo intereses empresariales.
Escucho radio Bio Bio: despacho de último minuto, al parecer en Vilcún, a pocos kilómetros de Temuco y camino a Melipeuco, el pueblo más cercano a China Muerta y el Parque “estaría lloviendo”, sin embargo la lluvia no llegará a Melipeuco aclara el locutor. Se dice que habrían muerto 17 cóndores. Se anuncia que cuatro mil quinientas hectáreas se han quemado, ¡esta superficie es mayor a todas las áreas verdes de Santiago!. Cuatrocientas hectáreas pertenecen a comunidades pehuenche, el dirigente de la comunidad denuncia que avisaron a CONAF del incendio y se demoraron días en reaccionar. Desidia, complicidad.
No puedo ver las fotos ni videos de las araucarias quemándose. El director ejecutivo de la CONAF (Corporación Nacional Forestal) Aarón Cavieres dice en el Diario La Tercera el pasado 20 de marzo que "vamos a ocupar material genético de la misma área de las araucarias quemadas” y que "la araucaria afortunadamente es muy flexible, se genera con mucha facilidad y es de siembra directa, semilla a semilla, vamos a tener una muy buena regeneración y vamos a poder hacerlo a través de los piñones de los mismos árboles quemados". Increíble, impresentable. Así de fácil. No sorprende viniendo de CONAF, cuyo principal objetivo es fomentar las plantaciones forestales y cuyos brigadistas denunciaron hace pocos días turnos agobiantes con mínimas medidas de control de los descansos, que sus sueldos base no superan los 250 mil pesos y que las autoridades de CONAF no adoptan las medidas adecuadas para prever acciones iniciales en el combate del fuego.
Mientras termino esta columna se produce el milagro ¡llueve sobre Temuco¡ y en la radio el locutor festeja el “milagro”. No dejo de emocionarme al por fin ver y sentir la lluvia. No dejo de llenarme de rabia por la desidia del Estado, la voracidad de las empresas, la hipocresía de los medios de comunicación: porque la sequía es producto de la depredación de las empresas forestales, de la explotación descontrolada de los recursos naturales y de la complicidad de los gobiernos de la Concertación, hoy reciclada en “Nueva Mayoría”, que han dejado, subsidiado y alentado la explotación de los empresarios forestales que amasan millones, mientras las comunidades mapuche, campesinos y trabajadores sufren la sequía, la explotación y los incendios que devoran la vida y el entorno.