La crisis sanitaria vino a develar ante los ojos de miles de trabajadores los fallos y vacíos existentes en el mundo laboral cotidiano. Esta vez se trata de los obreros y obreras de las empresas encargadas de las cadenas de producción, empaque y distribución de envases secundarios para multinacionales como Unilever.
Martes 31 de marzo de 2020
¿Qué es ser una Empresa Socialmente Responsable? Según datos del CEMEFI (Centro Mexicano para la Filantropía) “es aquella que fundamente su visión y compromiso en políticas, programas, toma de decisiones y acciones que benefician a su negocio y que inciden positivamente en la gente, el medio ambiente y las comunidades en que operan, más allá de sus obligaciones, atendiendo sus expectativas”.
Pero, ¿es esto posible bajo el capitalismo? Conceptos tan ambiguos y poco concretos nos hacen cuestionar: ¿qué políticas exactamente? ¿Bajo qué características opera ese “beneficio para su negocio”? ¿Decisiones de quiénes? ¿Acciones de quiénes?
El texto aquí expuesto es el resultado de la información recopilada mediante testimonios de trabajadores de la zona centro del municipio de Atizapán de Zaragoza.
Empleados por las empresas Tecnopack y Corrubox, los trabajadores denuncian que, desde el estallido de la pandemia, en sus espacios no se contó con los lineamientos sanitarios adecuados para evitar contagios, dejando laborar al personal de planta en condiciones de poca higiene, teniendo en cuenta que estos centros industriales les exigen estar en contacto con materiales traídos de otros estados, de otras maquilas o centros de trabajo —es decir, de lugares inciertos.
En cuanto se entró a la fase dos de la pandemia en México, la dirección y el área de recursos humanos intentaron “parchar” la evidente falta de atención al problema sanitario con medidas más bien ridículas y además antiobreras.
Entre ellas se contaron denegar la cuarentena desde el primer día, argumentando que no cerrarían puertas debido a que gracias al desabasto de productos y a la propia cuarentena, cadenas como P&G, Grupo Coca-Cola y SC Johnson habían duplicado sus pedidos, por lo que era necesaria la presencia de todos los trabajadores para cubrir los envíos, es decir, el doble de trabajo pero sin derecho a la garantía de un entorno que velara por su salud y, desde luego, sin aumento de salario.
“No nos dan un cubrebocas siquiera, dicen que ya no tienen, pero sí nos exigen que llevemos uno al tratar con el material”, comentó Jessenia F., trabajadora subcontratada de Corrubox.
“¿De qué sirve que nos manden a lavar las manos si volvemos después a tocar el mismo cartón?”, se pregunta Aracely D., compañera de Jessenia.
Para un trabajador subcontratado, la crisis sanitaria, acompañada de la recesión, son como dos disparos: uno a la economía familiar y otro al corazón.
Sin trabajo estable, sin seguro laboral, por lo regular sin conocimientos o estudios que le avalen para desempeñar otro trabajo, con hijos en edades escolares y con sueldos miserables, ¿cómo ambiciona el Estado mexicano que vamos a salir adelante en el momento histórico que vivimos?
Ante la escalada de la crisis sanitaria, la patronal respondió con medidas persecutorias para los obreros, tales como poner cámaras en los baños, comedores y áreas de labores para monitorear las idas al baño exclusivamente para lavarse las manos o el número de veces que un empleado se aplica el sagrado gel antibacterial.
«Como trabajadora subcontratada de TPK puedo atestiguar que se incitó a todos mis compañeros a “reportar” tanto oralmente como por escrito a quienes no siguieran la rígida —aunque ineficiente— agenda sanitaria impuesta de manera unilateral por el jefe de producción. Esto con el fin de “dar un seguimiento a todos aquellos que no acaten el protocolo”», en palabras de la secretaría de recursos humanos.
¿Y en que desemboca este seguimiento? En sanciones tales como quedarse en el turno de madrugada todo el mes, un día sin trabajo y sin paga o un severo regaño público por parte de las autoridades, ejemplos del aleccionamiento del que se vale la patronal para manejar la crisis.
El protocolo incluye cosas como usar siempre y en todo momento cubrebocas, no saludar de mano, mantener una “sana distancia”, acudir periódicamente al aseo, no compartir comida, etcétera.
Pero todo esto se desecha fácilmente cuando nos vemos obligados a trabajar hasta cuatro personas en una sola mesa, a compartir herramientas (soleras, cuchillas, desarmadores, martillos) e incluso compartir los alimentos con los compañeros más golpeados económicamente que se han quedado sin gas para cocinar y no les rinde el salario.
El punto más alto del descontento obrero vino el pasado lunes 30 de marzo, cuando en TPK se anunció de manera impositiva que toda la planilla de trabajadores de base y subcontratados rolarían turnos de hasta diez horas (según el área de trabajo: empalme, suaje, desbarbe, pegue, empaque o transporte) en la mañana, en la tarde y en la noche.
Esto sin un incremento de salario o sin una garantía de seguridad por parte de la empresa para los empleados que saldrán a las calles de noche y que, dadas las condiciones actuales del transporte, probablemente tengan que pagar un taxi para llegar a sus domicilios, solos.
Otro aspecto que contribuyó al desacuerdo fue el despido injustificado de muchos trabajadores de las maquilas, llamado hipócritamente “descanso”, con el pretexto de desahogar las áreas comunes de presencias innecesarias para prevenir contagios.
El discurso del jefe de recursos humanos concluyó diciendo que debemos estarnos tranquilos con el trabajo, porque aún tenemos muchos pedidos que terminar, lo que quiere decir que al menos durante las próximas semanas tendremos un ingreso fijo que llevar a casa.
Pero la incertidumbre nos lleva a preguntarnos, ¿qué pasará cuando ya no haya más pedidos que acabar? ¿Qué será de nosotros cuando TPK cierre sus puertas si el conflicto se hace más grande? ¿Será que vamos a engrosar las filas de desempleados? ¿Qué tan “socialmente responsable” es una empresa que cumple con el perfil que aquí describimos? El personal de oficinas nos negó toda respuesta.
Lo que estas resoluciones nos dejan en claro es que la producción no se detendrá, no importa si se tienen que ignorar las condiciones de cada uno de los obreros, no importa si tenemos que despedir a algunos o si tenemos que doblar turnos.
Sobra decir que lo aquí relatado demuestra cuán cruento y voraz puede mostrarse el capitalismo, cuán poco importantes somos porque si hoy nos morimos por arriesgar la vida de camino al trabajo, el día de mañana habrá otro ocupando nuestro lugar. Para la patronal somos basura, basura que debe ser muy flexible y acatar las reglas por autoritarias e inhumanas que estas sean. Se aseguran de que les serviremos hasta que ya no nos necesiten, amenazándonos con perder el tacaño sueldo que nos dan.
“Si no nos morimos del virus, nos vamos a morir de hambre”, dice la señora Concha, subcontratada de TPK. Y es cierto, así como que parte de la población no morirá a causa del covid-19, sino de las condiciones cada vez más abominables a las que nos orilla este sistema.
Morir asesinado por un militar, morir en un enfrentamiento entre carteles de drogas, en un prostíbulo, a manos de un secuestrador, morir porque el derecho a la salud no está garantizado por el Estado, son ejemplos de cómo el capitalismo diseña muertes cada vez más horrorosas para los explotados y los oprimidos.
Como es evidente, la solución de estas dificultades no vendrá de AMLO, ni de la patronal o de las empresas multinacionales, sino de la propia fuerza organizada de la clase trabajadora, que en principio debe ser quien decida, en asambleas amplias y democráticas si se continúa o no laborando y bajo qué condiciones. ¿Decisiones y acciones de quiénes? ¡DE NOSOTRXS, LA CLASE QUE HACE QUE ESTE MUNDO SE MUEVA!
Para ello es preciso nutrir de información y alternativas anticapitalistas a los trabajadores, en tanto que presentamos una salida obrera a las numerosas adversidades