Entrevistamos a Laura Vilche, periodista del Diario La Capital. Laura, quien ha sabido escribir en el sector deporte siempre con perspectiva de género, se ha dedicado de develar, en el marco de la cuarentena, las desigualdades económicas, sanitarias y educativas que hay detrás del “Quedate en casa”.
Domingo 26 de abril de 2020 08:57
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Laura Vilche es periodista y maestra, y actualmente escribe en el Diario La Capital. Tiene 27 años de periodismo gráfico, trabajó en radio como movilera y conductora, y como productora de tv. Desde el comienzo de la cuarentena ha sabido relatar, con una crítica profundidad, cómo es la realidad de la vida en los barrios, en particular del barrio Qom de Travesía, de las mujeres, de quienes no tienen las posibilidades materiales garantizadas para respetar el “quédate en casa”. Sus notas y su relato en entrevista con La Izquierda Diario demuestran las enormes carencias que sufren miles de personas, muy previas a la pandemia y el aislamiento social y obligatorio.
Laura, estas semanas escribiste sobre la realidad de la cuarentena en el populoso barrio Qom de Travesía, en Rosario. ¿Qué encontraste en ahí?
Carencias de todo tipo, muy previas a la pandemia. Son barrios con necesidades básicas insatisfechas. Relatamos y fotografiamos, con Celina Mutti Lovera, nada menos que el problema del agua potable, la falta de comida y la acumulación de basura. En el macrocentro la gente está metida adentro de sus casas, con su agua corriente, con luz, con techo, pero te encontrás en estos barrios con gente que no tiene agua, mientras todos los slongans te dicen “lavate las manos 20 segundos o 40 si podés”, y “usá lavandina”. A tan sólo una distancia de 15 minutos del centro de la ciudad ya te encontrás con familias que tienen poco caudal de agua o nada, y caños rotos con agua podrida al frente de su casa desde hace dos meses. Curiosamente, y por suerte, después de que pasamos nosotros con la nota, Aguas Santafesinas mandó a una cuadrilla a arreglar el caño.
Un testimonio de una vecina decía: “A nosotros no nos preocupa el coronavirus. A nosotros nos preocupan las ratas”.
Es que se naturaliza que los vecinos vivan así, con ratas grandes como conejos según dicen. “El virus no se ve pero las ratas sí se ven”, comentan. Y eso que, si se camina por las calles del barrio de las casitas nuevas del plan de vivienda de las Madres, “Sueños Compartidos”, te encontrás con mujeres como María o su madre Rogelia, con sus hogares muy pulcros, a pesar de que les puede faltar algún vidrio, baldosa o que se les llueve algún techo. Pero si te falta el agua o tenés la basura de todo el barrio frente a tu casa no se puede mantener la limpieza por más esfuerzo que se haga. Y acá quiero detenerme en marcar algo en lo que los periodistas estamos en deuda: nos metemos mucho en las casas y en la intimidad de la gente pobre, pero no hacemos lo mismo, o no nos dejan desde los medios hacer lo mismo con quienes tienen poder económico o lobby y más facilidad de levantar un teléfono y poner límites a las notas críticas. Deberíamos retratar más las realidades de la gente con dinero para mostrar bien la desigualdad y las brechas económicas.
Se recomienda estar adentro o aislados por la pandemia pero en la nota se lee que los vecinos están afuera y no pueden cumplir con el “Quedate en casa”...
Tal cual, estas mujeres no estaban guardadas en sus casas, aunque algunas sí. Varias estaban reunidas en la vereda y hasta vendiendo ropa o lo que fuera, como en las ferias a las que van cada semana y que ahora no funcionan. Allí venden lo que pueden para subsistir. Las dificultades en estos barrios son concretas y se le tiene miedo a lo tangible, a lo que se puede ver, a lo que se puede tocar y también a lo que no se ve: como el agua. En algunos barrios como éste es difícil quedarse en casa, porque puede pasar que vivas hacinado y la actividad, la venta, el proveerte de comida y todo lo demás está afuera; tenés que salir obligadamente. Estas personas, mujeres, hombres, niños, salen todos los días a buscar donde hay, donde está el sobrante, donde la gente del centro, del macrocentro y de los barrios cercanos tiran lo que les sobra. De eso se alimentan muchos vecinos de Travesía, eso venden, a veces con eso se visten y de eso sobreviven.
Frente a una línea de histeria social donde se pide la denuncia mutua, un vecino dice: “Acá nadie denuncia a nadie”. ¿Qué crees que expresa eso?
Habla de algo también naturalizado en los barrios como el maltrato de la Policía. Me contaron que la Policía ha llegado a parar a los chicos en verano para requisarles sus mochilas cuando van a la colonia. ¿A qué chico del macrocentro o del microcentro se los hace pasar por eso? Los pibes de acá son siempre sospechados y hablan de la actitud de “la cana” o de “la yuta” críticamente, como algo que no hacen entre ellos. Pueden pelearse entre ellos, cosa que genera violencia entre vecinos, pero difícilmente vayan directo a la Policía. Acuden a los referentes barriales, a las personas que tienen más recursos simbólicos para pelear por sus cosas. Y arman lazos muy solidarios entre sí: esta mujer María, por ejemplo, es todo un referente barrial, y la única en su familia que terminó el secundario e incursionó en la universidad pública. Les da clases a los nenitos de la cuadra. Allí no hay barbijos, ni alcohol en gel, sólo la solidaridad para que hagan las tareas y se entretengan haciendo tortas fritas para compartir. Allí hay más solidaridad que denuncia.
En tus notas, también en las de deportes, acostumbrás a escribir con perspectiva de género, y en esta del barrio Qom nombrás a María, Rogelia, Matilde. ¿Qué rol crees que juegan las mujeres en esos barrios tan golpeados?
Las mujeres tienen un rol fundamental porque, no solamente crían a los niños y cuidan a sus viejos, porque los qom son muy respetuosos y protegen a sus adultos mayores. También son muy domésticas: todas saben cocinar, todas lavan la ropa, todas hacen artesanías, todas te plantan una plantita en una lata, todas curan, todas, van a hacer las compras y hasta deciden alfabetizarse y muchas salen a cartonear con los varones y los nenitos a cuestas. Pero también se ponen a la cabeza de las protestas u organizan una copa de leche. Son poderosas.
En otra nota sobre la pandemia hablaste del “Lado B” de las clases virtuales, esa muestra la desigualdad educativa ¿Cómo afectan los problemas de conectividad y de desigualdad tecnológica a la hora del aprendizaje?
Creo que esta pandemia, como tantas otras tragedias, es bien clasista. Devela las desigualdades sanitarias y educativas, entre otras. Las clases virtuales pueden ser maravillosas como estrategia didáctica. Ahora, si no tenés wifi, si tenés que esperar a que tu papá, tu abuelo o tu hermano te preste un celular para poder tener la clase con tu docente o, como docente, tenés que conectarte al wifi de tu vecino, las clases se complican mucho. También lo padecemos los periodistas con este bendito trabajo en casa: estoy usando mi wi fi, mi celular. La empresa no me da una computadora mejor que la mía que es vieja y lenta y con la que no puedo ingresar al sistema del diario. Trabajo como puedo. Quiero decir que muchos trabajadores estamos "en el mismo lodo y todos manoseaos", como dice el tango. Pero volviendo a las clases quiero rescatar a muchos alumnos y docentes que le buscaron la vuelta con lazos solidarios, ayudándose. Hay muchos docentes que expresaron no estar duchos con la tecnología y sus alumnos los ayudaron y otros que dijeron que reciben preguntas y trabajos todo el día, todos los días y hasta los fines de semana.
Y eso provoca una precarización del trabajo docente, de paso...
Claro. ¿Quién les va a pagar esas horas de trabajo? El uso de la computadora en el aula venía siendo una necesidad, si no aprendemos a usar la tecnología nos lleva puestos, pero ahora irrumpió la pandemia y de golpe se debieron acomodar las cabezas y la tecnología como se pudo y les complicó mucho la vida a todos. Antes de trabajar como periodista fui maestra de grado y alfabeticé a mujeres del barrio qom que visité por la pandemia. Y recuerdo una vez a una mujer que me dijo: “Laura, yo lo que querría aprender es a leer los mensajitos que me mandan mis hijas al celular”. Inmediatamente hice a un lado el cuadernillo que estaba usando y dije: “Esta es la clase que debo dar”. Ella, una mujer analfabeta, me marcó la currícula desde su necesidad. A eso llamo acomodar la cabeza y la tecnología de golpe.
En un momento de crisis social y sanitaria que, como vos decís, agravan cuadros existentes previamente, ¿qué rol crees que puede jugar el periodismo?
Para mí el periodismo tendría que cumplir el mismo rol siempre. Tendría que retratar, salir a la calle, escuchar, primeramente escuchar mucho: qué se está diciendo o qué no se está diciendo. Qué no están diciendo los funcionarios, qué no aparece en todos los medios pero complica la vida de la mayoría. Vuelvo con la idea de quienes tienen poder y lobby y fácilmente operan una nota en un medio. La gente como los del barrio toba, si no vamos nosotros, si no estamos ahí escuchándolos y retratándolos, difícilmente a un dueño de un medio le interese su historia, salvo que salga en Policiales. Los periodistas tenemos que hacer visibles las desigualdades sociales, las brechas, también las particularidades de cada cultura y sus buenas cosas. No todo tiene por qué ser un bajón. Si logramos eso, escribiéndolo bien, fotografiándolo o filmándolo bien, ya es mucho. Y es difícil, incluso para quienes trabajamos en grandes medios. Porque por ahí parece tonto remarcarlo pero los periodistas no somos el medio y no siempre pensamos como los dueños del medio, peleamos mucho internamente antes que la nota salga. Pero ojo, tampoco somos héroes, somos trabajadores como tantos, a quienes en general nos gusta lo que hacemos. No es poco.