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Red Internacional
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Desocupación. Estados Unidos: se perdieron 6.6 millones de empleos en una semana

A medida que el desempleo se dispara, la clase obrera se dirige hacia un desastre económico como nunca antes se había visto. Estos tiempos sin precedentes requieren acciones sin precedentes.

Viernes 3 de abril de 2020 02:52

Las últimas cifras salieron a la luz y parece que la tasa de nuevas solicitudes para el seguro de desempleo en Estados Unidos se duplicó. Hace una semana nos enteramos que las mismas habían aumentado 3.3 millones en una semana. Las nuevas cifras publicadas hoy muestran que se presentaron 6,6 millones de nuevas solicitudes la semana pasada también, para un total de casi diez millones en sólo 14 días. Mientras tanto, llegan informes de estados de todo el país de filas imposibles en oficinas y sitios web de desempleo que se caen porque mucha gente está solicitando todo a la vez. Aunque estas cifras sólo incluyen a los que han solicitado la compensación por desempleo, y a los probables millones de trabajadores indocumentados que perdieron sus trabajos pero no están cubiertos por el seguro estatal, ofrecen un claro indicio de que la tasa de pérdida de trabajos ha aumentado exponencialmente desde el comienzo de la pandemia del Coronavirus. Estas cifras no sólo son grandes, ¡son asombrosas! De hecho, representan la mayor y más agresiva pérdida de empleos jamás vista en Estados Unidos desde la Gran Depresión. Para comparar, en el país se perdieron un total de 12 millones de empleos entre 1930-1932. Es probable que se haya perdido por lo menos esa misma cantidad en sólo dos semanas en 2020. Está claro que a menos que se haga algo, las repercusiones económicas de esta crisis serán enormes y van a golpear sobre todo a los trabajadores. Esta vez no podemos dejar que los capitalistas descarguen la crisis sobre nosotros.

Si bien es tentador considerar estas cifras como meros hechos de la naturaleza (las fábricas y tiendas cerradas conducen naturalmente a un mayor desempleo, ¿no?), estas conclusiones simples, como cualquier marxista diría, enmascaran un sistema de explotación mucho más profundo e insidioso. Para la mayoría de los empleadores, la mano de obra es sólo otra mercancía que se compra y se vende sin tener en cuenta la necesidad o el sufrimiento humano. Cuando la economía funciona bien, el capital obtiene beneficios explotando el trabajo de los trabajadores; y cuando los tiempos son difíciles, en momentos de crisis, son capaces de recortar costos y ahorrar dinero echando a esos mismos trabajadores a la calle.

En ninguna sociedad anterior al capitalismo fue tan claro y tan ampliamente aceptado el desprecio general por el derecho a participar en la producción compartida. Pero esto no es un accidente, por supuesto: es así por diseño. Manteniendo a la gente trabajadora en la precariedad, pretendiendo que son trabajadores libres, comprometidos voluntariamente en la venta de su tiempo y energía (su fuerza de trabajo), eliminando cualquier estabilidad o garantía de lo esencial para una vida decente; el capitalismo asegura que siempre exista lo que Marx llamó un vasto ejército de reserva de mano de obra, dispuesto a trabajar más duro por menos salario. Y, por supuesto, así es también como el capital divide a la clase obrera. Creando una enorme subclase de trabajadores desesperados, resentidos con aquellos que tienen la suerte de tener un trabajo decente o estable, y todo un grupo de trabajadores aterrorizados de quedar desempleados, los propietarios pueden lograr no sólo reducir los salarios y aumentar la producción, sino que pueden socavar más fácilmente las luchas colectivas y las huelgas. En otras palabras, pase lo que pase, bajo el capitalismo el capital gana y los trabajadores pierden.

Pero no hay razón para vivir de esta manera o aceptar estas condiciones. El dinero para pagar a los trabajadores está. Los recursos para capear esta crisis son suficientes para que todos, excepto los trabajadores más esenciales, se queden en casa para derrotar este virus, y la necesidad de producción de materiales y bienes esenciales es suficiente para proporcionar horas de trabajo para todos los que necesiten trabajar. Por eso León Trotsky, en 1939, cuando el mundo estaba al borde de una crisis global diferente, propuso la distribución igualitaria de las horas de trabajo entre todos los trabajadores desempleados o no, sin pérdida de salarios y con aumentos automáticos iguales a la inflación. Tal reforma resolvería la crisis de desempleo. Si el capitalismo no está dispuesto o no es capaz de dar estos pasos mínimos para proporcionar un nivel de vida digno a quienes hacen funcionar el mundo, bueno, no merece sobrevivir a esta crisis.

Es casi seguro que las semanas y meses que tenemos por delante, sobre todo en Estados Unidos, van a ser malos y los que piensan que volveremos a la normalidad se están engañando. La oportunidad de detener la propagación del virus ya se fué e incluso estimaciones conservadoras sugieren que podríamos ver más de 200.000 muertes sólo en Estados Unidos. Estas muertes son una catástrofe sin paliativos (resultado de la negligencia criminal del gobierno y los empresarios), pero las consecuencias económicas que seguramente se producirán no tendrán precedentes. Es urgente que los trabajadores que aún están empleados utilicen su influencia (en sus lugares de trabajo y en sus sindicatos) para obligar a los empleadores a pagar a los que no trabajan o no están en condiciones de trabajar, y para exigir que toda la producción no esencial se convierta en producción de bienes y servicios esenciales necesarios para hacer frente a la crisis. Asimismo, deben formarse comités de desempleados para coordinar las demandas de trabajo y de ayuda y fomentar la coordinación entre los que están fuera de sus lugares de trabajo y los que siguen empleados. Sólo uniéndonos y defendiendo las necesidades de la clase en su conjunto podremos evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos rápidamente.


James Dennis Hoff

Escritor, educador y activista, Universidad de Nueva York.