“La herencia recibida”. Esa es la excusa que ya eligió Cambiemos para explicar las promesas que no cumplirá en caso de ganar este domingo. Las contradicciones del discurso, entre la demagogia de campaña y el ajuste que buscan aplicar. El choque con las justas aspiraciones y la resistencia que vendrá.

Fernando Scolnik @FernandoScolnik
Viernes 20 de noviembre de 2015
Un Macri de jean y zapatillas tomó la palabra en Humahuaca para el cierre de campaña de Cambiemos. La imagen, más que las palabras vacías de su discurso de 11 minutos, buscaba dar la idea de hombre común, para contrarrestar así su estigma de empresario noventista. Un “creído de Barrio Parque”, según había disparado el también millonario Daniel Scioli horas antes.
La escena, cuidadosamente planificada, se complementó con referencias en el discurso a los encuentros de Macri con “gente común” durante su campaña, queriendo mostrarlo humano y sensible, escuchando los problemas de los más humildes.
El lugar escogido para el cierre, en la provincia de Jujuy, buscó fortalecer los votos en el noroeste, pero también ofrecer una imagen federal, para compensar una fórmula presidencial 100% porteña entre Macri y Michetti.
Un rato antes, Macri había participado también de una ceremonia de la Pachamama, en la que le pidió a la madre tierra “sabiduría y fortaleza para conducir al pueblo argentino por el buen camino”.
Estos fueron entonces los símbolos escogidos por el PRO para el tramo final de una campaña que en su última fase se enfrentó a la estrategia del miedo por parte del Frente para la Victoria, que buscó convencer, quizás tardíamente (se verá el domingo), de todos los males que le esperan a los trabajadores, los pobres y la clase media si gana Cambiemos. Discurso con mucho de cierto, pero que se vio debilitado por el propio carácter derechista del proyecto de Scioli y su anunciado gabinete. Ambos comparten el proyecto de ajuste.
Entre la demagogia y el choque que vendrá
Llegando al final de una interminable campaña electoral, en los discursos del PRO chocan dos tendencias.
Una de ellas, es la demagogia propia de la campaña. Macri prometió ayer, una vez más, que con el “cambio” se resolverán todos los problemas. “Se puede vivir en una Argentina con pobreza cero, donde todos podamos aspirar con un crédito a tener vivienda propia, a estar orgullosos por la educación pública”. También afirmó que se puede “enfrentar al narcotráfico” y “unir a todos los argentinos, porque ya estuvimos demasiado tiempo enfrentados”. Sumado a esto, en cada entrevista los referentes del PRO niegan cualquier perspectiva de ajuste y auguran un futuro promisorio.
Pero las promesas de campaña se combinan y se contradicen a cada momento con otras declaraciones que cumplen la función de contrarrestar la campaña del miedo de Scioli, y de empezar a explicar por qué no cumplirán con lo que vienen prometiendo. Así, a la par del cambio inmediato que fue eje de campaña durante meses, el gradualismo se hizo espacio en el discurso del PRO. Macri, al igual que Scioli, aprendió de su padrino político Menem: como hizo el riojano, piden que los sigan, pero se preparan para defraudar.
Los referentes del PRO abren el paraguas, y no es solamente por la lluvia de estos días. El libreto ya está redactado para el caso de que ganen, como les sugieren las encuestas: todo lo que no cumplan se achacará a la “herencia recibida”, el país que les deja Cristina.
De este modo, una de las promesas con la que Macri insiste desde hace meses, sobre todo para las clases medias, que es liquidar el cepo al dólar el 11 de diciembre, ya es parte del pasado. En radio La Red, el candidato presidencial afirmó ayer que el levantamiento será gradual, porque “no nos podemos hacer cargo de los desastres que deja este gobierno en un solo día”.
Lo que no está claro, ni para Macri ni para Scioli, es que haya espacio para el gradualismo: además de las intenciones políticas y la relación de fuerzas con el movimiento obrero, actúan el mercado y el contexto internacional. Lo único indudable es que ambos comparten el camino del ajuste.
Más contundentes fueron las palabras de Macri que siguieron a las anteriores: “No sabemos cuáles son las reservas, cuál es el valor del dólar, la realidad del PBI, cuántos argentinos están en la pobreza, el estado del desarrollo en energía, porque este gobierno perdió la soberanía energética por falta de inversión”. Por su parte, el jefe de la bancada de diputados del PRO, Federico Pinedo, advirtió que el Banco Central (BCRA) “está quebrado”. Muy parecidas fueron las expresiones del titular del Banco Ciudad, Rogelio Frigerio, uno de los que suena fuerte para ocupar el Ministerio de Economía si gana Macri.
Si por un lado las declaraciones de cambio pero con gradualidad dialogan con quienes temen un ajuste “en shock”, buscando que no haya “miedo” como quiere instalar el Frente para la Victoria, por otro lado la insistencia con el estado actual del país adelanta que las promesas de campaña de Macri no se cumplirán, y que la culpable en el discurso oficial será la herencia recibida por parte del gobierno actual.
Así, los trabajadores y el pueblo pueden dar por seguro que con Macri no habrá ni vivienda propia, ni pobreza cero, ni orgullo por la educación pública, ni cambios sustanciales en el impuesto al salario. Las declaraciones de Macri respecto de reducir los feriados son otro indicio de cómo viene la mano. Quienes sí pueden estar tranquilos, gane Macri o gane Scioli, son los empresarios: para ellos están garantizados los “ajustes” necesarios.
En los próximos meses veremos entonces el choque entre las mayores aspiraciones de los trabajadores y las clases medias, alentadas también por la demagogia, y la frustración de las mismas por parte de una política de ajuste y promesas incumplidas. El voto en blanco al que llama el Frente de Izquierda, y la coordinación de las luchas, son las medidas para comenzar la resistencia, en el camino de desarrollar una alternativa política de los trabajadores que dé otra salida a la crisis, afectando los intereses de los capitalistas.

Fernando Scolnik
Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.