Tenían hambre y tomaron fruta de la parcela, en Mazatlán, Sinaloa. Lo que su padre gana no alcanza ni para comprar comida. El caso se dio a conocer el jueves 25 de enero.

La Izquierda Diario México @LaIzqDiarioMX
Domingo 28 de enero de 2018

Josué y Misael tienen 12 y 7 años. Sus padres, de 28 años, laboran en la pizca en Mazatlán, Sinaloa. Viven en El Walamo, en la sindicatura de Villa Unión. Llegaron allí desde Guerrero.
Comieron tomates fumigados con agrotóxicos. Tuvieron que ser internados en el Hospital General “Doctor Martiniano Carvajal”, porque sus padres no tienen seguro social y el Instituto Mexicano del Seguro Social no los admitió. Ambos presentaban intoxicación por agroquímicos.
Contó Misael “Cuando me dio hambre, corrí para los surcos y corté unos tomates, mi hermano Josué quiso uno y se lo di, yo me comí el mío, pero me dolió aquí (la nuca), luego me dieron ganas de vomitar y vomité, mi hermanito no pudo”. Él fue dado de alta, su hermano sigue hospitalizado.
“Yo no podía vomitar, pero me metí el dedo a la boca y vomité, luego mis pies no podía estar derechos y paraditos”, explicó.
Tienen tres hermanas, de 13 y 10 años y una de sólo 6 meses. Lo que ganan sus padres no alcanza para comer ni para mandarlos a la escuela. Viven en un pequeño espacio y duermen en el suelo.
La Comisión Nacional de Derechos Humanos atrajo el caso y les ofrece dos apoyos: “El primero de ellos es apoyarlos con su traslado de regreso a Guerrero, si es que así lo desean, mientras que el segundo apoyo es ubicarlos en un lugar donde puedan estar seguros, tener comida y que no sean violentados sus derechos”.
Nada que de cambie de verdad las condiciones de vida de esta familia jornalera, que debió migrar por falta de trabajo en Guerrero.
Sinaloa exporta miles de toneladas de hortalizas, principalmente tomates, sobre todo a California y otras partes de Estados Unidos. Para 2017, las exportaciones de productos agrícolas representaron un valor de mil 178 millones de dólares. Los productores se enriquecen gracias a que mantienen en condiciones casi de esclavitud a las familias jornaleras, reclutadas muchas veces con engaños en poblaciones de Oaxaca, Veracruz y Guerrero. Como la familia de Josué y Misael, muchos jornaleros no hablan español.
El caso de estos niños evidencia los riesgos laborales a los que se enfrentan los jornaleros, las condiciones de superexplotación que les imponen los empresarios, así como los peligros para la salud que presentan los agroquímicos utilizados en los cultivos. Así opera la voracidad capitalista.
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