Dos jueces de San Isidro redujeron la pena a un femicida por considerar que su amor lo llevó a un estado de “emoción violenta”.
Lunes 6 de noviembre de 2017 19:09

En febrero del 2016, Débora estaba en su casa con sus tres hijos, cuando llegó su ex pareja y papá del último de los chicos.
La relación entre ambos ya había finalizado, sin embargo Brian Montenegro no aceptó esta separación y frente a la negativa de Débora decidió asesinarla.
Justicia ciega: fue un femicidio
El Tribunal Oral en lo Criminal 4 de San Isidro fue el encargado de llevar adelante el juicio y los responsables de dictar un fallo que redujo la pena de cadena perpetua a una reclusión de 22 años por considerar que Montenegro había actuado bajo “emoción violenta”.
La decisión de los jueces Federico Guillermo Ecke y Osvaldo Rossi no hace más que reafirmar que, aún hoy, gran parte del sistema judicial sigue siendo profundamente machista.
Argumentos como que el femicida estaba “profundamente enamorado” o que “la actitud expulsiva de su amada mermaron su capacidad reflexiva”, denotan una intención explícita de mostrar al femicida como aquel que no es dueño de sus actos y que fue su excesivo amor lo que lo llevó a un acto de “locura”.
Sabemos que el femicidio es el último eslabón de una larga cadena de violencias. Violencias que estaban comprobadas por las tres denuncias, la orden de exclusión del hogar, y la restricción perimetral que pesaba sobre Montenegro. No obstante Ecke y Rossi no tuvieron en cuenta esto, en cambio no dudaron en mostrar a Débora como la instigadora de su propia muerte.
Ese “sentido común” que recorre los pasillos de Tribunales y que una y otra vez carga las culpas contra la víctima. Este pensamiento medieval intenta sobreponerse a la pelea que se dio desde las movilizaciones por #NiUnaMenos, donde miles de mujeres salieron a pelear por ponerle un freno a la misoginia, logrando la Absolución para Higui, que la joven tucumana Belén fuera liberada, que aparezca dos veces Nadia Rojas, entre tantos otros casos.
Del triunvirato de jueces que integran el tribunal, el único que entendió que había violencia de género y descartó de plano la teoría de la emoción violenta, fue el juez Hernán San Martín. Pero su postura quedó en minoría frente a la aberración del fallo de los dos jueces restantes.
Una muestra de lo tendencioso de la resolución queda en evidencia con las declaraciones de la abogada de Susana Díaz, madre de Débora al declarar que: “ la condena a 22 años fue un paso hacia adelante, ya que existía el riesgo de que Montenegro sea declarado inimputable”.
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Lo cierto es que resulta lamentable que a pesar de las multitudinarias marchas del movimiento de mujeres, aún hoy el sistema judicial siga teniendo una mirada misógina frente a la cara más brutal de la violencia de género como son los femicidios.