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Investidura. La economía mundial niega el supuesto programa progresista del PSOE

Pasan las fechas y sigue sin haber acuerdo entre PSOE y Unidas Podemos (UP). Los desencuentros organizativos distraen de los nubarrones que la desaceleración de la economía mundial trae para los próximos meses. Un panorama que promete dejar en agua de borraja el pretendido programa progresista del PSOE.

Ivan Vela @Ivan_Borvba

Federico Grom Barcelona | @fedegrom

Miércoles 4 de septiembre de 2019

En los últimos días tanto el líder del partido socialista, Pedro Sánchez, y el Secretario General de UP, Pablo Iglesias, han escenificado por tierra, mar y aire su actual desencuentro a poco más de 3 semanas de finalizar el plazo de un nuevo intento de votación de investidura.

Enrocados en sus posiciones (pacto programático frente a gobierno de coalición), las dos formaciones ya van midiendo el coste de la posibilidad de unas nuevas elecciones y el único objetivo de ambas, a estas alturas, es presionar in extremis por un acuerdo y culpar a su socio por la falta de este.

El choque entre Sánchez e Iglesias se centra en el aspecto organizativo del gobierno, el número de ministerios, sus competencias, un plano de discusión que obvia lo fundamental de la cuestión: la imposibilidad de un gobierno“progresista” por parte del PSOE. Una idea del propio 15M que UP ha enviado a la basura a base de blanquear una y otra vez la figura de Sánchez y de los socialistas, aquel que hace no mucho era casta, y cal viva..

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Pero hay otro aspecto que va a atravesar al futuro gobierno: la desaceleración de la economía mundial que están empezando a dejar su huella en la economía española. La relativa y limitada expansión iniciada en 2013 por Rajoy a costa de ayudas fiscales a las empresas y la precariedad laboral está tocando techo, e imaginar en este contexto cualquier tipo de legislatura de “vuelta” al Estado del Bienestar -ya maltrecho desde anteriores gobiernos tanto del PP como del propio PSOE- es poco menos que un guión de ciencia ficción.

Los ingredientes son de sobras conocidos por todos, una auténtica tormenta perfecta. Crisis comercial a base de políticas arancelarias entre EEUU y China, la profunda crisis política del Brexit con la amenaza de la desconexión “dura”, las protestas y represión en Hong Kong, la recesión de Alemania o el estancamiento de la economía italiana predicho para el último trimestre del 2019.

Todo esto sumado a la crisis política y económica de economías emergentes en Latinoamérica, como en Argentina, con un presidente moribundo tras la primera ronda de las elecciones y el intento de golpe de los mercados, y Brasil, en plena crisis por los incendios en el Amazonas y la gestión de Bolsonaro.

Si bien el peso de las exportaciones en el Estado español, el 24% del PIB en 2018, han retrasado los azotes de la inestabilidad económica mundial en la economía local, estos han acabado llegando. Desde 2015, donde se llegó a crecimientos de la economía trimestrales del 1,5%, la economía española se mueve hoy con un crecimiento en torno al 0,8% en el mejor de los casos, según los datos del Banco Central Europeo.

Parte del relativo crecimiento de la economía se debió a un aumento de las exportaciones, especialmente del sector industrial. La venta al extranjero alcanzó su máximo en los dos primeros trimestres del 2018, con un crecimiento interanual de hasta 4 puntos. En este contexto desde los diferentes Gobiernos y el propio Banco Central de España se apostaba porque la Industria, con el potente sector automovilístico a la cabeza, llegara a representar el 20% del PIB (en países como Alemania es el 33%).

Nada de eso ha sucedido. De hecho la contracción es una posibilidad y el valor de la Industria en el PIB se puede reducir incluso del actual 14%, precisamente con el sector automovilístico a la cabeza de la caída, con hasta un 6,6% menos de exportaciones en el segundo trimestre de este 2019.

La economía interna, centrada especialmente en servicios y turismo ha seguido creciendo por la llegada de más turistas y por las inversiones extranjeras, pero esto no es motor suficiente para compensar la recesión producida por la incertidumbre actual de los mercados y la desaceleración de la economía mundial. Como adelantó el propio gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos en la clausura de los cursos de La Granda (Asturias), el Estado español no está preparado para una recesión rápida de la economía internacional.

No hay un solo indicador económico que aguante comparativa con el 2015; por aquel entonces el crecimiento del PIB en junio se situó en el 3,7%, en este 2019 ha sido en el mismo mes del 2,3%, en el mismo periodo comparativo, las exportaciones crecieron un 5,5% mientras que este 2019 han caído un 6,6%, en 2015 se crearon casi 60.000 empleos, mientras que este 2019 apenas 15.200. Este agosto que cierra registra la mayor subida de paro desde 2010.

De hecho agosto del 2019 la Seguridad Social ha perdido 212.890 afiliados, lo que dan la cifra de más de 7.000 despidos al día. Estos datos han situado este agosto como el peor desde el 2008.

Ni voluntad ni posibilidad de medidas progresistas con el PSOE

Ante esta situación de estabilidad económica y posibles giros o crisis ante los aires de recesión mundial, los márgenes para políticas “progresistas” se achican. Y más bien se potencian futuras políticas de recortes y ataques a las masas trabajadoras. Algo que el PSOE ya tiene carrera en su historia. Si sus propuestas muy poco “progres” ya eran puro discurso, los golpes económicos podrían dejar al partido del futuro gobierno expuesto a lo que verdaderamente es: un partido neoliberal del IBEX35 disfrazado de progre.

Ni aumento de impuestos a las grandes fortunas, ni aumento de impuesto a grandes empresas, nada en absoluto. A pesar de los esfuerzos de UP por blanquear y poner piel de cordero al PSOE, estos son bien conscientes del panorama que se avecina y de qué medidas tomar para satisfacer los dictados de los grandes capitalistas, los bancos, la Unión Europea y el pago de la deuda.

UP sigue manteniendo su posición de entrar en un gobierno de coalición como “garantía” de un programa progresista, mientras que los sectores de IU y Anticapitalistas capitulan aceptando un pacto de programa progresista desde fuera, es decir, la línea política del PSOE de un “gobierno a la portuguesa” cubriéndose con un discurso de izquierda.

La subordinación de unos y otros, más allá de estas diferencias tácticas, es absoluta. Pensar que el PSOE, que ya ha sido protagonistas de políticas antiobreras como la reconversión industrial de Gónzalez o la reforma laboral de Zapatero, va a ser ahora garante de los derechos de la clase trabajadora y sectores populares es de una hipocresía enorme.

Los grandes medios, lobbies y políticos burgueses ya alzan la alarma y se ponen manos a la obra para blindar, por segunda vez en este siglo, sus intereses y bienes frente a la amenaza de la crisis. Por contra el neorreformismo, más preocupado de su supervivencia tras un desgaste en tiempo récord obvia estos factores.

La decisión final probablemente se sepa sobre la bocina, pero lo que queda claro, por razones subjetivas (ADN del partido socialista) y razones objetivas (desaceleración economía mundial), es que no habrá un gobierno progresista del PSOE, con o sin UP.