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Red Internacional
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MUJER Y RACISMO EN EE.UU.. Las frutas más extrañas

Miércoles 29 de octubre de 2014

El asesinato del joven negro, Michael Brown, volvió a exponer el carácter racista de la sociedad estadounidense. Las protestas que desencadenó este hecho el pasado 9 de agosto, han tenido el efecto colateral de poner sobre la mesa, junto con al racismo, los problemas de la juventud y las mujeres.

Luego de la crisis abierta por los sucesos de Ferguson, Obama recurrió a diversos intentos para mantener vivas las ilusiones que muchos sectores habían depositado en él. Uno de ellos fue el anuncio de la expansión del programa My Brother’s Keeper (MBK). Esta iniciativa, anunciada como uno de los grandes pasos tomados desde la administración para atacar la “brecha de oportunidades” que separa a los jóvenes blancos de aquéllos de color, ha generado grandes controversias y su análisis pone de relevancia que el racismo y el machismo son problemas estructurales de la sociedad norteamericana, para los cuales el estado es uno de los principales garantes.

Cuando MBK fue lanzado en febrero de este año, seis meses antes de los sucesos de Ferguson, Obama lo definió como una vía “para que los jóvenes alcancen su máximo potencial”. Acordando con los estados, ciudades y pueblos, y ligándose a empresas, escuelas y fundaciones, pretende generar una “red de mentores” a través de la cual alcanzar una serie de objetivos delineados desde la Casa Blanca. O sea, que los latinos y negros ingresen a la escuela en las mejores condiciones físicas y psíquicas; que puedan leer para el tercer grado; que se gradúen de la escuela para entrar a la universidad y emprender una carrera; que consigan trabajo; y, finalmente, que se mantengan “encaminados”. Este programa, al igual que todos aquellos que apuntan a algún tipo de “discriminación positiva” (o affirmative action), no ataca la raíz del problema y no pretende hacerlo tampoco. Ello, en última instancia, no sorprende demasiado: este tipo de medidas, sobre todo en torno a las políticas de contratación de las empresas –con cupos obligatorios para las minorías- impulsadas desde el Departamento de Trabajo pueden rastrearse a partir de 1960. Es otro elemento de My Brother’s Keeper el que llama particularmente la atención: la iniciativa sólo atañe a jóvenes negros y latinos hombres. Es decir, deja afuera a las mujeres de color.

Varias organizaciones y personalidades feministas alertaron inmediatamente sobre el carácter discriminador de MBK: “¿qué pasará con las ‘sisters’ (hermanas)?”, preguntan. En junio, incluso, un grupo de 200 hombres compuestos por académicos, trabajadores y conocidos del mundo del entretenimiento elevaron una carta pública denunciando las enormes falencias del programa. La realidad es que las mujeres llevan la peor tajada de un sistema que se alimenta de la segregación y la opresión. Si los negros y latinos inundan las cárceles y lideran las estadísticas de deserción escolar y desempleo, esto se ve magnificado para el caso de las mujeres. Las negras son encarceladas 2.8 veces más que las blancas, y el 43% de las mujeres de color con hijos viven en la pobreza, frente a un 29% de las mujeres blancas. Además, sólo el 51% de las nativas americanas se gradúan a tiempo, y el abandono de los estudios por parte de las negras está muy por encima de las blancas y de sus pares hombres, tan sólo por nombrar algunos datos.

Algunos defensores del programa han planteado que para atacar los problemas que viven las mujeres, existe el White House Council on Women and Girls (Consejo de la Casa Blanca para Mujeres y Niñas) creado en 2009. Pero, como bien ha sido señalado, éste organismo está dirigido hacia todas las mujeres y no tiene –ni fue creado para ello- una política específica para las minorías. Además, mientras MBK cuenta con un presupuesto de casi uS$ 300 millones de la “comunidad filantrópica” y corporaciones como la JP Morgan Chase, jamás una suma similar ha sido destinada al Consejo para Mujeres y Niñas.

La solución a los problemas que históricamente han enfrentado las minorías en Estados Unidos no será conseguida con programas que sólo maquillan un sistema basado en la explotación y la exclusión. Pero estos sí reflejan el salto que está tomando el gobierno de Obama en convertir en política pública la mayor opresión que viven las mujeres –lo cual observamos en el avance de proyectos como la “Enmienda 1” en Tenesse o las diferentes modalidades de leyes antiaborto en el Sur-, en un marco de avanzada cada vez mayor sobre sus derechos.