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Red Internacional
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DEBATE. ¿Lo (anti) natural de la sexualidad?

Actualmente hablar y pensar sobre la sexualidad sigue despertando acalorados debates tanto en las teorizaciones e investigaciones sobre la naturaleza humana, en la política y en las pláticas cotidianas.

Leah Muñoz

Leah Muñoz @leahdanmunoz

Martes 1ro de agosto de 2017

¿Existe una naturalidad en la sexualidad?, y si es así, ¿de qué tipo de naturalidad estamos hablando?, ¿existen sexualidades más naturales que otras?, o ¿existen sexualidades artificiales o antinaturales como contraparte de las consideradas naturales?

Sin duda las respuestas a estas preguntas tienen implicaciones tanto políticas como en la manera en que vamos construyendo nuestra sexualidad, en un sentido individual y colectivo.

Lo natural es político

Hacernos la pregunta sobre qué es natural en lo humano y qué cosas no lo son, parecería una pregunta banal para muchas personas, sobre todo cuando nuestro pensamiento está bastante anclado en las clásicas dicotomías natural/artificial, naturaleza/tecnología, biología/cultura, natural/social, entre otras; y creemos que esas dicotomías son claramente distinguibles en la realidad.

La discusión en filosofía sobre lo que es “lo natural” es una discusión de larga data y con diversas posturas dentro de la filosofía de la ciencia, sin embargo nada banal, ya que nuestras concepciones sobre lo natural en lo humano son las que marcan la inclusión o exclusión de posibilidades humanas o revisten algunas condiciones humanas de mayor legitimidad que otras. Por lo tanto, nuestras concepciones sobre lo natural tienen un carácter político.

En el caso de la sexualidad, las posiciones sobre lo natural son diversas. El debate toma mayor importancia cuando los grupos de ultraderecha y las iglesias comienzan a movilizar sus concepciones sobre lo natural de la sexualidad para desacreditar otras posibilidades sexuales distintas a la heterosexualidad normativa.

¿Qué orientaciones sexuales, corporalidades, géneros, prácticas sexuales e instituciones y organizaciones político-sexuales (familia, matrimonio, monogamia) son naturales y de qué naturalidad hablamos?

Naturalismos

Dentro del abanico de los naturalismos de la sexualidad encontramos el naturalismo teológico defendido por los grupos conservadores que básicamente está pensado desde “la naturaleza de Dios”.

Esta concepción habla de la complementariedad sexual que Dios otorgó al hombre y la mujer –en donde esta supuesta complementariedad– uniría al hombre y la mujer de forma monogámica en el matrimonio, y la sexualidad sólo se llevaría dentro del mismo para la reproducción y formación de la familia.

Si bien éste es un clásico naturalismo bíblico, constantemente incorpora “argumentos” teleológicos sobre un supuesto diseño y funcionalismo biológico para desacreditar las sexualidades no heterosexuales y tacharlas de antinaturales.

Este sería el caso de la homosexualidad en donde su supuesta antinaturalidad estaría en la no capacidad reproductiva de dos sexos masculinos y en la práctica del sexo anal, que desde la lógica de esta posición, el sexo es sólo reproductivo y el ano está diseñado (por un diseñador inteligente) para ser conducto de salida del aparato digestivo y por lo tanto es su única función, negando el carácter natural de la erogeneidad de distintas zonas del cuerpo.

Otro ejemplo de esta antinaturalidad bíblica la representaría la transexualidad que, al alterar el cuerpo con hormonas y cirugías, estaría mostrando su antinaturalidad al violar el curso final de una “biología natural y verdadera” que en ausencia de esas hormonas sintéticas daría por ley un “cuerpo natural de hombre y de mujer”.

El resto de las explicaciones naturalistas sobre la sexualidad tienen un compromiso biologicista más claro y evidente, a diferencia del anterior. Es decir, en estos casos hay un naturalismo pensado desde la biología en donde todos los ámbitos de la sexualidad son una consecuencia de algún aspecto de la biología. Entiéndase esto como genes, morfologías cerebrales, hormonas, evolución, etc.

Desde este campo del naturalismo es que sectores de la diversidad sexual han pretendido hacer una defensa de la naturalidad de las sexualidades, buscando ejemplos en el mundo natural que den cuenta de que la diversidad sexual humana tiene su correlato en otras especies con causas tanto evolutivas como fisiológicas.

En este sentido se argumenta que la homosexualidad y la transexualidad no sólo están presentes en humanos, sino que están presentes en otras especies como los bonobos y los peces payaso, respectivamente.

Sin embargo, también desde este naturalismo biologicista los detractores de la diversidad sexual, aunque consideren su existencia, le dan el carácter de antinatural al exponer las fallas biológicas que generarían sexualidades no cisheterosexuales.

En este punto lo natural toma un sentido normativo, como lo que “debería ser”, y no descriptivo, como lo que es. Es decir, el hecho de que existan peces transexuales no hace de la transexualidad humana algo natural sino algo que muestra una falla biológica.

El carácter anti-natural de la sexualidad

Del otro lado de los naturalismos biologicistas, encontramos a un grupo heterogéneo de defensores de un naturalismo constructivista en donde lo natural de la sexualidad no se concibe como un hecho bruto de la naturaleza que ya viene dado sino que más bien esa supuesta naturalidad de la sexualidad es una categoría en movimiento dependiendo de los marcos interpretativos histórico-socialmente establecidos sobre la sexualidad.

Así, el humano pasa a ser un sujeto activo y transformador de su propia naturaleza no sólo en el sentido de modificar la materialidad del mundo y su misma materialidad, sino al ser sujeto constructor y transformador de sus concepciones sobre lo natural que naturalizarían-desnaturalizarían determinadas sexualidades.

Sin embargo, la cosa no se queda ahí, ya que la sexualidad misma no se ve como una esencia producto emanado desde la biología sino como un constructo histórico social de prácticas, saberes y discursos sobre el sexo, el cuerpo, el género y el deseo que han generado el efecto de una “sexualidad natural” biologicista y transhistórica, ocultando su carácter construido y socialmente mediado.

En ese sentido se cuestiona la idea fijista de la sexualidad, en donde la sexualidad no cambia ni a lo largo de la vida del individuo ni ha cambiado históricamente, dado que es una consecuencia de una biología conformada por millones de años de evolución biológica.

Entonces lo que en el humano entendemos por homosexualidad, lesbianismo, transexualidad y heterosexualidad sería radicalmente distinto a lo que entendemos con esos mismos términos en otras especies.

Como Foucault mostró, en su Historia de la Sexualidad I, la homosexualidad y la heterosexualidad –la primera como contraparte patológica y antinatural de la segunda que fue normalizada y naturalizada– tienen 150 años de formación como parte de la construcción de la sexualidad en el capitalismo con sus instituciones médicas y familiares.

Paul Preciado no sólo ha dejado claro que la transexualidad surge en el siglo XX y es posibilitada por la tecnociencia de la época, sino que todas las sexualidades en nuestro tiempo están construidas e intervenidas por la tecnología. Por lo tanto, apelar a una naturalidad prístina, como generalmente se asocia a la heterosexualidad, es un mito del naturalismo sexual clásico.

Defender hoy las sexualidades periféricas, no cisheterosexuales, de la ideología patriarcal y conservadora de la Iglesia y los partidos de ultraderecha implica hacer evidente el carácter antinatural (o natural socialmente construido) de todas las sexualidades que permita su reconocimiento como posibilidades humanas.