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OPINIÓN. Massa, una rebelión inútil

El derrumbe del Frente Renovador, una caída con “clase”. Los errores políticos y la apuesta estratégica del gran capital. Lo proyectos de restauración de un nuevo régimen y sus límites.

Fernando Rosso

Fernando Rosso @RossoFer

Viernes 12 de junio de 2015

La conferencia de prensa que convocó Sergio Massa para anunciar la decisión en torno a su candidatura fue un corto monólogo de ocho minutos. Pareció más una ceremonia de despedida que un supuesto relanzamiento. El clima de velorio, el silencio tenso y la partida con su esposa, Malena Galmarini, graficaron una épica de la derrota. Con una puesta en escena que fusionaba el estilo de las cadenas nacionales con los montajes de los presidentes norteamericanos cuando hacen grandes anuncios, Massa informaba que continuaba su camino… hacia al vacío.

El derrumbe del líder del Frente Renovador y de su proyecto presidencial, dos años después de haber triunfado en la provincia más gravitante del país (Buenos Aires), tiene causas profundas económicas, políticas y de clase.

Las elecciones de este año tienen una característica especial. Son las primeras en las que no se producirá una alternancia entre miembros del núcleo político íntimo de los Kirchner. Pero además, tienen lugar en momentos de agotamiento del “modelo” que impone un ajuste que ya comenzó con la devaluación de principios de 2014 y las medidas recesivas que viene aplicando el gobierno desde hace varios años (sintonía fina, devaluación, recesión, cepo, techo al salario).

Las clases dominantes y el gran capital intervinieron fuerte en el armado del escenario político de esta elección en la que está en juego gran parte del poder futuro.

Ese es el núcleo de verdad de llamado “círculo rojo”, aunque no actuó sólo sobre un sector de los partidos tradicionales, sino sobre todos y en varios círculos concéntricos.

También la Iglesia y el papa Francisco incursionaron en la política nacional ya que la transición argentina tiene una importancia estratégica para el objetivo de su nuevo líder de renovar a esa institución clave para el orden a nivel internacional, por lo menos en el mundo occidental.

El gobierno que surja de las urnas en octubre próximo tendrá que llevar adelante grandes tareas pendientes desde el punto de vista burgués. Económicamente, corre con la ventaja de la baja relación Deuda-PBI que tiene la Argentina, un hecho que permite desarrollar un nuevo ciclo de endeudamiento, aunque no evita el ajuste. Es más, lo presupone. Aquellos eventuales financistas dispuestos a prestarle al país o los posibles inversores exigirán que se lleve adelante con la gradualidad o el shock que permita la relación de fuerzas, pero siempre en la misma dirección.

Desde este punto de vista, los dueños del país y el poder real consideraron que la situación no estaba para nuevas aventuras políticas.

La procesión va por dentro

Massa emergió en la provincia de Buenos Aires en 2013 de la mano de lo que algunos llamaron la “rebelión de los coroneles”, con una fracción de los intendentes peronistas del conurbano bonaerense y capitalizando el descontento con los efectos sociales de la crisis de la economía (inflación, impuesto al salario). Políticamente, los que dieron el salto hacia la meca de Tigre y se convirtieron en “renovadores” dudaron de la apuesta del kirchnerismo y de Cristina sobre del lugar que le daría al peronismo en la carrera sucesoria y en el armado de listas.

Con la decisión de la fuerte devaluación, acompañado de un paquete de medidas que implicaron un ajuste, aunque no con la intensidad que reclama el conjunto del establishment, el kirchnerismo dio pruebas de que estaba dispuesto a terminar la transición de “partido de la contención” a “partido del orden”. La coronación de este desplazamiento en el terreno político fue la aceptación de Daniel Scioli como el “continuador con cambios”. En este movimiento, Massa hizo su aporte inconsciente. La procesión renovadora fue por dentro.

Los contornos de “partido de la contención” que permitieron el desvío y la pasivización kirchnerista se expresaron en una limitada “autonomía de la política” que los Kirchner revindicaron como uno de sus grandes aportes históricos al proceso político tradicional argentino.

La resignación a la devaluación y el programa recesivo que llevaron adelante y que aceptó el gobierno como inevitable, mostraron el límite a estas pretensiones cuando se ponen en juego los intereses de fondo.

Una masa de errores

Sergio Massa se postuló como una especie de “kirchnerismo de derecha” y también reivindicó para sí una presunta “autonomía de la política” que aplicaría con mejor criterio que el que tuvo el kirchnerismo.

“Cambio con continuidad” fue el lema que tardíamente perfeccionó como “el cambio justo”.

Cuando gracias al ajuste y a la sciolización, el oficialismo recuperó la iniciativa, Massa cometió errores políticos coyunturales importantes. Durante el 2014 dio un giro hacia una oposición rabiosa combinada con un punitivismo fanático que por momentos lo ubicó a la derecha del mismo Macri. El jefe de Gobierno porteño y el líder de la línea naranja ocuparon los costados de la “ancha avenida” y a Massa el pánico lo hizo derrapar. La pérdida de un aliado importante como Carlos Reutemann fue una de las primeras consecuencias que iniciaron su caída.

Con la tranquilidad de que el oficialismo habilitaría la continuidad a través de Scioli, para quien la política es cualquier cosa menos autonomía, el gran capital comenzó sus apuestas estratégicas y se jugó por Scioli y Macri. La interna con Florencio Randazzo dentro del FPV es funcional a esta estrategia.

Por un lado, la jugada de máxima para una franja de la clase dominante es colocar en la Casa Rosada a un hombre salido de sus entrañas y al que consideran íntimamente relacionado a sus intereses: Mauricio Macri. Aunque esta apuesta puede traer consigo el interrogante de si está garantizada la gobernabilidad, ya que no cuenta con el apoyo del peronismo y de gran parte de la burocracia sindical.

Por esto, también es una buena “inversión” a futuro apostar por Daniel Scioli y así lo comenzaron a entender varios empresarios que apoyaban a Massa (como los hermanos Bulgheroni) que empezaron a “resignarse” ante esta eventualidad.

Frente a esta situación, Massa quedó en el vacío y sus cuentas también. No porque la famosa “ancha avenida” del cambio con continuidad no exista, sino porque la clase dominante prefiere que la transiten otros.

En esto, tanto Massa como Scioli y Macri -haciendo mucho esfuerzo contra el estigma de su propio origen-, rinden un homenaje a la relación de fuerzas que no admite la liquidación de las conquistas que los trabajadores y la juventud lograron, no sobre la base de concesiones gratuitas, sino de sus propias luchas y del espectro que dejó el 2001.

Una apuesta capital y sus límites

Más en general, también podemos estar asistiendo a una apuesta estratégica mayor de parte del conjunto de las clases dominantes: el intento de reconstrucción de un régimen político con un kirchnerismo “domesticado”, representado por Scioli en el gobierno y una oposición de “derecha moderna” fuerte que podría emerger con el PRO y su circunstancial alianza con el radicalismo. Las diferencias entre uno y otro serían de matices. Un centro moderado en el poder que contenga en su seno a la centroizquierda y un centro moderado en la oposición que contenga en el suyo a la centroderecha.

Esta perspectiva buscaría el sueño dorado de la reconstrucción de un régimen de partidos que permita estabilidad y culmine la famosa “restauración” a la que aportó el kirchnerismo en sus diferentes etapas.

Sin embargo, el éxito de este proyecto no es tan fácil en la Argentina contenciosa.

Un analista político que problematiza la cuestión de la representatividad del peronismo afirma que “según la consultora IPSOS, el número total de simpatizantes partidarios pasó en Argentina del 47 por ciento en 1984 al 15 por ciento en 2010 (Mora y Araujo, 2011:117) mientras que el Barómetro de las Américas registró para el mismo año 2010 que sólo un 19,5 por ciento manifestaba tener ‘alguna simpatía’ por un partido político”.

La relación de fuerzas sociales, la emergencia de “la calle” - como en el reciente paro general o la movilización del 3J contra la violencia hacia las mujeres-, son sólo ejemplos del problema de “representación” que tienen los partidos históricamente y especialmente luego del 2001.

La reconstrucción de los partidos se parece mucho al recauchutaje de los aparatos. Incluso lo que se presenta como lo “nuevo”, la derecha “moderna” del PRO hace alianza con el viejo radicalismo, figuras del peronismo como Reutemann y ahora sumó un flamante aliado: el “Momo” Venegas y su partido Fe.

Al margen de estas disquisiciones sobre las posibilidades de éxito en la reconstrucción de un régimen de partidos más o menos sólido, el proyecto de Massa se volvió innecesario y por lo tanto irreal. Primero lo fueron abandonando sus grandes financistas y luego los políticos menores. La patriada que prometía llevar adelante desde Tigre al sillón de Rivadavia, terminó en un estrepitoso fracaso. La “rebelión de los coroneles” fue una rebelión inútil y su efímero general ya no tiene quien le escriba.


Fernando Rosso

Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.

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