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Red Internacional
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Opinión. Ni la lapicera de Alberto, ni la del mercado: que la historia se escriba en las calles

El Gobierno anunció un plan de ajuste felicitado por el FMI, pero los mercados piden aún más. El corto plazo respira en la nuca: se agudiza la crisis, con inflación récord en julio, menos crecimiento y más presiones devaluatorias. Cristina rompió el silencio pero calla sobre el “plan Batakis”. El fracaso de los sucesivos gobiernos y la necesidad de tomar el destino en nuestras manos, por una salida socialista y de los trabajadores.

Fernando Scolnik

Fernando Scolnik @FernandoScolnik

Jueves 21 de julio de 2022 07:16

Y un día lo dijo. Había pasado una semana exacta de los anuncios de su nueva ministra, Silvina Batakis, cuando este lunes Alberto Fernández le puso palabras a lo que está haciendo su Gobierno: “Tenemos que ajustar algunos números de las cuentas públicas”.

La escena transcurría en el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada y acompañaban al presidente algunos ministros y gobernadores. No muchos, ya que una foto con Alberto hoy está casi tan devaluada como el peso. Pero en la nueva etapa todo el mundo sabe que habrá ganadores y perdedores, y por eso muchos están preocupados por cómo será utilizada la lapicera presidencial. La crisis transcurre ahora con velocidad acelerada y todos los indicadores económicos, políticos y sociales dan cuenta de que ya no hay margen para el piloto automático o la procrastinación. Forzado a elegir, el presidente opta otra vez por agudizar la crisis social para intentar tranquilizar a los mercados, aunque de momento no lo está logrando.

Estos días hubo mensajes amistosos para los bancos. Preocupado por la crisis de la deuda en pesos, que podría ser una bomba de tiempo, el Banco Central salió a ofrecer aún más garantías para que continúe la bicicleta financiera (dando la opción de comprarles los bonos a un mejor precio que el del mercado). Recordemos: gracias a esta fiesta especulativa, entre enero y abril los bancos privados ganaron 40.387 millones de pesos. El mensaje ahora fue claro: que no se corte, que siga la timba financiera.

Hay más: con su oído derecho (del izquierdo tiene sordera), el Gobierno parece dispuesto a escuchar también los reclamos del lock out y los tractorazos de las patronales del campo. Este martes, el secretario de Agricultura, Matías Lestani, quiso congraciarse con esos empresarios y anunció que no se aplicará al sector agrícola el proyecto de “renta inesperada”, según informó la agencia estatal Télam. El proyecto que se proponía aumentar la recaudación del Estado y “atacar la concentración de la riqueza en pocas manos”, al parecer sería cajoneado para los sojeros.

Ya en la semana previa, el propio FMI se había mostrado muy conforme con el rumbo con el que inició su gestión Silvina Batakis. El portavoz del organismo, Gerry Rice, le había dado la “bienvenida a los esfuerzos enunciados por la ministra para fortalecer el control del gasto público”. Se refería a los anuncios de ajuste fiscal, congelamiento de la planta del Estado, aumento segmentado de tarifas, tasas de interés positivas y ratificación de las metas que Martín Guzmán había acordado con el FMI. Batakis debutaba con un paquete ortodoxo, sin una sola medida a favor de los jubilados, los asalariados o las ayudas sociales. La emergencia que atiende Batakis, no es precisamente la social.

Sin embargo, si todo lo sólido puede desvanecerse en el aire, más aún puede suceder con estas construcciones precarias. La lapicera que empuña Alberto Fernández junto a sus funcionarios y funcionarias no termina de conformar a los mercados, que quieren redactar ellos su propia historia. Buscando sacrificar el crecimiento económico para calmarlos, el Gobierno está ante el riesgo de no lograr ni una cosa ni la otra.

Desde que asumió la nueva ministra los precios se han disparado y se espera que julio cierre con la inflación más alta en lo que va del año. Con crisis de reservas en el Banco Central, el dólar blue y otros dólares paralelos han alcanzado nuevos récords históricos, superando el valor nominal y la frontera psicológica de los $ 300 (cerrando en 317 este miércoles). La brecha con el dólar oficial actúa como un síntoma de desequilibrios económicos y, sobre todo, de la gran presión por una devaluación del oficial que el Gobierno dice querer evitar, pero no se sabe si lo logrará. Por su parte, las patronales del campo, las mismas que vienen haciendo negocios millonarios con la soja y otros productos a precio récord, huelen la debilidad gubernamental y van por más, exigiendo una mayor devaluación y menores retenciones para liquidar su cosecha. Los próximos días y semanas serán claves para ver si se produce o no un salto devaluatorio que eche más leña al fuego de la inflación.

Por ahora, y retomando una vieja frase, desde el Gobierno dicen que “hay que pasar el invierno”, para llegar a una primavera que demande menos dólares para la importación de energía. También le prenden una vela a la reunión que en las próximas semanas Alberto Fernández sostendrá con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en la cual le solicitará piedad al principal accionista del FMI.

Según un vocero del capital financiero internacional, el Financial Times, en Argentina “la ruina financiera está al acecho”. Desde sus páginas le pide al FMI un trato más duro con nuestro país: "Amor duro, más que curitas, es lo que necesita la Argentina". Antes, Kristalina Georgieva, la titular del FMI, le había exigido a Batakis “medidas dolorosas”.

En un país que cada vez más vive con el cortísimo plazo respirando en la nuca, dentro de un mundo absolutamente convulsionado, el Gobierno aspira, como escenario más optimista, a “aguantar los trapos”. Tampoco se puede descartar que pierdan el control de la crisis. Pero no se trata solo de analizar, sino de actuar, ya que cualquiera de estos escenarios es un desastre social eterno para una parte enorme del pueblo trabajador.

El silencio de Cristina sobre el “Plan Batakis”

Quien actuó rápidamente ante la crisis fue Cristina Kirchner. Tomada por sorpresa por el tuitazo de Martín Guzmán, y sintiendo de cerca un abismo que difícilmente no la arrastraría a ella si se profundiza, retomó sus contactos con Alberto Fernández. En un operativo de emergencia, sin foto de unidad pero con reuniones, se aceitaron los mecanismos entre la dupla presidencial y también con Sergio Massa.

El resultado más significativo es el contraste: lo que antes eran dardos permanentes para Martín Guzmán ahora es un silencio ensordecedor sobre el “plan Batakis”. Confirma que para Cristina nunca estuvo en la mira rechazar el plan del FMI más que retóricamente, tan solo para intentar mantener su espacio político a salvo del descontento popular. Ahora la vicepresidenta analiza los problemas estructurales de la economía en sus conferencias, pero hasta el momento no se le ha escuchado una sola denuncia al paquete de ajuste ortodoxo anunciado por la nueva ministra.

En un giro a derecha que venía desde hace semanas, con reuniones con el economista liberal Carlos Melconian, con la cúpula de la CGT o con su ataque a los movimientos sociales, ahora hace eje en mantener la “paz social” y pide diálogo con la oposición de derecha y los factores de poder. Dicho de otro modo: "paz social" es que el ajuste y la pauperización sigan su curso sin resistencia en las calles, para mantener la “gobernabilidad”. Esa “gobernabilidad” que para las mayorías significa más de un 40 % de pobreza y golpes constantes a los ingresos populares por vía de la inflación.

Sin embargo, no está descartado que haya nuevos giros bruscos también en este terreno. A la vez que avala con su silencio, Cristina evita apoyar explícitamente, para quedar con las manos libres. De fondo, el profundo descontento que genera en su propia base electoral la situación económica la encierra en una contradicción muy profunda. La vicepresidenta que hoy banca el ajuste puede volver a necesitar diferenciarse de su Gobierno, que solo ofrece penurias para las mayorías. El Frente de Todos está expuesto a nuevas crisis políticas, que se retroalimenten con la económica y la social, profundizando un escenario de inestabilidad.

A la par, otra fuente de preocupación acecha a la vicepresidenta: como sucede siempre, la crisis del Gobierno va acompañada de movimientos en el oligárquico Poder Judicial, que se mueve con los signos de los tiempos. En las altas magistraturas se huele que el peronismo tiene cada vez más complicadas sus chances de 2023, y los fallos comienzan a acomodarse a esa situación.

Escribir nuestra historia

En un libro de reciente aparición, “Contra el Homo Resignatus. Siete ensayos para reinventar la rebeldía política en un mundo invadido por el desencanto”, el sociólogo Lucas Rubinich hizo una aguda crítica al posibilismo del Frente de Todos, sosteniendo que “una forma sublimada en la que aparece la cultura predominante en quienes dicen confrontarla es la aceptación de una manera de pararse frente al mundo que se expresa en la frase de Margaret Thatcher no hay alternativa”. Rubinich señala también que un espacio de este tipo se ocupa de “militar e imponer el sentido común sobre el estado adverso de las relaciones de fuerza y los límites de lo posible”.

Efectivamente, y pasados ya dos años y medio del Gobierno del Frente de Todos, la respetuosa y conservadora administración de la herencia macrista por parte del Gobierno peronista, sin proponerse hacer ninguna transformación, ha dado lugar a la profundización de la gravísima crisis actual. Allí donde hacían falta medidas de fondo para atender la crisis social, han decidido seguir gobernando para los ricos. Ganaron los especuladores, los banqueros y los sojeros. Perdieron los trabajadores, los jóvenes precarizados, los jubilados. Desde nuestro punto de vista, era previsible: no había otra opción sin romper con el FMI y los intereses de los grandes capitalistas.

Hoy la situación ya es muy crítica, sobre todo para los sectores más precarizados de la clase trabajadora. El Frente de Todos se ha inscripto en la larga lista de gobiernos que nos condujeron a la situación actual profundizando el atraso, la dependencia y el empobrecimiento del país.

Por estas horas, se sienten distintas protestas en las calles. Desde los obreros de Bagley que tuvieron un primer triunfo en Córdoba contra los ataques flexibilizadores, a los del neumático que siguen de pie en un conflicto duro contra las patronales y el Gobierno. Desde las multitudes que se movilizaron en Jujuy contra el espionaje y la persecución de Gerardo Morales, a los movimientos sociales que pisan fuerte el centro porteño cada semana contra el hambre, la desocupación y precarización laboral. Desde los docentes que instalaron una carpa blanca para exigirle su continuidad laboral a Axel Kicillof, a los trabajadores aeronáuticos de GPS que se organizaron y votaron para defender su Comisión Interna contra los ataques de la burocracia sindical y la empresa.

Son ellos, ellas y muchos más. Es cierto que es apenas el comienzo ante una nueva fase de la crisis. Seguramente con los nuevos golpes veamos profundizarse y multiplicarse los procesos de lucha. Es necesario apoyar y ser parte de cada uno de ellos, como lo hace la izquierda que está siempre presente en cada pelea aportando a discutir las vías para su triunfo contra las patronales, el Estado y las burocracias, así como un programa para los reclamos por trabajo o salario, pero también exigiendo a las cúpulas sindicales un paro nacional y plan de lucha, en la perspectiva de la huelga general, por nuestras demandas inmediatas y para derrotar el plan de ajuste y entrega. Porque la lucha es del conjunto de la clase trabajadora y de los sectores oprimidos.

Pero ante el fracaso de todos los gobiernos y la profundidad de la crisis a la que nos han empujado un Gobierno tras otro, también, y sobre todo, es necesario plantear una salida de fondo para dar vuelta la historia. Ni la lapicera del Frente de Todos ni la del mercado, así como tampoco las derechas agazapadas de Javier Milei o Juntos por el Cambio que esperan para gobernar son una opción. Todos ellos nos condujeron al desastre actual y preparan aún más planes de ataque. Es necesario tomar el destino en nuestras manos, luchando y movilizando, pero también organizando al calor de cada pelea nuestra propia salida política, construyendo un gran partido socialista de la clase trabajadora, que pelee por la perspectiva de un Gobierno de los trabajadores donde la propiedad de las grandes industrias, el transporte, la energía y el conjunto de los medios de producción deje de ser privada y pase a ser pública y social. Con esos medios de producción dirigidos por sus trabajadores y trabajadoras, de manera democrática, coordinando y planificando la producción y el funcionamiento en función de las necesidades de las mayorías y no de los intereses de una minoría parasitaria. Por un Gobierno que inicie la transición al socialismo, una sociedad sin explotación ni opresión. Es un camino difícil, de lucha, pero el único realista ante la decadencia infinita a la que lleva el sistema capitalista.

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Fernando Scolnik

Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.

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