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HISTORIA DE LA CLASE OBRERA. Octubre de 1950: huelga de los mineros de Nueva Rosita, Coahuila. (Parte I)

El 16 de octubre de 1950 estalló la huelga de las minas de Nueva Rosita y Cloete en Coahuila contra la injerencia del gobierno en los asuntos sindicales.

Sábado 17 de octubre de 2015

Era mayo de 1950. Se realizaba la VI Convención Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SITMMSRM). La tensión estaba presente. Los trabajadores mineros sabían que el gobierno preparaba un nuevo “charrazo”.

Ya les había pasado a los trabajadores del ferrocarril y a los del petróleo. Era su turno. Hacía apenas dos años que los tres sindicatos más poderosos de la industria –ferrocarrilero, petrolero y minero– que aglutinaban a cerca de 200 mil obreros, habían acordado el Pacto de Solidaridad, Amistad y Ayuda Mutua para resistir los planes que el presidente Miguel Alemán (1946-1952) preparaba contra los trabajadores mexicanos.

Era la alianza de los trabajadores que se oponían a la CTM (Central de Trabajadores de México), sindicato controlado por los patrones y el Estado.
El gobierno mexicano que había ascendido en 1946 pretendía lograr un cuantioso nivel de desarrollo económico impulsando la industrialización del país. Para esto, requería de grandes flujos de capital privado (nacional y extranjero) y, por tanto, una fuerza de trabajo más dócil que no obstaculizara las ganancias capitalistas. Era la época de la “modernización”.

Por eso el 26 de octubre de 1948 el gobierno había aprehendido a los dirigentes ferrocarrileros Valentín Campa y Luis Gómez Z. –sostenedores del Pacto de Solidaridad, Amistad y Ayuda Mutua– e impone como dirigente a “El Charro” Jesús Díaz de León –de ahí el origen de la palabra charrismo–. Inmediatamente después la policía tomó por la fuerza todas las secciones del sindicato ferrocarrilero. El mensaje era claro: la autonomía sindical no tiene cabida en el proyecto de modernización económica.

Controlado el STFRM (Sindicato del Ferrocarril de la República Mexicana), los trabajadores mineros y petroleros convocan a un congreso para discutir la alianza. De ahí se crea la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM), el 22 de junio de 1949. Esta Unión levantaba la bandera del “internacionalismo proletario”.
Pero antes de finalizar el año, el gobierno lanza una ofensiva contra el sindicato petrolero usando los mismos métodos que contra los trabajadores del ferrocarril. Nuevamente se impone un incondicional de Alemán. Nuevamente, la democracia sindical es desgarrada.

Quedaba en pie ya solamente uno de los tres pilares del sindicalismo independiente. El gobierno preparaba el tercer charrazo. La dinámica de la VI Convención Nacional del Sindicato Minero no fue diferente a la de sus aliados del Pacto. Por medio de delegaciones espurias e impidiendo a las verdaderas secciones elegir, el gobierno logró controlar y amañar las votaciones. Jesús Carrasco, un hombre que ni siquiera había sido delegado al Congreso, se convirtió así en el nuevo dirigente.

Pero esta vez los trabajadores contraatacaron. A la convención controlada y espuria, los valientes mineros le opusieron una nueva convención en una fecha posterior donde asistieron más de las dos terceras partes de los 52 mil mineros y que fue apoyada por las bases de las secciones más importantes del sindicato, entre ellas la 14 y su fracción I, de Nueva Rosita y Cloete, y la 28 de Palau, ambas de Coahuila. Resultó electo Antonio García Moreno y desconocieron al gobiernista Jesús Carrasco. Los mineros dejaban así una importante lección: el charrismo sindical no es invencible.

La huelga

La patronal y el gobierno no podían permitir semejante ejemplo. Constantemente hostigaban a los mineros para que reconocieran a una dirección que ellos no habían votado. En Coahuila, el estado con más afiliados al sindicato minero, la Mexican Zinc Company y la Compañía Carbonífera de Sabinas, del monopolio American Smelting and Refining Company (ASARCO), en complicidad con la Secretaría de Trabajo, desatendían las demandas de la sección 14 por no reconocer a Carrasco como dirigente.

Las represalias frente a la insubordinación iban desde el desconocimiento de derechos sindicales hasta la suspensión del salario. Pero ante esto, los trabajadores de la sección 14 de Nueva Rosita lanzan un pliego de peticiones con emplazamiento a huelga, demandando les sean restituidos todos sus derechos y el cese de las represalias. La huelga estaba por estallar.

Poco les importó que la Junta de Conciliación y Arbitraje no haya tomado en cuenta su pliego, por no estar firmado por “el verdadero Comité Ejecutivo General reconocido por la Secretaría del Trabajo”. Tampoco les intimidó que el Ejército ocupara su local sindical. Mientras los soldados les apuntaban postrados en las azoteas, los casi seis mil mineros se reunieron en la plaza de Nueva Rosita para votar la huelga que iniciaría el 16 de octubre.

La mañana del 16 de octubre se presentaron a trabajar como cualquier otro día. La costumbre era iniciar las huelgas a las 10 de la mañana y dar un silbatazo para avisar a todos. También había silbatazos para indicar la hora de entrada y de salida y la hora para comer. La patronal puso seguridad para garantizar que ningún silbatazo se diera. Los trabajadores precavidamente cambiaron la hora del estallamiento de huelga a las 12 pm, que era la hora en que tenía que sonar el silbatazo para ir a comer, pero a las 12 tampoco sonó el silbato. Sin embargo, los trabajadores tomaron otra precaución: ese día cada quién llevaba su reloj.

Y entonces, con reloj en mano, los trabajadores salieron a la huelga.