Las nuevas formulaciones de lo políticamente correcto apuntan a que todas, todos, y todes debemos rechazar la violencia machista ¿pero cuánto hacemos en realidad para enfrentar dicha violencia?

Pamela Contreras Valparaíso, Chile
Miércoles 9 de septiembre de 2020
33 femicidios, 3 suicidios femicidas, 1 castigo femicida, en lo que va del año 2020, son la punta del Iceberg de una escalada de violencia que vivimos las mujeres a lo largo de nuestras vidas, de manera cotidiana y sistemática, en la esfera social, económica, política y cultural, avaladas, legitimadas y reproducidas por los estados capitalistas, sus instituciones y los medios de comunicación.
Según la última encuesta realizada por la Subsecretaría de Prevención del Delito los casos de violencia contra las mujeres en Chile, subieron en 13 regiones, pero menos del 30% de las víctimas denunciaron, esto debido a la vergüenza, frustración, miedo o desconfianza frente a la justicia institucional.
De las 7700 entrevistadas, mujeres mayores de 15 años, el 41,4% reconoció haber vivido situaciones de violencia en el transcurso de sus vidas. El 46,9% señaló haber experimentado violencia en un espacio público, a través de frases denigrantes u obscenas (acoso sexual).
La violencia machista se compone de una serie de conductas de hostigamiento naturalizados producto del dominio masculino sobre las mujeres y aceptadas por la sociedad, cada vez que una mujer es humillada, relegada, violada, golpeada o asesinada, millones de mujeres aprenden la lección, moldeando su subjetividad a la sumisión, disciplinando sus cuerpos, deseo y comportamientos.
A diferencia de otras formas de violencia social, ésta es estructural porque surge de las normas culturales y sociales que establecen cómo deben comportarse el colectivo de mujeres y la sanción (legitimada) para quienes que no se subordinan a los mandatos patriarcales.
Como movimiento de mujeres y feminista hemos logrado visibilizar la violencia femicida, generando un reconocimiento social frente a la violencia extrema, pero los golpes, violaciones, mutilaciones, asesinato son el último peldaño de una compleja estructura de violencias sistemáticas, muchas de ellas silenciadas e invisibilizadas.
Parte de esto, es la crisis en torno a los cuidados que existe en la sociedad, la alta impunidad en el no pago de la pensión de alimentos, generando una dura batalla que atraviesan cientos de familias monoparentales, donde las mujeres se hacen cargo exclusiva e integralmente de sus hijos, mientras los #PapitosCorazón no sienten ninguna responsabilidad en la crianza, para ellos y para el conjunto de la sociedad es rol de las mujeres.
"Los papitos corazón": una cultura que no cambia con castigos
Situación puesta sobre la mesa frente al debate del retiro del 10% de los fondos de las AFP, de acuerdo con datos entregados por la ministra Ana Gloria Chevesich (Corte Suprema), se recibieron un total de 516.777 escritos de retención de fondos, entre el 25 de julio y el 31 de agosto, y hasta este martes, el Poder Judicial informó que a raíz del proceso se retuvieron $308 mil millones a deudores de pensión alimenticia.
Mientras miles de mujeres se precarizan día a día para sacar adelante a “les hijes en común” ellos se desentienden, pero la responsabilidad no es exclusiva de la masculinidad tóxica que galantean los #PapitosCorazón, también son responsables las leyes y los tribunales que no reconocen el trabajo de cuidados y los cuales reproducen una y otras vez que este debe recaer en las mujeres.
Existe una deuda y esta es con las mujeres, porque cada vez que a ese niño, niña o adolescente no le faltó algo, fue porque esa mujer se pospuso y se hizo cargo sola de un deber que, sin duda, debe ser compartido, no es una responsabilidad solo de las madres individualmente. Porque si no combatimos la cultura de los papitos corazón, fallamos como sociedad.
Para avanzar en la erradicación de la violencia contra las mujeres, incluyendo la cultura de los papitos corazón, es necesario ir a su base, dado que el paradigma punitivo, es decir, del castigo no es eficaz para evitar y erradicar estas prácticas como lo ha demostrado hasta la actualidad dicho sistema, es necesario cambiar el enfoque, ha uno preventivo, considerando que los hombres machistas son hijos sanos de un sistema cultural y social misógino, por ello para enfrentarlos debemos cambiar radicalmente la sociedad.
Esta es parte de las tareas que tenemos pendientes, batallar por mayor autonomía de las mujeres y trazar el camino a una educación y crianza colectiva, es ahí cuando realmente podremos plantear que las vidas de las mujeres y niñes importan.