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Opinión. Resistencia y declinación: la crisis del peronismo y el doble juego kirchnerista

La agenda nacional aparece cruzada por la crisis social y el camino hacia 2023. Más allá de las tensiones y matices, las diversas alas del Frente de Todos despliegan su impotencia ante los problemas estructurales de la nación.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Viernes 1ro de julio de 2022 21:01

Conservador, neoliberal, progresista, de izquierda, católico y/o nacionalista, revolucionario. Todo y nada a la vez. Más allá de las críticas que le caben al postmarxismo de Laclau -que reniega de las determinaciones sociales del discurso- se puede coincidir en que Perón y peronismo son dos de los significantes vacíos más importantes en la tradición política criolla.

En esa amplitud semántica abrevó la literatura nacional. Imposible no remitirse al épico combate librado frente a la comisaría de Colonia Vela, narrado por Osvaldo Soriano en No habrá más penas ni olvidos. Una balacera permanente, donde los bandos contendientes disparan y mueren al mismo grito: ¡Viva Perón!

El significante debe volver a llenarse. Cruzado por la crisis nacional, el peronista Frente de Todos busca ordenarse mirando a 2023. El aniversario de muerte del líder fundador -que se cumplió este viernes- oficia de sede para los combates que se libran a tal fin. Como si fuera una batalla de gallos en diferido, presidente y vice darán curso a sus propios relatos con un día de diferencia.

Alberto Fernández camina el sendero de la supervivencia. Gestor ineficaz del Estado capitalista, aparece cuestionado, apretado y “vandorizado” desde todos lados. Su función es, cada vez más, oficiar de decorado en el camino de las elecciones de 2023. Alcanzar esa meta no parece fácil. Ni el mundo ni el país colaboran. La Argentina capitalista, atrasada y dependiente, segrega crisis por dónde se mire: dólar, inflación, importaciones, escasez de combustible y un larguísimo etcétera.

CFK intenta reasumir el rol de armadora el peronismo. Remake baqueteado de los tiempos en que “designó” a Alberto Fernández, apuesta a tender puentes con actores y poderes que suelen serle esquivos. Gobernadores, intendentes y burócratas sindicales escuchan una sinfonía construida especialmente para sus oídos: ataque a las organizaciones sociales; reuniones con funcionarios norteamericanos; largas charlas con la “intelectualidad orgánica” del gran empresariado.

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Albertismo o kirchnerismo, ni uno ni otro concitan entusiasmo popular. Las internas de Palacio son miradas con desinterés o distante malestar. “Representados” y “representantes” están separados por un abismo colmado de pobreza y precariedad de la vida.

Crisis y declinación

Hace una quincena, en el sitio La Tecla Ñ, el sociólogo y consultor Ricardo Rouvier reseñaba un lento “proceso de desperonización” oculto bajo la maraña de burocracias políticas, sociales y administrativas. El peronismo como aparato político de control velando la crisis del peronismo como identidad política.

Afirmaba, además, que “los rasgos que identifican a la Argentina moderna tuvieron su motor propulsor en el peronismo (…) pero su corpus dogmático quedó paralizado ante la irrupción de la IV revolución industrial, y la predominancia del individuo por encima de la sociedad”.

Hagamos un paréntesis. La primacía conceptual del individuo sobre la sociedad no ocurrió por puro devenir de la evolución tecnológica. El neoliberalismo y sus consecuencias fueron una construcción social y económica nacida de una derrota: la de la clase trabajadora en su intento de derribar al poder capitalista. En la posterior imposición del orden neoliberal, el peronismo jugó un rol nada despreciable: Menem lo hizo.

Volvamos al presente. Rouvier advierte contra el intento de atarse a un “pasado glorioso” que es “más cómodo que el porvenir”. Añade que “cuando el peronismo queda congelado en su mito fundante favorece a sus enemigos, para descongelarlo tiene que hacer un diagnóstico correcto de la etapa, para evitar los anacronismos de derecha o de izquierda".

Sin embargo, el peronismo habita una temporalidad discursiva anclada en los anacronismos. Construida a base de retazos de pasado, arbitrariamente cosidos, separados de contexto y lugar. Hasta cierto punto está obligado a hacerlo: su presente es el de la subordinación nacional a los mandatos del FMI; el de la continua y persistente primarización de la estructura económica nacional; el de la pobreza extendida y permanente en amplias franjas del territorio nacional.

Un presente que, para las grandes mayorías, es una temporalidad de desencanto y decepción; de promesas arrastradas por el barro. Como aquella de privilegiar jubilados sobre bancos. O esa otra, menos genérica, de recuperar el salario perdido en los años macristas. La declinación del peronismo, su crisis, es inescindible de este presente de frustración.

¿Futuro? Esa te la debo…

De proyectos fallidos

Hace casi cuatro décadas, Alejandro Horowicz escribió que “el peronismo no fue capaz de ganar la durísima batalla cultural requerida para iluminar un nuevo sueño colectivo y consecuentemente organizar una nueva clase dirigente. Ni siquiera lo intentó. Como si los argumentos para otro proyecto nacional fueran un tecnicismo soslayable, un adorno estéril, como si la pulseada por la construcción de la subjetividad no midiera la transformación molecular de la conciencia colectiva…” [1].

La pluma aguda del autor de Los cuatro peronismos dispara interrogantes. ¿Había un proyecto nacional “argumentable”? ¿Podía pulsearse la construcción de otro tipo de subjetividad?

En su origen -una vez más- el peronismo fue todo y nada: fracción militar que impuso orden en un país caotizado por la crisis del régimen fraudulento; expresión política de una burguesía mercadointernista que pugnaba su lugar en la escena; conquista de ciudadanía obrera a costa de resignar autonomía política; proyecto de conciliación de clases destinado a impedir un curso político independiente por parte de la clase trabajadora.

La década peronista no permitió superar el umbral del país atrasado y dependiente. Las estatizaciones y controles no implicaron una industrialización potente, capaz de otorgar cierta autonomía a la nación frente al poder imperialista. Esa subordinación tuvo su lado político. Frente a la brutalidad del Golpe Libertador, Perón eligió la rendición y la huida. La clase trabajadora resistió en soledad la represión de Aramburu, Rojas, la Rural y EE.UU.

El peronismo fue y es la administración del Estado capitalista realmente existente. Gestor de los negocios de una clase social que vive atada a los vaivenes del mundo. Neoliberal en los 90, “progresista” en los años 2000, hoy vive pendiente de un mundo en crisis, dónde a cualquier relato desarrollista le falta sustento material. ¿La salida? Petróleo, gas, litio y soja. Extractivismo y estancamiento.

Volvamos al pasado. El peronismo no podía alimentar una subjetividad distinta a aquella -extremadamente contradictoria- que produjo. Ganar el derecho a “hablarle de igual a igual al patrón” se logró al costo de bloquear el camino de una política independiente: poder social para negociar salarios a costa de sacrificar una política propia. Sindicatos y trabajadores como “columna vertebral” de un movimiento político con programa capitalista, en lugar de “cabeza y cerebro” de un programa y un partido propio, que pusiera en cuestión el orden capitalista.

Administrando la declinación

“Somos corderos vestidos de lobos feroces, no sé
Demasiadas poses sin fe, todo se descose, lo sé”.

El Frente de Todos fue garante de una salida ordenada al desgaste del macrismo. “Hay 2019” funcionó como lema de una política de desmovilización, que canalizara el descontento en las urnas. La demagogia de campaña resultó inescindible. Su estadía en el Gobierno mantiene un componente de esa función. Las organizaciones oficialistas de la llamada sociedad civil -sindicatos y movimientos sociales- son diques de contención para que la bronca popular no escale en las calles. Esa labor contribuye al aval relativo que el poder económico le otorga al peronismo gobernante: sostenerlo hasta que llegue una gestión más apta para aplicar su programa.

Dentro de la crisis del peronismo, el kirchnerismo administra la propia. Las bombas discursivas que caen sobre la gestión económica, el ministro Guzmán y el presidente tienen la marca de agua de la autopreservación. Salvar el capital propio a costa de hundir al Gobierno: oposición sin dejar de ser oficialismo. La tónica política la marca 2023. Las formas precisas que asuma el armado político son, por el momento, especulación. La apuesta estratégica pasa por salvar los propios trapos. Las vías tácticas se discuten a cielo abierto, ante los ojos del país politizado.

A esa construcción le sobra relato y le falta, una vez más, materialidad. El kirchnerismo es tan parte del ajuste como el conjunto del Frente de Todos. Lo saben, por ejemplo, las familias de Guernica que, a casi dos años de los gases y palos de Berni, siguen sin recibir el lote formalmente acordado con la Provincia de Buenos Aires y el ministro Larroque. Esa funcionalidad puede registrarse en otras instancias: palabras duras contra el FMI acompañadas por la inacción efectiva contra el acuerdo de ajuste; silencio notorio ante los intentos empresariales para imponer mayor flexibilización laboral; evidente negativa a movilizar ante las consecuencias sociales de la crisis. Héctor Daer no debió dudar al momento de hablar con la vicepresidenta: sabía que nadie iba a exigirle que la CGT convoque a luchar.

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La declinación del peronismo abre oportunidades para una política socialista revolucionaria. Crea puntos de apoyo para el despliegue de una perspectiva independiente para la clase obrera y el pueblo pobre. Una perspectiva que debería materializarse en un partido propio, que cuestione revolucionariamente la dominación capitalista sobre el país. Ese cuestionamiento es inseparable de la apuesta estratégica a la autoorganización de las mayorías populares en abierto combate contra todos los aparatos políticos de contención social; al desarrollo de organizaciones democráticas para la lucha, que liberen toda la energía de combate de les explotades y oprimides.

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[1Los cuatro peronismos. P. 318.

Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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