La elección de Daniel Scioli como continuador, el último acto de la restauración kirchnerista. El rol de Carlos Zannini, Cristina y la jefatura del peronismo. Randazzo, el candidato que no fue. Macri y las dudas de la polarización. Del “que se vayan todos” del 2001 a que vuelva Scioli.

Fernando Rosso @RossoFer
Jueves 18 de junio de 2015
La elección de Carlos “el Chino” Zannini como candidato a vicepresidente de Daniel Scioli por la coalición del Frente para la Victoria fue la coronación de la “larga marcha” de la resignación del kirchnerismo ante al gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Al cierre de esta edición de La Izquierda Diario, Florencio Randazzo, el candidato que hasta ayer iba a enfrentar a Scioli en la interna del FpV no había hecho declaraciones sobre cuál será su futuro político. Los trascendidos de la reunión que tuvo en la residencia de Olivos con Cristina Fernández en la tarde del miércoles, aseguraban que la presidenta le solicitó que bajara su candidatura y se postulase a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, acompañado por Eduardo “Wado” de Pedro, uno de los dirigentes más sciolistas de La Cámpora.
Pese a que la espera de sus declaraciones generó expectativas y mantiene en vilo al mundo político, la realidad es que más allá de la decisión que finalmente adopte Randazzo, su suerte está echada (ver "Randazzo: tampoco irá por la gobernación")
La ecuación es exactamente la inversa de la que busca presentar el oficialismo: la designación de Zannini confirma la sciolización del kirchnerismo y no al revés.
Los festejos de los referentes que hasta ayer nomás juraban que nunca jamás iban a respaldar al líder de la línea naranja porque era “el candidato de Clarín y de las corporaciones” (empezando por el mismo Randazzo), graficaban el patetismo decadente del llamado “progresismo” dentro de la coalición oficial.
Queda el interrogante en torno a cuál será el lugar que finalmente ocupe Cristina Fernández (y su hijo Máximo) en esta estrategia. Se hablaba de una posible candidatura en la lista de parlamentarios al Parlasur o como candidata a primera diputada nacional por la provincia de Buenos Aires.
Todos los movimientos del último tiempo, tanto en el terreno de la economía como de la política, presagiaban este final indigno. La apuesta por la devaluación y el ajuste recesivo llevada adelante con una intensidad mayor desde principios de 2014; la reconciliación con Bergoglio luego de su encumbramiento como Papa; la defensa de Cesar Milani al frente del Ejército o las recurrentes represiones de Sergio Berni y su Gendarmería; fueron algunos de los destacados giros a la derecha y hacia la moderación encarados por el kirchnerismo en el último tiempo. A Bergoglio y Milani, los complementa Scioli, formando la simbólica trilogía del amargo final de un intento de “peronismo de centroizquierda”, que actuó como desvío y restauración de la crisis abierta a principios de la década pasada.
También pueden agregarse a esta orientación del kirchnerismo “maduro”, el apoyo que Cristina viene otorgando a los gobernadores “feudales” del PJ como Juan Manuel Urtubey en Salta, el respaldo al peronismo chaqueño liderado por Jorge Capitanich o la reconciliación con Adolfo Bermejo, candidato sciolista que compite en las elecciones del próximo domingo en Mendoza. El espaldarazo al derrotado Miguel Pichetto en las elecciones de Río Negro también se enmarcó en esta estrategia de subordinación al más crudo pejotismo.
Rendido ante la realidad de Scioli como el candidato con más chances, un hecho político que no es “natural”, sino que fue trabajosamente construido por el propio kirchnerismo; la maniobra que algunos calificaron de “magistral” radica en aparentar que un eventual triunfo de Scioli se producirá porque “el candidato es el proyecto” y los votos también. Sin embargo, si esta fuera la verdad, el interrogante que hasta muchos kirchneristas reconocen es por qué el “proyecto” no pudo imponer un candidato propio con la suficiente fuerza para dar pelea en las elecciones.
Macri y la ¿polarización?
La movida del FpV se produce en un momento de la coyuntura electoral en el cual -luego de la caída de Sergio Massa-, el plan político de Macri atraviesa por una situación de incertidumbre y de cierta crisis.
Al fracaso en las elecciones de Santa Fe con un resultado que será muy difícil de revertir (fraude incluido), se suman las dudas sobre el destino del PRO en su centro de gravedad: la Ciudad de Buenos Aires, si Martin Lousteau llega a entrar en el balotaje. Además, en Córdoba las chances de la coalición del PRO y el radicalismo son escasas. Para la provincia de Buenos Aires, luego de la negativa a una alianza con Massa, Macri postula en su fórmula para la gobernación a María Eugenia Vidal y Cristian Ritondo, la vicejefa de Gobierno porteño y el presidente de la Legislatura… porteña.
Su incapacidad para romper el cerco del “municipalismo” y mostrar poder territorial, más allá de las figuras mediáticas que lleva como candidatos, ponen en cuestión el objetivo de presidir los destinos del país.
Este escenario abrió una ventana de oportunidad para el oficialismo, lo apresuró a buscar el triunfo en primera vuelta y derivó en la decisión final de encumbrar a Scioli como el continuador natural. Detrás suyo encolumnó a todo el oficialismo. Y... Randazzo decime que se siente.
La transición y la jefatura del peronismo
La transición política en curso se produce en un marco de cierta estabilidad económica que, por ahora, no desata una crisis catastrófica, aunque existe un claro agotamiento del esquema económico.
Esto genera la ilusión en el kirchnerismo de que manteniendo el poder en instituciones del Estado como en la Justicia, el Congreso Nacional y las legislaturas locales, está garantizado el “condicionamiento” total a Daniel Scioli y a su eventual acción de gobierno.
Muchos pretenden ver en la designación de Zannini como vicepresidente, una garantía de conducción de Cristina dentro del peronismo en general y del futuro gobierno en particular.
Toda la historia política nacional y la experiencia reciente confirman el rol decorativo que tienen los vicepresidentes en las verdaderas decisiones de la orientación gubernamental. Víctor Martínez, Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf, Carlos “Chacho” Álvarez, Daniel Scioli, Julio Cleto Cobos y Amado Boudou, son las pruebas recientes de esta realidad, desde la vuelta de la democracia hasta la actualidad. A esta característica propia del cargo, Zannini agrega una cualidad muy personal: ser un ilustre desconocido y no tener apoyo popular ni votos propios.
Sin en un contexto diferente y determinado por las condiciones sociales y políticas de un país en crisis, Néstor Kirchner no fue (y no podía ser) “el chirolita” de Duhalde, Scioli no será (y no puede ser) la marioneta de Cristina.
Con la misma convicción que puede afirmarse el rol inexistente de los vicepresidentes en el sistema presidencialista argentino, puede aseverarse que nunca existió una conducción bifronte dentro del movimiento fundado por Juan Domingo Perón. El “bonapartismo” está en su ADN y en su naturaleza. El que gana conduce y el que capitula y se subordina, con suerte, acompaña.
Contrariamente a lo que escriben incluso los analistas más superficiales de las corporaciones de medios opositores, el establishment y el conjunto del empresariado, ven con simpatía este “cambio justo” (Massa ay!) que puede representar Scioli y los “barones” del peronismo para garantizar la gobernabilidad y los negocios. Los escasos movimientos (aunque de cierta alarma) que tuvo la Bolsa frente al supuesto cimbronazo político que implicó la designación de Zannini, hablan de la conformidad de los dueños del país con la continuidad naranja.
Esa especie de “teoría del cerco” al revés, mala copia del engendro político que la izquierda peronista fabricó para justificar el giro a la derecha del tercer gobierno de Perón en los convulsivos años 70’, suena como una cómica parodia, aplicada al futuro del peronismo bajo la conducción de Scioli (y el aparato pejotista), si llega a la Casa Rosada.
La consecuencia estratégica y más importante de esta decisión de Cristina Fernández es la muy posible larga agonía futura del kirchnerismo como proyecto de corriente política de centroizquierda gravitante dentro del peronismo.
Más tarde o más temprano (y en esto jugará su rol la crisis económica), el kirchnerismo decidió transfigurarse en un avatar en el seno del peronismo, aunque mantenga grados de poder en los inicios.
Ese hombre
En diciembre del 2001, la juventud y los trabajadores salieron a la calle empujados por una crisis brutal y bajo el grito de guerra de “que se vayan todos”, en unas jornadas que dejaron siete muertos en los alrededores de Plaza de Mayo y más de treinta en todo el país. Esa crisis fue engendrada en los años menemistas y en su continuidad en el interregno de la Alianza.
Los mismos años en que los Kirchner acompañaron al “proyecto”, también engendraron a un hombre que supo mantener su fidelidad a los representantes del poder real y a los dueños de la Argentina como característica central de su vida política.
Doce años después, en tiempos en los cuales desde el punto de vista burgués se impone un ajuste que el gobierno ya comenzó, el kirchnerismo propone que ese hombre presida los destinos del país. Esa es la única verdad y por lo tanto también la única realidad. Todo lo demás es un cuento chino.

Fernando Rosso
Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.