×
×
Red Internacional
lid bot

Tribuna Abierta. Ser mujer, joven y árabe en Europa

Mi experiencia como mujer, joven y árabe en Europa. La lucha contra el racismo y la islamofobia es una lucha de todas.

Soumaya Zenjli Barcelona

Miércoles 19 de octubre de 2016

Era 2006, un 12 de septiembre. Para la mayoría de personas, fue un día normal. No para mi, claramente. Era una nueva etapa de mi vida: iba a empezar el instituto, hacer nuevos amigos, empezar a gustarme nuevas cosas y formar parte de los "mayores" o estar en la edad del pavo. 

Recuerdo que me levanté mil veces aquella noche. Estaba nerviosa e impaciente. ¿Qué iba a encontrarme? ¿Haría muchos amigos? ¿Qué pensarían las personas de mi? Una infinidad de preguntas me atormentaban. 

Me levanté a las 6:30 de la mañana, me duché, me vestí y desayuné como cada día antes de ir a clases. Pero aquel día iba a ser diferente; era la primera vez que mi madre me echó una mano para vestirme, no tenía ni idea de cómo ponerme el hijab. Ella me eligió un velo de un color azul turquesa, iba a juego con mi camisa de seda. Me miré en el espejo, y no parecía yo, veía una pequeña mujer reflejada. Me sonreí a mi misma y mi madre me miró preocupada. Me decía que hacía mucho calor, que me lo pensara, que estaba a tiempo pero en realidad todo aquello no me importaba. Iba a ser la primera vez que iría a un lugar con esa prenda.

En realidad era un complemento más en mi parecer pero que a la vez cumplía un símbolo que marcaba mis creencias, mi origen y mi persona. Me sentía irremediablemente nerviosa, pero era algo que me hacía enormemente ilusión. Era decisión mía el llevar el hijab, cuando en realidad mi madre estaba en contra de aquello. Era demasiado joven, me repetía. No le hice caso, era mi deseo.

No me tomó ni 10 minutos llegar al instituto pero ya en la entrada, empezaba a sentirme incómoda. Joder, ¿porqué me miraban de esa manera? ¿Acaso tenía algo en la cara? ¿De verdad no les gustaba cómo iba vestida? No paraba de mirar a los lados, los ojos no paraban de fijarse en mi y no podía evitar bajar la mirada; intimidada o miedosa. No lo sé. Era alguien realmente introvertida por aquel entonces.

El día no acabó ahí; mis compañeros no solamente me miraban como si hubieran visto un ovni aterrizar en mitad del aula, sino que me hostigaban con sus preguntas y comentarios de mal gusto. No acabó ahí su falta de tacto, irrespetuosidad o educación; escuché sin querer entre tanto cuchicheo que llevaba aquel pañuelo por estar calva o seguramente tenía piojos. 

Recuerdo que aquel día sentí un vacío enorme en mi interior, cuánto lloré al llegar a casa y como mi madre no entendía nada de lo que estaba pasando. No cabía en mi el desconcierto de cómo podría ser tratada de manera diferente, mejor dicho de manera despectiva, por ser yo misma. Así que decidí callarme y simplemente me encerré en mi misma. 

Transcurrieron los días y las cosas no fueron a mejor sino que fueron cambiaron cada vez a peor. Me hacían el vacío, no conseguía tener amigos, no hablaba con nadie y no entendía exactamente el por qué. Tenía tan sólo 12 años, ¿cómo podía ser tan diferente al resto por un trozo de tela cubriendo mis cabellos? ¿Acaso no pensaba igual que una niña de mi edad? ¿Acaso no deseaba ser yo misma? ¿Salir con mis amigos? ¿Querer cumplir mis sueños? ¿No era igual que ellos sólo por eso? No podía creerlo.

Un día de muchos, entré en el baño de chicas, allí me encontré con una chica unos pocos años mayor que yo, llorando. Me acerqué a ella ofreciéndole un clinex y una sonrisa alentadora. Recuerdo con claridad aquella sonrisa de vuelta que me dio y un "no me pasa nada, pero gracias" de su parte. Fue la primera vez que en aquel centro que me sentí de ayuda de alguien, una persona igual, sin esas miradas acusadoras y esos gestos extraños. Después de ver que aquella chica se calmaba con los minutos, me despedí y me fui del lugar. 

Busqué el banco de detrás de clases y me senté en el suelo donde mayormente me quedaba hasta que pasara el descanso del patio. Sola y sin mucho que hacer. Me sorprendí cuando apareció aquella misma chica que poco antes vi llorando frente a mi. Se acercó y se sentó a uno de los lados de aquel banco. Vi con claridad aquella sonrisa y una amabilidad que pocas veces en mi vida había vivido. De repente, me entregó una bolsa de palomita sobre mi regazo y me agradeció que me preocupara por ella. Hacía rato que ella se había ido, y yo seguía paralizada, desconcertada y sin saber bien a qué venía aquello. El mundo no era tan malo al fin y al cabo. 

Los meses transcurrieron, las cosas siguieron igual o peor, y tras muchas conversaciones con mi tutora, mi madre y yo, acabamos decidiendo que la mejor idea era quitárme el hijab por el momento. Sí, simplemente me rendí, no estaba preparada para pasar los siguientes años de instituto sola, de tener que aguantar aquellas palabras desagradables, aquellos actos de desprecio y aquella ignorancia por parte de todos. ¿Qué débiles somos verdad? Preferimos dejar un parte de nosotros que dejar de estar solos. Sin pensar que es mejor estar rodeada de soledad que de gente superficial. 

Me lo quité el 25 de marzo de aquel mismo año. Me levanté al día siguiente después de tomar la decisión, pero después de mucho tiempo estaba dejando en el cajón de mi armario aquellas telas finas y coloridas que con tanta ilusión compré en el mercado Tanger. Estaba dejando algo de mi, algo valioso y mi libertad de llevarla. ¿Pero qué más podía hacer? No era un persona caracterizada por mi fortaleza y valentía.

Llegué aquella mañana al instituto, mil veces más nerviosa que el primer día de clases. Tenía una melena larga que rozaba la parte baja de mi espalda, era ondulada y oscura como la de mi madre. ¿No os podéis imaginar que pasó? Aquellas miradas sobre mi desaparecieron, aquellos cuchicheos en mi espalda o aquellas "bromas" por parte de mis compañeros fueron inexistentes aquel día y el resto de mi estancia en aquel centro. Sorprendentemente empecé a formar parte de ellos, de ser "aceptada", de tener amigos, de ser una adolescente más, pero era un espejismo, no me daba cuenta que empecé a formar parte de una sociedad llena de hipocresía.

Pero ahora, ¿soy más libre que una persona que lleva el hijab? No, no tengo trabajo por mi origen árabe, y por ser mujer, joven, aunque sepa cinco idiomas. No soy libre porque sufro las condiciones de precariedad de la mayoría de la juventud de todo el Estado español. Y mucho más por ser mujer árabe.

El racismo y la islamofobia busca dividirnos, a las nativas de las inmigrantes, las latinas y árabes, de las españolas y catalanes. Y esto le viene muy bien a los capitalistas, tenernos divididas, segregadas. Por eso, tenemos que luchar juntas contra el racismo y la islamofobia, para ser fuertes para la lucha contra el sistema patriarcal y capitalista.