Una filmina de Medicina Legal de la UBA que destila homofobia. Reflexiones para superar estos atrasos.

Pablo Minini @MininiPablo
Domingo 25 de febrero de 2018 13:09

El jueves pasado, 15 de febrero, en la Facultad de Medicina de la UBA, durante una cursada de Medicina Legal, la docente mostró una serie de diapositivas de las cuales una logró salir del claustro universitario y llegó a las redes sociales. Esa diapositiva hablaba del supuesto (por los autores) delito homosexual. El repudio no se hizo esperar y, aunque finalmente la docente fue separada de sus funciones, el problema continúa. Porque no se trata de una sola docente, sino de una lógica de formación de futuros profesionales de la salud diagramada por profesionales que actualmente ejercen la medicina.
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La filmina, que podemos ver en esta nota, dice: “puede ser por”. Esa locución adverbial falta de cualquier rigor científico (puede, pero puede que no, tal vez, quizá), es el primer problema. Y sólo empeora.
Repaso: la filmina habla de un supuesto delito homosexual como categoría que lo vincula con homicidios, con estafa, con chantaje. Habla de “homicidios pasionales”, categoría ya discutida ampliamente, de los celos homosexuales que, al parecer, son más sangrientos que los de los heterosexuales. Habla de los homosexuales psicópatas que delinquen por satisfacción sexual, vinculando la elección sexual a la categoría ya bastante debatida de perversión.
Primer punto: el reduccionismo. Se entiende que un hecho que tiene determinantes históricos y sociales como son los homicidios y los delitos tiene una explicación únicamente basada en las características de un individuo. Más precisamente es un reduccionismo explicativo: se comprende un acto por una sola de sus variables. Tal vez, la menos incidente en el hecho. Para que se entienda: en esta categorización podría haber homicidios concretados por altos, por bajos, rubios, por diestros, y cada uno sería una categoría. Un despropósito al que le falta la más mínima base científica.
Segundo punto, el más polémico: vincular homosexualidad con delito no tiene ningún fundamento sanitario, ni preventivo ni terapéutico. Sólo el prejuicio puede hacer suponer que un homosexual cometerá un delito. Y a menos que se intente una terapia de conversión (algo a lo que aún no se ha llegado en nuestro ámbito, pero que existe en países como Estados Unidos) no existe ningún objetivo sanitario, sino solo patologizar la vida cotidiana para luego vender tratamientos y fármacos.
Tercer punto: esas categorías son ilegales. Hablan burdamente de psicopatía y latencia, entrando de lleno en el campo de la salud mental. Y la vigente Ley Nacional de Salud Mental prohíbe expresamente diagnosticar o llevar adelante tratamientos en base a la elección o identidad sexual, así como tampoco por la no adecuación del paciente a los valores morales o religiosos (art. 3, incisos b y c).
Con respecto a estos dos últimos puntos, la medicina, la psiquiatría y cierta psicología se apoyan en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), donde encontramos, no curiosamente, que para la psiquiatría estadounidense existen diagnósticos tales como excitación sexual en la mujer (no en el hombre), fetichismo trasvestista y trastorno de identidad sexual, entre otros. La operación es sencilla: a las manifestaciones de la sexualidad humana, a la identidad sexual, se la patologiza desde una mirada normalizadora claramente machista y biologicista (el género es identificado a los caracteres sexuales primarios). Todos los que estén por fuera de la norma son considerados desviados y, por lo tanto, por fuera de un uso ordenado de su cuerpo y pasibles de ser considerados enfermos. La oferta de las empresas médicas, entonces, se vuelve amplia: desde intervenciones quirúrgicas hasta medicamentos. Oferta amplia y costosa.
Nota de color, aunque no tanto: cierto neurólogo, empresario local de salud y candidato macrista que se pretende a sí mismo divulgador de neurociencias, todo en uno, opina que el amor o el interés sexual están vinculados a los fines reproductivos en tanto objetivo biológico. Esta afirmación es escrita sin citar ninguna investigación (Diario Popular, edición del 11 de diciembre de 2016). En tanto columna de opinión firmada por un médico que alcanzó cierto prestigio y dirige centros de investigación, educación y carísimos tratamientos (ya sabrán que hablamos de Facundo Manes) es una brutalidad que tiene consecuencias nefastas directas en el abordaje de pacientes, porque deja por fuera cualquier tipo de análisis histórico del desarrollo de las relaciones sociales y condena a la anormalidad cualquier tipo de vinculación sexual que no tenga fines reproductivos.
Entonces uno de los fundamentos de esta enseñanza aberrante está en el negocio de empresas de salud y de laboratorios. Pero hay aún una pata más a considerar.
Un poco de historia
Los hospitales nacieron como lugares donde no se curaba, sino que se aislaba a las personas enfermas por temor al contagio. La lógica era aislar lo enfermo para preservar lo sano. No había un fin curativo en ese aislamiento, sino sólo de higiene social. En este comienzo los hospitales estaban regidos por miembros de la Iglesia. Aun hoy es posible ver capillas y monjas en los hospitales como un resabio de esos tiempos oscuros. También es posible ver los centros de Teresa de Calcuta: morideros infames donde los pobres van a sufrir para mayor gloria de un dios. La atención médica brilla por su ausencia.
Más tarde cuando los hospitales fueron tomados por el poder médico, como centros de investigación primero y luego como posibles lugares de tratamiento y curación. Esto, en sí, representó un claro avance histórico, que desplazaba al oscurantismo del tratamiento de los cuerpos. Ahora bien, ¿de qué hablan los docentes de Medicina Legal cuando ven en la homosexualidad una categoría “más sangrienta” que la heterosexualidad? Ven un desorden, una falta a la voluntad divina: brutalidad, perversión, homicidio. Casi parece una materia dictada por San Agustín, para quien las almas torcidas y malignas impiden tener un dominio ordenado del propio cuerpo. Claro es que Agustín de Hipona vivió en el siglo III y ya estamos en el siglo XXI. La Iglesia se ha encargado de meterse tanto en la vida cotidiana de las sociedades que si no nos detenemos a pensar, el sentido común patriarcal y medieval avanza sin problemas.
¿Hacia dónde apuntamos? No podemos permitir que la formación de futuros profesionales de la salud continúe mucho más tiempo sin democratizar la discusión sobre sus contenidos. No podemos permitir que por prejuicios machistas y homofóbicos se replique una ideología de opresión sobre la libertad de millones de personas a usar y disponer de su cuerpo, su vida, su tiempo. No podemos, tampoco, permitir que esta ideología servil a la clase dominante ponga freno al cuidado de la salud de las personas (Dios está arriba, Dios ordena el mundo, el mundo es y será así: suena mucho a lo que los empresarios y magnates quieren hacer creer de sí mismos). No es posible tolerar que la ciencia y la medicina nutrida de esa ciencia sigan puestas al servicio de la opresión de clase.
Son imprescindibles las asambleas de toda la comunidad educativa (docentes, no docentes, estudiantes) junto con asambleas de trabajadores de salud, profesionales y no profesionales. Es imprescindible superar esta antigua división que solo sirve a los fines de los empresarios de la salud: división entre estudiantes y docentes, entre profesionales y no profesionales, entre trabajadores de salud y comunidad. Está a la orden del día discutir el contenido y los objetivos de los planes de estudio y formación de los futuros trabajadores de la salud, así como en lo inmediato organizarnos para enfrentar y acabar con la precarización laboral del sector. Organización de todos los involucrados para enfrentar planes de estudio arcaicos y el intento privatizador del sistema público de salud que significa la Cobertura Universal.
La unidad de todos los sectores involucrados en la salud del pueblo trabajador, en lucha contra los empresarios y laboratorios que lucran con la salud, puede ser un primer motor para poner la formación a tono con el tiempo y las exigencias históricas actuales.