Después de declaraciones homofóbicas y de alentar la injerencia de la Iglesia católica en la vida pública, ahora el Papa apunta contra las mujeres.

Celeste Murillo @rompe_teclas
Jueves 16 de abril de 2015
Imagen: Reuters
No contento con alentar la abolición de la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo en Francia y demorar el nombramiento del embajador de ese país, el Vaticano vuelve a mostrar la hilacha medieval y ahora critica la igualdad de las mujeres.
Esta no es la primera vez que el Papa critica las demandas de igualdad o, como le gusta a decir al Vaticano, la “teoría de género”. A comienzos de 2015, Francisco habló con los periodistas a bordo del avión papal y comparó a la “teoría de género” con el fascismo.
Para la Iglesia, en esta teoría se enmarcan las ideas que cuestionan el lugar “natural” de la mujer en la familia, la heteronormatividad reproductiva, y otras premisas tan caras a la institución, o las políticas que impulsan el uso de métodos anticonceptivos.
En su audiencia pública del 15 de abril, el Papa volvió a hablar sobre el tema. “Me pregunto, por ejemplo, si la llamada teoría del genero no será expresión de una frustración o de una resignación que lleva a eliminar la diferencia sexual porque no sabe medirse con ella”. Este es el mensaje que tiene la Iglesia para todas las personas que exigen ser tratadas como iguales sin importar su género, su identidad o su sexualidad. No es muy difícil ver la costra medieval que recubre el bocadillo papal.
Según el Papa, “la diferencia entre ellos (hombre y mujer) no es para competir o para dominar, sino para que se dé esa reciprocidad necesaria para la comunión y para la generación, a imagen y semejanza de Dios”.
Cualquier crítica a esa “comunión y generación” es interpretada por la Iglesia como un obstáculo al plan de Dios. Así lo expresó el Papa cuando era cardenal en Argentina y encabezó la reacción contra la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios” (carta completa). Y a pesar del tan anunciado Sínodo de la Familia, sigue el apartheid para los homosexuales.
Las declaraciones del Papa no son ingenuas y no son dichas al pasar, son parte de la doctrina de la Iglesia. Por eso es fácil encontrar una, dos, tres declaraciones similares cada semana que cimentan los prejuicios que alienta cotidianamente la Iglesia. También confirma las críticas de quienes veían en la “renovación” que llevaba Bergoglio al Vaticano solamente una mueca para mantener inmaculada la doctrina de la Iglesia católica.
El mensaje del Papa es claro: son bienvenidas siempre cuando respeten su lugar y no cuestionen ninguno de los prejuicios que alimentan su sometimiento y discriminación: “esta complementariedad está basada la unión matrimonial y familiar para toda la vida, sostenida por la gracia de Dios”. No existe otro lugar para las mujeres que no sean el matrimonio, la maternidad o la familia, para toda la vida. Ya no se trata de la heteronormatividad, los estereotipos, la maternidad obligatoria o la monogamia, ¿no es legítimo siquiera exigir igualdad? ¿Qué año es este? ¿1630? ¿Qué sigue? ¿Cuestionar el sufragio femenino o el trabajo fuera del hogar?
Es la política, Francisco
En Argentina, la Iglesia Católica todavía debe dar explicaciones sobre su colaboración con la última dictadura militar, como denuncian familiares y organismos de DDHH. Fue clave en la modificación del Código Civil, que nos lleva de regreso a los tiempos previos a Vélez Sarsfield y sanciona que “la existencia de la persona humana comienza con la concepción”. Es la misma institución que prohíbe el uso de anticonceptivos, bloquea la distribución de preservativos e impone la educación religiosa en las escuelas públicas de provincias gobernadas por el kirchnerismo, como Salta.
Antes de que cunda el nerviosismo en las filas del papismo nacional e internacional, cabe aclarar que nadie espera declaraciones progresistas de una institución como la Iglesia Católica. “Es el Papa, ¿qué esperaban? ¿Por qué se meten?”, preguntan. Porque cuando la Iglesia se mete en la vida de las personas, exige voz y voto en la modificación de códigos y leyes e impone sus dictados, ya no es un tema de religión o de creencias, es un problema político.
Los pactos con el oficialismo se cumplen a rajatablas de parte del kirchnerismo, se han bloqueado todas las iniciativas para abrir el debate sobre el derecho aborto (que es apoyado por la mayoría de la población), se mantienen las leyes que permiten el financiamiento de la Iglesia con fondos públicos (vigentes desde la dictadura militar), y se han escondido las viejas rencillas con Bergoglio (enemigo del gobierno hasta el día previo a su nombramiento). A cambio, el gobierno de Cristina Fernández espera recibir su apoyo en la nueva visita que realizará al Vaticano a comienzos de junio, en medio de la campaña electoral.
El oficialismo comulga con el Papa, la oposición de derecha comparte o se llama a silencio. La única voz que se ha levantado contra el oscurantismo y la injerencia de la Iglesia es la del Frente de Izquierda que en las calles, el Congreso Nacional, las legislaturas locales y la campaña electoral, plantea claramente la separación de la Iglesia del Estado, educación sexual y reproductiva, el derecho al aborto legal seguro y gratuito, igual salario a igual trabajo. Eso que la Iglesia llama “teoría de género” son derechos elementales, hoy negados a la mitad de la población.

Celeste Murillo
Columnista de cultura y géneros en el programa de radio El Círculo Rojo.