En todo el mundo, las mujeres están más expuestas a las consecuencias de la crisis sanitaria. En el sector de la salud, donde son mayoría, está muy claro. Panorama internacional de los reclamos y la solidaridad que tejen, desde abajo, las trabajadoras del sector.
En todo el mundo, las mujeres están más expuestas a las consecuencias de la crisis sanitaria.
El trabajo no pago; los mayores índices de pobreza, la desocupación, la mayor precarización laboral y los trabajos históricamente feminizados (salud, educación, el trabajo en casas particulares), son muestra de ello.
En el sector de la salud esto es muy claro. Médicas, asistentes, enfermeras, cocineras, trabajadoras de limpieza, sostienen diariamente los hospitales de todo el mundo.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), representan el 74% de los trabajadores del sector a nivel global. En el Argentina la proporción es parecida; 71 % son mujeres. Pero si sólo se observa enfermería, el porcentaje es mayor: el 85% son mujeres, casi 193.000 personas según los últimos datos oficiales (2016).
Hoy todas ellas están en el centro de la escena: son las esenciales, las invisibles, las que mantienen los hospitales funcionando 24h al día, con mucho esfuerzo.
Lo venimos mostrando desde La Izquierda Diario, con móviles en vivo, denuncias que nos han hecho llegar desde el Hospital Garrahan, donde son las trabajadoras, denuncian los contagios, se organizan y ponen en pie Comisiones de Seguridad; desde el Hospital Durand, el Rivadavia, desde el Hospital Pirovano y el Hospital de Niños de La Plata, donde además las trabajadoras denuncian que hay persecución por haber hecho público que faltan insumos. Lo vemos en las coberturas provinciales, que está llenas de ejemplos similares.
Pero las contradicciones de este sistema, basado en la ganancia de los empresarios, están crujiendo en todo el planeta. Y así como quedan al descubierto décadas de políticas de vaciamiento, de presupuestos congelados y de una descentralización brutal del sistema sanitario, por parte de los gobiernos de todo el mundo, también comienza a quedar al descubierto que la rebeldía y la bronca ante tanta desigualdad, traspasa las fronteras.
El grito de “nuestras vidas también son esenciales”, que se escucha en las huelgas estadounidenses, para denunciar la situación de los hospitales, la discriminación hacia los inmigrantes afroamericanos y latinos, y las propias condiciones de trabajo, son muestra de ello.
Y lo son también las protestas de las trabajadoras de la salud de Italia, que también fueron al paro por insumos para trabajar.
Y las acciones se repiten en otros lugares del planeta, como en el Reino Unido, Grecia, Francia, en Pakistán, Nigeria, Zimbawue, en Sudáfrica.
Y de este lado del mundo también lo vemos. En Perú, las enfermeras denunciaron censura para declarar a la prensa sobre la precariedad del sector; en Honduras están haciendo manifestaciones para exigir más personal y kits de bioseguridad; en México, salen a la calle y trabajan bajo protesta, porque no tienen insumos, medicamentos ni equipos de protección. En Chile, Colombia, Brasil, los reclamos son parecidos.
Y como era de esperar, también son parecidas las respuestas de las centrales sindicales: hacer la vista gorda, mientras los trabajadores de la salud son de los más expuestos. En Argentina y en España, más del 14% del personal de salud se contagió
“Estamos luchando por nuestras vidas, lo que significa que necesitamos transformar fundamentalmente el sistema de atención médica, sacarlo de los intereses de los jefes, básicamente capitalistas, farmacéuticos, compañías de seguros, corporaciones hospitalarias”, dice una enfermera desde Estados Unidos, el epicentro al que hoy se trasladó la pandemia, en una de las notas que publicamos en La Izquierda Diario.
De este lado del mundo, lo vimos también por este medio, las trabajadoras y trabajadores de la ex Donnelley, hoy bajo gestión obrera, cuentan que reconvirtieron su producción para hacer alcohol en gel y mascarillas para los hospitales, que ya están entregando al personal de salud, que se organiza de manera independiente para reclamar sus derechos. Y lo mismo hacen las trabajadoras de la cooperativa neuquina, que hoy cosen barbijos, del mismo modo que cosen alianzas con los y las de su clase.
La solidaridad, se ve, se siente, se percibe y se teje desde abajo, y en tiempos de pandemia, también se comunica por las redes.
En homenaje a esas mujeres y a todos los trabajadores y trabajadoras que son esenciales e invisibles, nos sumamos a ese aplauso de un hospital español, que expresa ese reconocimiento, esa solidaridad de clase, esa prometedora y potente alianza capaz de quebrar el silencio, porque ni ellas son héroes, ni el silencio es salud.