Para Tom Máscolo, pibe trans, candidato a legislador porteño por el PTS en el Frente de Izquierda Unidad, no es suficiente con enunciar la propia orientación sexual: en estas elecciones lo que lo representa va más allá de la identidad, se trata de qué proyecto político representa, defiende cada uno. Su historia de vida y lucha emana las razones que lo empujaron a integrar las listas del FIT-Unidad.
Luján Calderaro Trabajadora Social - Becaria UBA | @tete_calderaro
Jueves 18 de julio de 2019 00:00
Una llamada interrumpe la entrevista. Alguien necesitaba charlar con el sobre la entrevista que le hará al día siguiente a Laura Azcurra de Actrices Argentinas. De pibe nunca imaginó que se convertiría en periodista. Hoy, y desde el 2014, abraza el oficio, lo mastica desde una perspectiva militante y lo amasa para convertir a La Izquierda Diario en la voz de millones. Justo a tiempo se dio cuenta que la abogacía no era lo suyo.
Hoy, además de su labor de periodista lo define su militancia firme en el movimiento LGTBI. Se define como un “chico, trans, puto, trosco, curioso”. Y cada vez que tiene a alguien enfrente, le gusta dejarlo tecleando.
Empezó a militar en el PTS a los 19 años, su primera marcha fue el 8 de marzo en el Día Internacional de la Mujer junto a la agrupación de mujeres Pan y Rosas que fue fundada por Andrea D’Atri y es de carácter internacional.
Tom es candidato a legislador porteño junto a Myriam Bregman y Nicolás del Caño. Sí...Nico del Caño, Nico del Caño aledaño, Nico del Caño aledaño subiendo un peldaño…el hitazo del año.
El género anfibio
Todo tal vez empezó -o al menos, así le sugieren sus recuerdos-, cuando de niño le decía a su abuelo “quiero ser tanguero”, y entonces el lo peinaba. También lo llevaba a pescar, quizás fue él, su abuelo, el primero en conocer a ese Tom que el mundo conocería años después. Y así, entre bodegones y whisky, juegos de billar y bares, se sentía un galán cuando le pedían que cante Cafetín de Buenos Aires. “De chiquilín te miraba de afuera”, me tararea.
Llegamos a los años ’90. Los laburos escaseaban y su madre biológica tuvo que rastrearlos de barrio en barrio. Mientras Tom, yiraba y yiraba de colegio en colegio, por seis en total. En la última escuela a la que asistió, a los pibes les daban clases de mecánica y a las pibas de corte y confección. No se adaptó mucho.
Tom tiene 19 años. Camina por las calles rosarinas, de la mano con otra piba. Pasa un colectivo. La mirada de todos los usuarios y todas las usuarias del transporte gira 180 grados. Descubre otro tipo de sexualidad, que todo el cuerpo es erógeno, que los tabúes no sirven más que para oprimir a los jóvenes (y también a los adultos). Atraviesa su primer aborto, y se lee de un tirón el libro Pan y Rosas.
Sí, identidad rebelde.
Pero tampoco le convenció ser otro tipo de mujer, quería ser un pibe. Piba o pibe siempre rebelde nunca inrebelde.
Una amiga le habló de la teoría queer y llegó a sus manos un libro escrito por un “tipo trans”: “Ey, yo soy esto”. La frase resumía el final -o tal vez el comienzo- de la búsqueda de saber quién quería ser. La ecuación vagina=mujer, ya no tenía ningún sentido. En ese tiempo, comenzó su amistad con el filósofo Blas Radi, con quien hoy cursa en la Cátedra Trans en Puan y también comenzó a leer textos de Mauro Cabral.
Las “estrategias que uno teje”. Entre la precarización y la doble identidad
Antes de que se conquistara la Ley de Identidad sexual, Tom ya había decidido ser Tom, y había dejado atrás el nombre que lo identificaba como mujer. Pero el presente macabro repite el pasado. Año 2011, Tom empieza a trabajar como cadete. Pero no puede ser él libremente. Para los ojos y oídos de compañeros y jefes, él era ella. De vez en cuando se animaba a ponerse ropa asociada al “estilo varonil” y la gente lo miraba extraño. Usaba vendas para las tetas.
Las vidas de quienes rompen con la heteronorma, de la diversidad sexual, son todo, menos una historia color de rosa. Al principio, simulaba una voz más grave, lo hacía para sobrevivir en un mundo hostil, donde la heteronorma se impone y pesa, pesa mucho. Los golpes del odio homofóbico, recibidos en carne propia, intentaron acallar su grito de rebeldía.
Allá por el 2014 , llegó a la city porteña. Recorrió call centers siendo lesbiana y siendo Tom. La doble identidad como escudo en una ciudad que se dice “gay friendly”. A los 3 meses terminaba el periodo de prueba y lo echaban. Los insultos vomitados sobre su orientación sexual lo hartaron.
Y así, laburó de bachero en Don Julio, la parrilla que hace unas semanas apareció en los grandes diarios por encontrarse entre los 50 mejores restaurantes del mundo. La “meca del asado” le dicen. Los vinos de la carta llegan a los 100.000 pesos. Ningún pibe como Tom, como la mayoría de la juventud, podría pisar un lugar así, si no fuera con el único objetivo de lustrar sillas de cuero con un cepillo de dientes. El secreto mejor guardado de Don Julio tal vez sea, el pago de salarios en negro. Pero Tom se la bancaba, porque para poder ser Tom no le quedaba otra opción.
Frente a tanta violencia, era necesario anteponer una defensa, fue así como comenzó a práctica boxeo. Podría haberse conformado con esta "salida" individual, pero no. Sentía, en lo más hondo, que en su lucha se enroscaban las de otros y otras en una genealogía de resistencias y peleas infinitas, con Stonewall como ejemplo de una radicalidad rebelde: la liberación tenía que ser para él, y para todo el mundo y por eso la salida tenía que ser colectiva. Ser parte del PTS, es eso, es construir una herramienta política que pelea por liberar al mundo de todo tipo de opresión y explotación.
Aborto legal en el hospital...también para pibes trans
Tom tenía 19 años cuando se realizó su primer aborto. El horror de la clandestinidad se tradujo en un quiebre en su vida: empezó a activarla, el aborto tenía que ser libre, seguro, legal y gratuito. Sus primeros pasos en la militancia feminista fueron en los Encuentros Nacionales de mujeres.
El peso de la clandestinidad puede aplastar. No fue el caso de Tom. Como un pulpo estiró sus mil brazos para llegar a cada rincón con otra voz, su voz. Y alcanzó las aulas del Acosta, del Faderr, en Berisso, Lugano. Las realidades y la juventud eran diversas. Pero algo en común resaltaba: los pibes y las pibas no tenían educación sexual porque no hay aulas, no hay tiza para el pizarrón. Los pibes y las pibas se organizan en sus centros de estudiantes para que la Ley de Educación Sexual se aplique en las escuelas. La pelea por educación sexual como algo educativo, algo estructural.
La identidad como piso
Cuando empezó a militar en la juventud trabajadora descubrió que las luchas identitarias no eran suficientes. Miró el documental “Memoria para reincidentes” y de pronto se reveló ante él parte de la historia de la sexualidad de la clase obrera argentina: en los ’70 en las asambleas los trabajadores discutían que no se les paraba por los extenuantes ritmos de trabajo.
Las duras realidades de las fábricas, le revelaron la opresión sexual y al mismo tiempo la cuestión de clase. Una de las razones por la cual milita: para que el movimiento obrero abrace la causa de la liberación sexual, y para qué suceda lo mismo en la dirección opuesta. El mejor ejemplo sea tal vez, lo que relata la película Pride, cuando un grupo de gays y lesbianas recaudaron fondos para las huelgas mineras en Inglaterra porque tenían enemigos en común, Margaret Thatcher (la dama de hierro), el Vaticano y la Policía.
Las compañeras se amontonan en un local en San Salvador de Jujuy para hacer una vídeo llamada, del otro lado las espera Tom. Le presentan a un niño trans de 14 años. Afuera, suenan las batucadas de los mineros del Aguilar, exigiendo mejoras en las condiciones de trabajo al gobernador Gerardo Morales. Más allá, los pibes y las pibas exigen la aplicación de la Ley de Educación Sexual en las escuelas. Hacia un tiempo que diputados y diputadas se habían puesto de acuerdo para no votar el cupo laboral Trans. Los campanarios de edificios extintos -como los dinosaurios- resuenan de fondo como si hubieran triunfado.
Tom cuenta que el escenario es muy distinto al de los mineros ingleses. ¿Los enemigos? Los mismos. La necesidad de que se unan las luchas entre explotados y oprimidos se presenta como tarea imperiosa.
El orgullo en el cuerpo y el hilo rojo
Una esperaba que luego de una pregunta como ¿qué es el orgullo? para una persona como él, la respuesta vendría de la mano de un sentimiento, de una sensación de libertad, también de triunfo. Pero no. El orgullo para Tom va seguido de verbo, de acción.
El orgullo y la felicidad no son suficientes para un mundo tan oscuro
Un mundo donde existen lugares como la Argentina, donde las políticas de ajuste estructural recortan la medicación para personas con HIV en un 30%. Donde los pibes no reciben educación sexual porque no tienen aula. Donde los sindicatos se oponen al aborto legal por falta de recursos y por sus lazos con las iglesias. Donde todos los recursos los succiona un buitre internacional llamado Lagarde (o como se llame ahora). En un mundo donde hay lugar para monstruos como Putin, que tiene un campo de concentración en Chechenia para los putos; como Bolsonaro, Trump o Manzur, que tortura niñas en Tucumán.
Y esa fuerza, Tom propone construirla bien lejos de Cambiemos que recortó brutalmente todos los programas de reproducción y sexualidad y del kirchnerismo que mantuvo los códigos contravencionales, sobre los cuales hoy se vuelven a apoyar para perseguir a travestis en situación de prostitución. La misma policía del gatillo fácil. Es Luciano Arruga asesinado por la Polícia en el año 2009.
El mensaje para les pibes
Hoy, Tom propone pispear el pasado, retomar las ideas que se transformaron en hechos como la revolución rusa, que logró que Rusia fuera el primer país en despenalizar la homosexualidad. Invita a revivir lo más combativo de las gestas del movimiento de la diversidad sexual en distintas partes del mundo, y a trascenderlas. Invita a tomar el cielo por asalto.
Y Myriam Bregman diría, después de todo esto, ¿en serio no vas a votar a la izquierda?