Este martes el fondo de inversión Fidelity investment le impuso una derrota al Gobierno de Axel Kicillof en la negociación de la deuda provincial.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Martes 4 de febrero de 2020 17:48
Cuando cerraba el último mes de octubre, Axel Kicillof recibió más de 5 millones de votos: un 52,4 % de los sufragios. Muy atrás quedó su inmediata contrincante, María Eugenia Vidal. Aquella imagen de fortaleza ocupa ya un lugar lejano en el tiempo. Este martes, pasado el mediodía, el gobernador confirmó que los buitres habían ganado la partida por el bono BP21.
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Aquellos cinco millones de votos eran una señal distinta, opuesta a la realidad de este martes. Constituían -como ocurrió en todo el país- una marca de rechazo a las consecuencias sociales del ajuste. Eran un NO a Macri y a Vidal, agentes explícitos de una gestión ordenada en interés de los acreedores internacionales y el FMI.
Las miradas superficiales eligen posarse sobre la pretendida “dureza” de la negociación –que corrió en degradé hacia la mesura- o sobre las “formas” de Kicillof. La verdad anida más allá de esas cuestiones formales.
La negociación que finalizó este martes pone de relieve el poder del gran capital imperialista en el país y sobre el país. Ilustra, al mismo tiempo, el grado de subordinación de la actual gestión a esos mandatos. Las palabras fecundas sobre la “soberanía” barnizan una realidad muy distinta. La política internacional sirve para confirmarlo.
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Confirman, evidencian el carácter de clase de la democracia realmente existente. Una democracia que funciona bajo el sagrado respeto a la propiedad privada. No de cualquiera, sino aquella correspondiente a los grandes capitalistas. Entre ellos, claro está, hay que enlistar a los buitres como BlackRock o Fidelity investment, cuyo único cálculo político solo puede cuánto transferirá el Estado argentino hacia sus cuentas.
En sus cuatro años de gestión, el macrismo fue el vehículo explícito del interés de los grandes especuladores. Emitió “bonos delivery” destinados a garantizar negociados de amigos, parientes y ex compañeros de rapiña.
El endeudamiento masivo se justificó -y se justifica aún hoy- bajo el aura del voto popular. Sin embargo, resulta difícil encontrar spots anunciando el fenomenal saqueo que luego se cometió. Muy al contrario, el macrismo promovió un discurso demagógico que incluyó la intangible idea de “Pobreza Cero”. En términos políticos, Macri y Cambiemos fueron quienes rompieron el “contrato electoral” celebrado a fines de 2015 con millones de votantes.
El Frente de Todos nació repudiando discursivamente la herencia de ajuste. Ello ocurrió a pesar de contar en sus filas con más de un garante de la gobernabilidad precedente.
Sin embargo, decidió garantizar el interés de los grandes bonistas. Eligió, para justificar el pago de una deuda que había tildado de fraudulenta, el mismo argumento: fue tomada por un gobierno democráticamente electo. Contrariando o ignorando la doctrina internacional de la “deuda odiosa”- la nueva administración consagra el interés de los grandes especuladores por sobre el de las mayorías trabajadoras.
La historia se torna circular. El endeudamiento ilegal e ilegítimo de la era macrista se justifica en el voto popular. La continuidad del pago a los especuladores, también. La democracia se transforma en una trampa mortal: las mayorías populares resultan presa de una coacción que se ejerce contra ellas en nombre de ellas mismas.
Este argumento supone despojar a la democracia de su recorrido histórico, convertirla en una abstracción. Reducirla al simple procedimiento del voto: un ritual semivacío que se repite con periodicidad marcada en distritos y niveles varios.
Bajo esa premisa ideológica las “autoridades electas” se convierten en portadoras del verdadero poder. En esa legitimidad, que supone una usurpación, se ampara el conjunto de la política burguesa.
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La historia del siglo XX mostró el despliegue de otras formas de democracia, infinitamente más democráticas que aquellas que viene a proponer la ideología capitalista.
En un mundo que fue regado por revoluciones y levantamientos de masas, las tendencias a la auto-organización hicieron realidad organismos como los soviets rusos, entre otra multiplicidad de ejemplos. En sus primeros años, antes de la degeneración y la traición stalinista, allí anidó la posibilidad de un sistema de gobierno donde las grandes mayorías hicieran posible un verdadero gobierno del pueblo trabajador. Una democracia liberada de las tutelas y límites que impone una clase social cuyo único horizonte es el enriquecimiento particular, más allá del destino que afecte a millones.
Este martes, apenas pasado el mediodía, el gobernador bonaerense mostró -quizás sin quererlo- que esa democracia -la burguesa- solo atiende al poder de los dueños del gran capital.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.