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Red Internacional
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Violencia Machista. Los femicidios y las violencias cotidianas que no se ven

El femicidio es la cara más brutal de la violencia machista. Pero ¿qué pasa con el resto de la violencias cotidianas? ¿Están tan naturalizadas que no las vemos?

Jueves 5 de marzo de 2020 20:14

En estos últimos días, los medios de comunicación reflejaron la cara más brutal de la violencia machista, los femicidios cuya cifra alarmante se traduce en una mujer asesinada cada 29 horas en nuestro país.

El informe de investigación de femicidios en Argentina que lleva adelante la Asociación Civil La Casa del Encuentro, arroja que hubo 299 femicidios y femicidios vinculados de mujeres y niñas, 20 femicidios vinculados de hombres y niños y 341 hijas e hijos quedaron sin madre, 205 (60%) son menores de edad.

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Ciclos de violencia donde la visibilización de los femicidios en un determinado momento generan una reacción. Como sucedió en el año 2015, con el femicidio de Chiara Páez, el primer Ni Una Menos, una movilización multitudinaria que fue el puntapié inicial en la organización del movimiento de mujeres.

Así estos ciclos se repitieron en el 2016, con el femicidio de Lucila Pérez, que generó el primer paro de mujeres. O en el 2017, luego del asesinato de Micaela García, militante del Movimiento Evita, cuya reacción en este caso del movimiento de mujeres y de diferentes organizaciones sociales fue tan contundente, que generaron la promulgación de la ley de Capacitación Obligatoria en Género para todas las personas que integran los tres poderes del Estado, en todos sus niveles y jerarquías en los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). Esta ley es conocida como ley Micaela.

Sin dudas, la persistencia de la movilización de las mujeres sigue siendo clave para visibilizar la violencia machista. La denuncia y el hartazgo de la violencia en diferentes grados y ámbitos chocan con la idea de la igualdad basada en leyes y derechos formales que, sin embargo, no alcanzan o lo hacen de forma desigual en la vida de la mayoría de las mujeres. Este contraste sostenido que surge una y otra vez nos lleva a preguntarnos, ¿por qué no cesa la violencia machista? ¿Existen soluciones a este flagelo?

Las respuestas son complejas y así lo confirman los debates que siguen multiplicándose. La violencia física y los femicidios llegan después de una larga cadena de violencias. Es fundamental señalar que esta violencia se reproduce en una sociedad en la que la opresión de las mujeres es sistémica. ¿Qué quiere decir? Que la discriminación, la negativa de derechos elementales, son parte del funcionamiento de una sociedad que tiene desigualdades de origen y aprovecha prejuicios patriarcales para ocultarlas.

Por ejemplo naturalizar que las mujeres sean objetos, que realicen de forma gratuita las tareas de cuidado, que cobren un salario menor por su género, que no tengan derecho a decidir sobre su cuerpo, son todos eslabones indispensables que crean el ecosistema en el que los femicidios se vuelven un hecho atroz pero cotidiano.

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Las respuestas de los Estados y sus instituciones oscilan entre el silenciamiento de las denuncias de las mujeres y el endurecimiento del castigo penal como únicas soluciones posibles, que sabemos hoy, son impotentes. Los avances modestos en materia legal, como la figura de femicidio, son el resultado de la movilización de las mujeres. El capitalismo solo mostró desprecio hacia la vida de las mujeres, cuya opresión además es funcional al andamiaje de desigualdad en el que una minoría dueña de todo vive del trabajo de la mayoría que no tiene nada.

Hay que pelear por desarmar ese andamiaje, pero mientras tanto no hay que eximir de responsabilidad al Estado, es por eso que resulta urgente exigir la creación de hogares refugio, acceso a créditos con tasas reducidas para la compra de viviendas por parte de las mujeres en situación de vulnerabilidad, acceso al trabajo, con un sueldo que al menos sea igual al costo de la canasta básica familiar, a licencia laborales, acceso al patrocinio legal gratuito y por supuesto la asignación de partidas presupuestarias que apuntalen y fortalezcan estas medidas.

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El machismo es parte estructural del patriarcado, y éste a su vez es el aliado indispensable del sistema capitalista. Este binomio es fundamental para que la opresión hacia las mujeres persista. Pero entre tanto este sistema pueda cambiarse de raíz, es necesario fortalecer la lucha en las calles para conseguir medidas que, aunque funcionen como un paliativo, permitan que este flagelo no termine con una mujer muerta cada 29 horas.

Este 8 y 9 de marzo hay que tomar las calles nuevamente, porque la deuda es con nosotras, no con la iglesia o el FMI, y por el Aborto legal ya.