Una testigo relató el calvario que vivió cuando fue secuestrada y trasladada al centro clandestino “Escuelita de Famaillá”.
Maximiliano Olivera @maxiolivera77
Viernes 1ro de julio de 2016
El infierno para AR comenzó el 1° de marzo de 1975. Las bestias, lejos de reminiscencias bíblicas, vestían uniformes verdes y azules. Pertenecían al Ejército y la Policía. Era un domingo de carnaval y cuando caía la tarde un operativo al grito de “¿¡Dónde están los extremistas?! ¡¿Dónde están las armas?!” desencadenó el terror.
AR iba a cumplir 16 años en agosto y ya trabajaba en Misky (lo que actualmente es la planta de Arcor ubicada en La Reducción). Vivía con su familia. Su familia era, precisamente, el objetivo de la horda dirigida por un tal Méndez, que ordenaba saquear el domicilio. “Decían que mi padre hacía reuniones”, afirma frente al tribunal y las partes. La sala, con el público y los imputados, había sido desalojada para poder cumplir con el protocolo de protección a víctimas de delitos sexuales.
“Él era del sindicato de la FOTIA y trabajaba para el ingenio de CONASA (Compañía Nacional Azucarera SA, que integraban varios ingenios, NdR). Se había jubilado y le habían regalado una medalla de oro”, comenta sobre su padre.
AR fue confundida con otra integrante de su familia que los secuestradores buscaban. “Me agarran a mí, me agarran de los pelos. Uno me pega un culatazo con el fusible, que me parte acá. Me desnudan, se abusan de mí. Estaban todos borrachos. Después me suelta ese y me agarraba otro, y así. Yo gritaba y me desesperaba, no veía a nadie porque me tenían sola en una pieza. Después viene uno y me orina en la cara, después me decía ‘ahora vas a estar conmigo’ y había pasado por 15 soldados más o menos en todo ese trayecto”, relata. “Después me suben a un mesón que había ahí, yo veía como pelaban los cables de un televisor, lo enchufan y trae un coso con agua y me ponían en la espalda. Me preguntaban ‘¿vos llevas comida para el cerro?’. Me seguían violando”, continúa.
Luego fue trasladada junto a sus familiares al centro clandestino instalado en la escuela Diego de Rojas. AR calcula que su paso por la “Escuelita de Famaillá” duró unos 20 días. Allí continuaron los vejámenes. “Hasta los 20 días seguía violada”, afirma. Vendada y maniatada, no pudo reconocer a quienes impartían el terror en el centro clandestino. Solo recuerda los sobrenombres “halcón y otro cuervo, ellos eran los que nos torturaban, nos pegaban”. “No quería ir al baño, tenía miedo porque me agarraba uno, venía otro. No sabía quién era porque todo el tiempo estaba vendada”, cuenta.
AR fue liberada junto a un grupo de 5 o 6 personas, entre las que se encontraba su hermano. “Te vamos a llevar y te vamos a dejar en un monte, pero si te das vuelta te matamos”, los amenazaron. “Yo lloraba todo el tiempo, primera vez que veo estas cosas tan horribles. Yo les pedía que me maten porque no aguantaba más, todos los días me violaban. Ya no sabía qué hacer. Yo sentía cómo mataban gente, sentía que gritaban. Ya no sabía si iba a vivir al otro día”, afirma.
Sobreponiéndose con fuerza ante las lágrimas, AR relata que el infierno también siguió después de la “Escuelita”. “Cuando llegamos esa misma noche, los militares vuelven a la casa. Nos ponían boca abajo, nos pisoteaban. Todas las noches nos alumbraban, miraban cuánto estaban, si hacíamos reuniones. Nos robaron todo, nos quedamos sin plata, nos dejaron sin nada”, describe. Con la voz quebrada por el dolor recuerda a su hermano: “él tenía tumores por todo su cuerpo, de tantos golpes. Yo creo que ni a un animal… ni a un animal… lo tratan como nos han tratado a nosotros, salvajemente”. “Nosotros sufrimos hasta el año 78. Todos los días nos aporreaban, no nos dejaban vivir”, resume y agrega que en la fábrica Misky la despidieron por haber faltado: “me dejan embarazada, sin pagarme un peso porque siempre éramos perseguidos”. “Sufrimos mucho, perdí a familia por ese tumor. Yo también estoy muy enferma, tengo un tumor…”, dice entre lágrimas.
Con un “gracias, hasta luego” AR abandonó el estrado. Su valiente y conmovedor testimonio duro poco más de 20 minutos pero tuvo la contundencia suficiente para develar la brutalidad de los métodos del genocidio que se inauguraron en Tucumán.
Una provocación de la defensa de los genocidas
El testimonio de AR dejó en silencio a la defensa de los genocidas, tanto a los defensores particulares como a los integrantes del Ministerio Público Fiscal. Antes las lágrimas de la testigo optaron por refugiarse en sus teléfonos o notebooks. Aunque durante la jornada se habían mostrado inquisitivos y agresivos con otros testigos, esta vez se callaron.
El silencio de los defensores no fue indulgente, mucho menos compasivo. Cuando AR se retiró, el defensor oficial Galiano demandó, bajo una supuesta preocupación por los testigos, que la próxima vez el cumplimiento del protocolo de protección a testigos incluya el desalojo de la prensa. La razón real es inequívoca: buscan nuevamente tapar el horror de los delitos de lesa humanidad. El presidente del tribunal, Gabriel Casas, señaló que se “tiene en cuenta el pedido”. A más de 40 años continúan los intentos de silenciar historias como la de AR, historias que son el motor del reclamo por memoria, verdad y justicia.