Las mujeres estamos siendo parte de movilizaciones históricas, miles en las calles por nuestros derechos: #NiUnaMenos, derecho al aborto y somos parte de las luchas en curso contra el ajuste. Ante el saqueo que intenta concretar el gobierno nacional, los provinciales y el FMI, estamos llamadas a ocupar nuestro puesto en la primera línea ante la crisis.

Virginia Pescarmona @virpes
Martes 11 de septiembre de 2018
Docencia: trabajo femenino
Con la venida a la Argentina de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde,llegaron las metas que quiere imponer después del crédito de 50.000 millones de dólares. Está en curso un nuevo saqueo al pueblo trabajador en la Argentina, y como en toda crisis, la peor parte se la llevarán los más pobres entre los pobres: mujeres y niños.
Las trabajadoras de la educación de todo el país somos parte de una marea inmensa. Un trabajo feminizado, en particular en los niveles primarios e inicial. En Argentina, según el último censo del sector, realizado por el Ministerio de Educación de la Nación en 2014, el 75,7% del personal que trabaja en establecimientos educativos son mujeres, según Cippec o 76% según la Organización de Estados Iberoamericanos.
Este número alcanza a un total de 894.767 personas, de las cuales 724.801 son docentes, y el resto se desempeña como auxiliares o celadoras, personal técnico, etcétera.
Esto significa que casi 8 de cada 10 docentes en Argentina son mujeres. El sector más numeroso de todo el país, superando el personal doméstico y de la salud. Estamos hablando de una fuerza social inmensa, poderosa, con enorme despliegue en el territorio nacional e inserción social.
La feminización del trabajo educativo se remonta a los orígenes del sistema educativo.
El capitalismo, como sistema de producción generalizó la enseñanza básica. En América Latina fue durante el siglo XX que las clases dominantes la utilizaron para capacitar mano de obra en forma masiva junto con la instauración del Estado Moderno y la industria. Bajo los preceptos de gratuidad, escuela común y obligatoria se convirtió en un derecho que los sectores populares defienden como parte de las libertades democráticas conquistadas.Tempranamente se caracterizó por la incorporación de mujeres para su formación como docentes, lo que significó la irrupción de una gran cantidad de mujeres que salieron de sus hogares, concebidos hasta entonces como su único entorno "natural", para ocupar los nuevos puestos de trabajo que generaba la educación pública.
La idea de educación ligada a la crianza y tareas domésticas justificaba la predominancia femenina y también la brecha salarial entre hombres y todo el modelo sarmientino.
En 1884 comienza una política focalizada hacia las mujeres: creación de Escuelas Normales sólo femeninas en cada una de las capitales de “provincia” con becas. En Mendoza, el Tercer Censo Nacional informa que para 1914, la provincia contaba con 614 maestras y 115 maestros de instrucción primaria (pública y privada). Estas cifras representaban un 84 % de composición femenina del magisterio. A pesar de esto, aún no ha dejado de ser un lugar dirigido por varones.
Un ejército de trabajadoras y dirigentes varones
Desde sus comienzos se ha forjado un gremio donde 8 de cada 10 docentes son mujeres, pero con una enorme contradicción: es escasa la representación femenina en los espacios “de poder”. Una actividad esencialmente femenina tuvo sólo 2 ministras de educación en su historia: Susana Decibe, última ministra de educación de Carlos Menem y Graciela Gianettasio, en el mandato de Eduardo Duhalde. Aunque vale aclarar que esto no ha representado justamente una conquista, puesto que la tarea de ambas implicó un gran ataque a la educación pública.
En relación a la representación sindical, desde su fundación el 11 de septiembre de 1973, la CTERA, tuvo cuatro mujeres al frente: Mary Sánchez, Marta Maffei, Estela Maldonado y ahora, Sonia Alesso. Las caras visibles, las negociaciones con los gobiernos, las apariciones en TV están copadas por los varones. En las provincias la relación es peor y ni hablar Baradel que dirige el sindicato más grande del país (casi 300 mil docentes y con 120 afiliados/as), o incluso en el único sindicato provincial que ha ganado últimamente la izquierda, la representación es masculina. En el SUTE, principal sindicato de la provincia de Mendoza, que representa 60 mil docentes y tiene algo más de 25 mil afiliados/as, las bases son mujeres y las caras “visibles” predominantemente hombres.
Si bien con el tiempo se van viendo cambios en este aspecto, lo que representan esas mujeres en lo alto poco tiene que ver con los derechos que nos merecemos como trabajadoras.
Es claro que el tiempo que requiere la militancia, la responsabilidad sobre hijos y tareas del hogar, más el cansancio propio de estar todos los días en las escuelas, aleja a las mujeres de los ámbitos de la política, de lo público hace más difícil la participación femenina.
En la educación es un despropósito que toda actividad gremial, política, cultural o incluso la capacitación se desarrolle sin tomar en cuenta el necesario espacio propio que necesitan los hijos/as/niños/as para permitir el desarrollo de las mismas.
Cambiar esta realidad pondría un movimiento con las mujeres al frente, lo que elevará sus aspiraciones, pondrá toda su cuota de audacia, combatividad y entrega.
Hace falta barrer con estas naturalizaciones que le dan lugares de privilegios a burócratas que además son varones en su mayoría. Cada crisis histórica tuvo su vanguardia con las mujeres trabajadoras de la educación y sus simbronazos en la burocracia, así como su fortalecimiento tras las derrotas (el 88 dejó la herencia del marysanchismo en la CTERA y Celeste para rato). Tendremos que estar atentos/as a qué movimientos podremos vivir en esta crisis.
Luchar por los derechos
Largas y cansadoras jornadas laborales, tareas extra escolares, exposición cotidiana a la violencia, se combinan con las responsabilidades hogareñas. Pero la cuestión no queda allí. Muchas docentes enfrentan directamente violencia psicológica y/o física de sus parejas o ex parejas. Ante esto la violencia institucional solo agrava las cosas. Falta de información, complejos trámites burocráticos, falta de orientación, hacen que las mujeres no accedan sin trabas a las licencias como derecho.
Por ejemplo, en Mendoza, el decreto firmado por Alfredo Cornejo, Dalmiro Garay Cueli y Pedro Kerchner (todos hombres, igual que los jueces que le dieron constitucionalidad), que estableció el famoso “Item Aula”, legaliza un ataque directo a las trabajadoras de la educación. Mujeres trabajadoras que tienen que esconder dolencias propias, o de sus hijos para no perder un "incentivo" que representa un 10 % del salario. Así han bajado los niveles de ausentismo y las denuncias por violencia de género. Nuestra lucha como mujeres contra toda forma de la violencia machista es una pelea contra los gobiernos, las patronales, la Iglesia, la Justicia y todas las instituciones que hacen de la discriminación por nuestra condición de género un gran negocio, mientras nos mantienen como las más oprimidas entre los explotados.
Las mujeres invisibles de la escuela
Pero si las cuestiones de género, en el ámbito docente, son un problema bastante escandaloso, la cuestión de la división interna de las filas de las trabajadoras de la educación es brutal. En las escuelas además de docentes y niños y niñas, hay celadoras. El trabajo rutinario de limpiar, lavar, servir, limpiar, repasar y volver a limpiar parece no dar lugar a nada más en los brazos, manos y cabezas de trabajadoras precarizadas y muy mal pagas. Las auxiliares o porteras o celadoras, dependiendo la región no sólo cumplen las tareas de limpieza y orden del edificio escuela, sino también muchas veces ofician como sostenedoras de los estudiantes y el buen clima escolar. Y las auxiliares, por lo general, suelen pertenecer a estratos sociales más bajos, con menos nivel de estudios alcanzado, muchas veces provenientes de lugares lejanos a su lugar de trabajo. En la escuela, la celadora es fundamental. Pero sus sueños, aspiraciones y reflexiones pocas veces salen a la luz. Un trabajo de 10 horas, limpiando, sirviendo el té, haciendo que la escuela funcione por unos pocos pesos. Pocos. Muy pocos.
Dar un paso al frente e ir por todo
A pesar del origen liberal, en Argentina los sectores innovadores fueron mayoritariamente los sectores de docentes simpatizantes de la izquierda (socialistas, comunistas, anarquistas). Ellas hicieron aportes sustanciales desde algunas experiencias pedagógicas más abiertas, libertarias, democráticas o populares. Hubo algunos nombres que trascendieron, entre tantas mujeres, destacamos a la santiagueña Francisca Jacques quien rechazó los recibos que falsamente constaban más dinero que el que realmente enviaba el Estado, la maestra Angélica Mendoza quien participó de la huelga educativa de Mendoza de 1919, abrazó el socialismo impactada por la Revolución Rusa y la Semana Trágica. En 1927, cuando todavía la mujer no tenía derecho a voto, Angélica Mendoza fue presentada como candidata a la presidencia. Florencia Fosatti, Olga Cossettini y tantas maestras, que fueron cesanteadas, perseguidas, encarceladas. Ellas fueron, sobre todo socialistas, anarquistas, comunistas.
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Con el mandato social de estar siempre dispuestas a ayudar a los demás, en los últimos años, las maestras cargamos sobre nuestras espaldas la tarea asistencial que se ha impuesto en el ámbito escolar por el deterioro económico y social que significaron las políticas neoliberales de los 90. Es por ello que, dentro de las tareas docentes, las maestras no solo educan, sino que además se espera de ellas un papel de observancia de la salud, limpieza, alimentación, cuidado y contención psicológica de sus alumnas y alumnos, naturalizando así una prolongación de las tareas domésticas invisibles y no remuneradas, que en la sociedad capitalista recaen abrumadoramente sobre las mujeres.
El estereotipo de la señorita maestra basado en las "aptitudes maternales innatas", la vocación educadora y el amor a la infancia, tuvo consecuencias significativas en la configuración histórica de la función docente: mala remuneración y paupérrima valoración simbólica. Porque si es "natural" la tarea, no hay esfuerzo, ni preparación, ni capacitación especial para ejercer la docencia. ¿Por qué tendría que valorarse una actividad que se supone que nos surge espontáneamente sólo por el hecho de ser mujeres?. Bajo el discurso de la “vocación” se ha escondido por más de un siglo un verdadero “trabajo no remunerado” que permite ahorrar dinero al estado, robar derecho, y hasta atacar los conflictos cuando las trabajadoras de la educación salen a reclamar, convocando, por ejemplo, “voluntarios” para cubrir las aulas de maestras en huelga.
Más de un siglo después reclamos tan básicos como cubrir la canasta familiar, que haya capacitación en servicio, o jardines maternales y escuelas infantiles en todos los ámbitos de desempeño de las trabajadoras de la educación y durante su formación siguen siendo una bandera para terminar con la contradicción de que estamos ante una fuerza laboral inmensa y predominantemente femenina, que se abre paso en un mundo donde quieren que los que dirijan y definan el destino de millones sigan siendo hombres. Ante un nuevo saqueo que quieren imponer a la clase trabajadora, ya somos las mujeres las que estamos en las calles, junto a nuestros compañeros defendiendo la educación pública, la salud, el salario, enfrentando la precarización y la decadencia de las condiciones de vida. Que nuestro derecho a decidir empiece a imponerse organizándonos en cada lugar de trabajo y estudio, junto a nuestros compañeros para salir a luchar en forma inmediata por una salida de la clase trabajadora frente al saqueo de nuestras vidas y nuestro futuro. Somos una fuerza enorme, que se haga oir!

Virginia Pescarmona
Docente, Corriente 9 de abril/Lista Bordó, Mendoza