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Actualidad. Fútbol y machismo: la construcción de la masculinidad

El lugar masivo que ocupa el fútbol en nuestro país lo transforma en una práctica social que ocupa un lugar privilegiado a la hora de una construcción identitaria masculina. Parte de sus raíces y las resistencias que provoca conforman este breve análisis.

Luis Bel

Luis Bel @tumbacarnero

Miércoles 17 de enero de 2018

La frase de Carlos Tévez referida a su hijo, lanzada en medio de una extensa entrevista que le realizó TyC Sports tras su vuelta a Boca: "A Lito yo lo llevo al barrio conmigo. Es chico todavía, pero... imaginate. La madre, los abuelos, el único varón. Si no lo llevo al barrio a que le den un par de cachetazos, está ahí de doblar la muñeca", deja al descubierto varias cuestiones: primero, el jugador replicó un pensamiento que no solo pertenece al ámbito futbolístico, sino a un sentido común general que presupone que el hecho de que un niño crezca entre mujeres puede llegar a determinar su orientación sexual; segundo, que a eso se lo puede solucionar mediante gestos o acciones propias de “machos” como “que le den un par de cachetazos” en el barrio, o sea, por medio de la violencia o de una disciplina dura.

No es un pensamiento aislado, cuando todavía era obligatorio el servicio militar, muchos padres creían que la rígida vida castrense podría llegar a enderezar a sus hijos y sacarlos de la senda de la homosexualidad. Es una lógica que lleva y tiene como concepto a la homosexualidad como una anormalidad o enfermedad y que por ende, ésta se puede curar.

Pero lo que nos interesa, por lo menos en lo que se refiere al contenido a esta nota, es lo que el futbolista dijo a continuación: “Entonces, lo llevo al barrio para que se haga con los pibes de ahí. Que juegue a la pelota, viste. Lo llevo por eso". El deporte, en este caso el fútbol, también es pensado como una herramienta que pueda llegar a “asentar” la masculinidad de los niños.

Si bien la inserción de la mujer en el ámbito futbolístico es cada vez mayor en todas las esferas (ya sea en la tribuna como hinchas, como árbitras (sí, aunque por lo general no se use (y esto daría para otra nota), la palabra árbitro posee un femenino) o juezas de línea, como periodistas deportivas o como jugadoras de fútbol femenino, una disciplina que crece día a día), el espacio de lo futbolístico está identificado mayormente a lo masculino.

A pesar de los esfuerzos de los más reconocidos periodistas, dirigentes y empresarios para intentar colocar al fútbol dentro de una burbuja por fuera de la sociedad (se los suele ver indignados cuando se pone en tela de juicio la transparencia de algún arbitraje, como si el ámbito futbolístico estuviera exento de la corrupción que cubre al sistema capitalista en su totalidad), en el deporte, y sobre todo en uno tan profesionalizado y espectacularizado como el fútbol, que mueve miles de millones de dólares al año, se replica con más o menos potencia (en este caso más) aquello que se expresa socialmente.

Es por esto que si bien las mujeres van ganando terreno, se las relega, al igual que en el resto de los ámbitos sociales, a lugares secundarios. Los lugares ejecutivos, de dirección, donde se toman las decisiones son casi exclusivamente ocupados por hombres. La AFA no es un botón de muestra, sino prácticamente toda la mercería.

Un caso testigo es el de Alejandra Salazar, psicóloga deportiva de las divisiones inferiores del Club Leandro N. Alem que compite en la división Primera C del fútbol argentino. Alejandra, además de psicóloga, es ayudante de campo y en 2016 presentó un proyecto para poder dirigir a los juveniles de la selección masculina, a pesar de haber quedado entre los y las 44 seleccionados y seleccionadas, no en pocas ocasiones la mandaron literalmente “a lavar los platos”, según ella misma denuncia.

También son numerosas las denuncias de mujeres que como autoridades dentro de un campo de juego reciben insultos machistas, los mal llamados "piropos" e incluso amenazas de los jugadores que no se bancan que una mujer “les venga a dar órdenes”.

Los denominados “valores” que se ponen en juego dentro de una cancha están en una constante interrelación con aquellos que se ponen en juego en el barrio o en la “universidad de la calle” como solían decir los viejos tangueros. Un partido de fútbol se transforma así en un ritual donde la amistad, la paternidad, la lealtad, la hombría, los elaborados festejos y la deshonrosa derrota ante el rival de turno forman parte de un universo de sociabilidad masculino que se nutre de la ideología dominante, la legitima, la naturaliza y la refuerza.

Los cantos o discursos producidos por las barras bravas son tan solo pequeños pedazos endurecidos y anquilosados de ideología (la semióloga Julia Kristeva los llamará ideologemas), de aquello que es el sentir común dentro de un estadio: lo que está en juego es la dignidad y el honor de los colores. Hay que “poner más huevos” y tener más “aguante” que el rival, que el “otro”, que por lo general, es “puto y cagón”.

Las expresiones homófobas y xenófobas de estos discursos son parte del núcleo central de la identidad de la barra y por ende del club y del territorio al cual éste pertenece. Quien no se "aggiorna" es golpeado y expulsado, o en el mejor de los casos, no aceptado.

Esta construcción identitaria masculina, adonde el “otro” también nos conforma por oposición (somos todo aquello que el otro no es), tiene un arraigo tan fuerte dentro de la construcción simbólica social futbolera que está mezclada e íntimamente arraigada a una construcción del “ser nacional”. A ciertas características que nos “identifican” como argentinos y nos diferencian del resto del mundo.

Esto se ve claramente cuando juega la selección nacional, donde el vocabulario que por lo general se usa está plagado de términos belicistas: “los jugadores tienen que dar batalla” y “jugar con el cuchillo entre los dientes”, y hasta en las más inocentes “le pegó un cañonazo y batió al arquero rival” se pueden rastrear estas huellas.

Y es quizás también uno de los motivos por los que Lionel Messi hasta ahora no pasó la “prueba de la argentinidad” a la que constantemente se lo somete. Para el hincha no tiene “ni los huevos” de Ruggeri, ni la “entrega” de Simeone, ni el “potrero” o la picardía de Maradona. Todas cualidades que la mayoría de los fanáticos consideran como propias de un estilo de juego argentino, y por transferencia, de un ser nacional.

Incluso se suele comparar los atributos de aquellos héroes nacionales que dejaban todo por la camiseta (así se llamaron a las dos películas sobre los mundiales México 86, “Héroes”, e Italia 90, “Héroes, otra vez”); con esta especie más degrada de ídolos que parecen estar más preocupados por cuidar su estética, “se arreglan el pelito” o “no cabecean para no despeinarse”, usan el celular en el vestuario y ante la primera oferta económica jugosa, traicionan a los colores y migran hacia Europa u otros destinos.

No podemos dejar pasar que la palabra héroe está también íntimamente ligada al ámbito de la guerra, y que su utilización en 1986, a 4 años de Malvinas, con la espectacularidad de la victoria ante los ingleses y con dos goles de “el Diego” que incluían todos los atributos que forman parte del imaginario de identidad nacional: la picardía criolla en el primero y la belleza y la técnica (opuestas a la frialdad y a la disciplina europea) en el segundo, no es para nada casual.

La traición a los colores va en la misma línea, es asimilada por los hinchas a la "traición a la patria" y es también un término utilizado en tiempos de guerra. Juan Sebastián Verón, quien había jugado en el Machester United inglés, padeció en carne propia el mote de "antipatria" luego de que se lo acusara de "ir para atrás" en el partido que Argentina perdió frente a Inglaterra en el Mundial del 2002.

Esta construcción machista, patriarcal y heteronórmica del fútbol en particular y de lo social en general tiene a su principal reproductor en el Estado, que por su peso, la legitima constantemente.

Sin irnos muy atrás en el tiempo, dos jugadores de Boca, Barrios y Cardona, han sido recientemente acusados por agresiones físicas y verbales contra dos mujeres que estuvieron con ellos en un departamento del lujoso barrio de Puerto Madero. Las mujeres, que entraron por su voluntad, fueron violentadas cuando quisieron retirarse del lugar; “Amenazadas con un cuchillo en el ascensor” como denunció su abogado.

Como es el modus operandis habitual en estos casos, tanto desde los fueros judiciales como desde los medios de comunicación salieron a poner en duda la versión de las víctimas. Miguel Ángel Pierri, abogado defensor de los acusados, y que curiosamente fuera el abogado defensor de “La 12”, la barra brava de Boca, enseguida plantó la hipótesis de una extorsión por parte de las jóvenes. Se las puso en el lugar de ventajeras que quieren sacar provecho económico de hombres exitosos. Algunos medios, como el machista diario deportivo Olé (del Grupo Clarín), pusieron en primera plana la foto de ambos jugadores sonriendo y comenzaron a utilizar el potencial en cada expresión de las denunciantes, poniendo su versión constantemente en duda, y a presentar a los involucrados como padres de familia, devenidos en víctimas de estas dos chicas que quieren arruinar su vida personal, pero sobre todo su carrera profesional.

El personaje de la “botinera”, encarnado en la joven bella y escultural que quiere casarse con un futbolista millonario para no trabajar más, y que se pusiera de moda en las revistas y programas de espectáculos en la última década, es utilizado a favor de la victimización de los futbolistas.

La mujer ocupa allí el lugar de un objeto a ser exhibido por el jugador junto a su nueva cupé convertible y pasa a ser demonizada cuando pasa a ser un sujeto que levanta su voz para denunciar algún maltrato. Desde casi todos los sectores parecen señalarle su lugar: "Te gusta el dulce... bancatelás".

No es el único caso, está plagado: Ricardo Centurión le partió los dientes a su novia cuando ésta quiso terminar la relación y siguió jugando en el primer equipo de Boca como si nada hubiera pasado; Lucho González fue acusado de tentativa de homicidio por su esposa: Andreia da Silva Marques quien declaró ""Intentó asfixiarme y me cortó las muñecas. Me colgó en una baranda y llamó a mis hijos para que me vean caer del balcón. No me tiró porque abajo estaban ellos jugando con los perros. Me empezó a gritar "te voy a matar te voy a matar""; Jonathan Fabbro está acusado de abusar de su ahijada de 11 años, se lo encarceló en México; Agustín Rossi, arquero de Boca, golpeó a su pareja cuando ella quiso terminar la relación, y así, decenas de casos, estos son solo algunos de los más conocidos.

La estigmatización de las víctimas de violencia de género no solo afecta a aquellos casos que toman trascendencia por haber “famosos” involucrados. Es prácticamente la norma. Cada vez que sucede un femicidio que toma trascendencia social, la justicia y los medios se dedican primero a investigar a la víctima antes de tomar las otras posibles hipótesis (cualquier coincidencia con el caso de Santiago Maldonado no es pura coincidencia).

Así, una adolescente abusada y asesinada, es culpabilizada por “usar polleras demasiado cortas”, “salir de noche con amigas” o “andar sola por la calle”. El “ellas se los buscaron” es la primera de las hipótesis.

No se salvó de esta lógica ni siquiera el caso de Abril Sosa, la nena de 4 años encontrada en un sitio baldío de la ciudad de Córdoba sin vida en las últimas horas. Una de las primeras declaraciones públicas de la fiscal Cecilia Palacios, al mejor estilo de los genocidas en plena dictadura militar fue: “Los padres tenemos que cuidar bien a nuestros hijos”. Luego se quiso relacionar el asesinato y abuso de la niña a un ajuste de cuentas por la presunta implicanción de la familia en la venta de drogas. Por pobres y por mujer, acá tenés, doble estigmatización.

A pesar de este panorama, dentro de algunos equipos se han creado Comisiones de Mujeres que tienen cada vez más injerencia en la vida diaria de los clubes, y lo que es aún mejor, cada vez más desde una perspectiva de género, llegando muchas a participar de las masivas movilizaciones del #NiUnaMenos.

Existe además MACFUT (Mujeres Asociadas a Clubes de Fútbol), una organización con más de 15 años que tiene entre sus objetivos: “Bregar por una mayor participación de la mujer en las comisiones directivas y por ende en la toma de decisiones en los clubes”, “Trabajar para conseguir el cupo femenino” y “Afirmar el valor y la importancia de las mujeres dentro de los clubes”, entre otros.

MACFUT está compuesta por mujeres de más de 25 clubes. La organización también realiza actos en conmemoración a las víctimas de la violencia de género, entre otras actividades a las que se suman las distintas comisiones de los clubes.

Parece que en el fútbol, como en todos los ámbitos, las mujeres comienzan a tomar conciencia y a darse cuenta de que la organización y la lucha es la única salida para pelear contra la violencia machista y patriarcal.