Viernes 30 de marzo de 2018
Hace pocos días la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM) lanzó una campaña: “El impuesto que no deberías pagar”.
La campaña apunta a visibilizar lo que en el mundo se conoce como el “pink tax” o “impuesto rosa”. Es decir que un mismo producto es más caro cuando está dirigido al mercado femenino.
Ya en el año 2015 un informe elaborado por el Departamento de Asuntos de Consumidores de Nueva York, indicaba que las mujeres pagaban un 7% más por los mismos productos que los varones.
La fundación FEIM muestra mediante su campaña que por ejemplo el ibuprofeno cuesta dos pesos más en su versión para mujer que el genérico, tratándose obviamente de la misma droga. Algo similar ocurre con las maquinitas de afeitar o con algunos desodorantes. La simple diferenciación con el color rosa encarece los productos entre un 6 y un 8%.
En esta campaña aún no fueron incluidos los productos de uso exclusivamente femenino como las toallitas y tampones. Elementos que son de un altísimo costo e indispensables para la higiene de la mujer. Las empresas que aplican el "pink tax" llenan sus arcas a costa de nuestros salarios.
El “impuesto rosa” cobra magnitud si tenemos en cuenta que de acuerdo al último censo del año 2010, en la Argentina hay 4.200.000 mujeres jefas de hogar. Es decir el único sostén que hace posible que tanto ella como sus hijos puedan vivir. Las empresas que aplican el "pink tax" llenan sus arcas a costa de nuestros salarios.
De manera que esta diferenciación en productos de consumo masivo afecta el salario de las mujeres trabajadoras en forma directa, ya que a la disparidad en los sueldos respecto de los varones (27% menos en promedio) debemos sumar este nuevo indicador, que no hace más que aumentar la brecha salarial.
Los últimos informes emitidos por el Banco Mundial, una de las entidades responsables del endeudamiento de los países denominados “en vías de desarrollo”, afirman que el 70% de las decisiones de compra a nivel mundial son ejecutadas por mujeres.
Es decir que somos nosotras las que compramos, ropa, comida, muebles. Un pequeño mundo financiero acotado a los productos de consumo diario.
¿Pero qué pasa cuando necesitamos acceder a un crédito para comprar una vivienda?
Ahí también nos enfrentamos a otro “techo de cristal”. Sucede que la mayoría de las mujeres que trabajan lo hacen con sueldos que no alcanzan a cubrir la canasta básica. Realizan los trabajos más precarizados. Sin dejar de mencionar que las políticas de ajuste del gobierno de Macri produjeron más desocupación en las mujeres que en los varones.
El impuesto rosa hace que paguemos más las que ganamos menos. Pero además las campañas publicitarias nos invaden con anuncios de productos para que nos veamos como la “mujer perfecta”.
En esta estructura siniestra en la que se apoya el capitalismo con su aliado incondicional, el patriarcado, las mujeres seguimos siendo las más desfavorecidas. Este impuesto discriminatorio no hace más que confirmarlo.